No deje que le mientan: más vale un artista alegre que un bobo triste

¿Es la felicidad es un impedimento para la creación?

En uno de esos estudios científicos en los que resulta inocultable el aburrimiento del doctor que lo perpetra, se llegó a la conclusión, siempre sospechada y siempre sospechosa, de que la tristeza es más fructífera que la felicidad para desatar la creatividad de los artistas.

Para este reciente análisis, el investigador Karol Ene Borowiecki metió en un software de análisis lingüístico el texto de cartas redactadas por Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven y Franz Liszt y, según dice el informe, "comparando su estado de ánimo con las obras escritas en ese período, fue calculado que un 9,3% de emociones negativas aumenta un 6,3% las obras de arte creadas en el año siguiente"

Las cifras registradas por Borowiecki no solo son de una insignificancia manifiesta, sino que se basan en pruebas precarias, y además, se llega a una conclusión engañosa.

En todo caso, lo que parece haber inspirado a esos artistas no es la tristeza sino el recuerdo de ella, puesto que las obras mejoradas corresponden "al año siguiente" de los supuestos episodios deprimentes.

El complejo estudio viene a decirnos, entonces, lo que muchos de nosotros padecemos: cuando estamos tristes se nos hace más difícil componer, escribir, crear, trabajar, amar y practicar casi todos los verbos que se le puedan ocurrir.

El recuerdo de la tristeza, una vez asentado, es el que, en todo caso, nos otorga el material para nuestras obras. Y la felicidad no es ningún impedimento para el artista o el aprendiz; nadie deja de practicar la inteligencia porque se sienta alegre. Lo que suele ocurrir es que cuando somos intensamente felices dedicamos nuestros pensamientos a asuntos que se relacionan más con el juego que con el trabajo, con las actividades gozosas más que con las rigurosas, con el sol y a los helados antes que con la taza de café y el lápiz.

Por otro lado, la intensa tristeza es paralizante. La idea del creador torturado es atrayente pero es más creíble el caso de un artista productivo a pesar de sus desgracias y no gracias a ellas.

Además, no nos debe confundir el agrado que sentimos, por ejemplo, al escuchar canciones tristes o al leer novelas dramáticas. Los tonos bajos casi siempre despiertan emociones más intensas; un drama suele tener matices que las comedias esquivan.

Entonces, nada tienen que ver esos asuntos con la pertinencia de la tristeza a la hora de la creación. Por eso, es probable que la ineficacia de estas letras que usted ha leído haya sido determinada menos por una evidente alegría que por una profunda impericia del que las ha escrito.


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