Ni Venezuela ni Paraguay

Uruguay debe presentarse al mundo no solo como país natural, sino como una democracia ejemplar. Un gran ejemplo de país libre y responsable
Uruguay tiene dos grandes ventajas sobre las que quienes lo habitamos no tenemos mérito alguno: somos un país pequeño y sin petróleo. Estamos obligados a diferenciarnos, a exportar, a lograr que nuestro trabajo sea pagado en el exterior y las divisas lleguen aquí. Y no tenemos esa riqueza venenosa que daña el planeta y da la ilusión de que se puede obtener un dineral sin esfuerzo.

En materia de diferenciación, está claro que para Uruguay, gobierne quien gobierne, el único camino es la seriedad, la confiabilidad, la cultura, el respeto, la racionalidad. Todo lo contrario de la lógica de los llamados bolivarianos que gobiernan Venezuela. Esto ya es evidente desde hace tiempo. Pero esta semana el presidente de Venezuela Nicolás Maduro y el secretario general del PIT-CNT, Marcelo Abdala, nos han mostrado –por oposición– con más claridad el camino que Uruguay debe tomar: el opuesto al del que transita Maduro.

Qué excelente oportunidad le ha surgido a Uruguay para terminar con las ambigüedades y las dudas. La dupla Maduro-Abdala nos pone frente a una oportunidad ineludible de explicarle al mundo lo siguiente: no nos parecemos y no queremos parecernos en nada a la Venezuela de Maduro que tanto admira la ínfima minoría que representa Abdala. Una señal fundamental que a partir de los papelones bolivarianos de estos días debe quedar prístinamente clara.

Es cierto que la Venezuela de hoy se parece al Uruguay de hace unas décadas. Por ejemplo ayer fue asesinado en una manifestación un joven de 19 años, Jairo Ortiz, que recibió "una herida de bala a la altura del tórax" cuando efectivos de la Guardia Nacional llegaron a la manifestación de la que participaba. Uruguay tuvo sus estudiantes fallecidos cuando transitaba el autoritarismo predictadura. Uruguay tuvo hace décadas sus presos políticos, sus militares cada vez más influyentes, su crisis económica y sus argumentos desde el poder referidos a imaginarias agresiones externas de las que había que protegerse. En aquellas terribles épocas Venezuela generosa recibía a los uruguayos que huían del horror de aquí, hoy a los uruguayos nos toca el gran gusto de recibir a los miles de venezolanos que huyen del horror de allá.

Hoy no podríamos ser más distintos que ese régimen ridículo. En nuestra concepción de sociedad la verdad es un concepto fundamental que debe respetarse siempre. El presidente de Venezuela alterna la mentira con la alucinación. Se le toleraba como metáfora caribeña su visión de pajaritos. Ahora se ha despachado con que el canciller de Uruguay conspira con la Embajada de Estados Unidos.

Uruguay, con todas sus dificultades, persiste en 14 años de crecimiento apostando a todo lo que no tienen Maduro y sus secuaces: seriedad, austeridad, inversión, reglas de juego estables, respeto al local y al externo, promoción del emprendedurismo, de la negociación pacífica entre partes, del diálogo interpartidario, de limitar las rivalidades a un amable choque de ideas.

En Uruguay no hay, ni debe haber jamás, fuerzas parapoliciales ni paramilitares ni para nada.
El sindicalista Abdala también mintió y alucinó. Primero alucinó con esa actitud tan de Maduro de decir "al pueblo lo represento yo". Y eso lo llevó a la mentira. El pueblo uruguayo, en una gran proporción no tiene el más remoto esbozo de simpatía por lo que Maduro representa, por las manifestaciones apaleadas, por el desmanejo que genera desabastecimiento masivo, por la inflación descontrolada, por los presos políticos, por el ya insoportable recurso de la conspiración que causa los males.

"Marcelo, hermano" le dijo Maduro. "Compañero presidente", le dijo el secretario del PIT-CNT. Allá ellos repartiéndose flores en ese penoso Titanic. "En Uruguay, en nuestra patria de Artigas, el movimiento obrero y el pueblo es solidario, cariñoso y amigo de la revolución bolivariana, dijo Abdala. Pero eso sí, advirtamos que es tan nefasto e inadmisible que se mancille el nombre del libertario Bolívar por parte de los autoritarios de allá, como que se mancille el nombre de Artigas por parte de los aspirantes a autoritarios de aquí. Y si se puede hablar en tono de reproche a Abdala es porque ha insistido en tratarnos a quienes criticamos al régimen venezolano de tontos manipulados por "los medios capitalistas". El mismo cuento que nos decían hace décadas para defender el estalinismo. No ha aprendido nada y tiene el tupé de subestimar a la gente. No se ha enterado de que hoy con un celular cualquier ciudadano es un medio independiente.

El cariño, la solidaridad de muchísimos en el pueblo uruguayo es para las víctimas de Maduro que llegan en cantidades tan grandes que el Montevideo Wanderers ha tenido la buena idea de ofrecerles hacerlos socios sin pago, aunando el espíritu bohemio con los seguidores de la selección vinotinto.

Dentro de la tragedia en la que está inmerso el pueblo venezolano, hay algo de divertido en esperar qué dice Maduro. ¿Intentará presentar alguna prueba de que el canciller uruguayo conspiró? ¿Dirá "me equivoqué" o evitará hablar del tema a ver qué pasa? Es tan doloroso para un presidente decir "me equivoqué" como divertido para quienes no tenemos que padecerlo esperar que hable. Todas sus alternativas son merecidamente incómodas.

En Uruguay nunca debería haber un militar golpista caudillo, al que se quiera inventar un áurea mesiánica. Eso quedó en el siglo pasado y nunca resultó. Aquí no debemos más apostar a caudillos endiosados. Los respetos a los caudillos de los siglos XIX y XX, pero en este siglo se necesita algo más austero, republicano y liderazgos basados en la capacidad de un equipo de tres millones y medio de personas.

Sepan los venezolanos que todo autoritarismo cae más temprano que tarde. Sepa el mundo que por más problemas de seguridad que pueda haber en Uruguay, nada más distinto de la tensión de Caracas que la calma de este país. Ese es el empeño de nuestra construcción.

Ese inefable diálogo Maduro-Abdala es una excelente síntesis de lo que no debemos ser. Nuestro espejo debe seguir siendo el norte de Europa, Canadá, Japón.

Tampoco debemos parecernos a Paraguay, por más seductor que sea, en un país de energía e impuestos altos, las ventajas empresariales que da un país con energía e impuestos baratos. Cartes es lamentablemente otro presidente de este continente que desarrolla adicción al poder y quiere perpetuarse cambiando la Constitución en su propio beneficio. El vicio de los Ortega en Nicaragua y de los Menem en Argentina y de tantos otros. Paraguay es el país de la selva arrasada, el país de millones de excluidos, de la exportación de drogas.

Uruguay debe presentarse al mundo no solo como país natural, sino como una democracia ejemplar. Un gran ejemplo de país libre y responsable en el mundo. El más democrático, el más pacífico, el más inclusivo, el que respeta los derechos humanos idénticamente de oficialistas y opositores, gobierne quien gobierne por siempre jamás.

Maduro, Abdala, Cartes, por un lado, la respuesta del presidente uruguayo y la cancillería, el apoyo de políticos de todos los partidos a esa declaración clara y firme y nuestra generosidad y cariño con los venezolanos víctimas del régimen dan las pistas claras de dónde debe Uruguay transitar y de qué caminos debe estar atento para eludir.

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