Orgulloso de ser bien uruguayo

Me robaron después perder con Argentina y así me siento

Me robaron después perder con Argentina y así me siento

Argentina nos ganó al fútbol, en un partido a que “a lo Uruguay” podríamos haber, al menos empatado, pero perdimos. Y después de un par de horas en lo de un amigo, bajé para encontrarme casi de casualidad con el vidrio roto, y la valija vacía. 

La mía es una historia más de la millonada que ni siquiera se denuncian en la Policía, que ni se le dicen al seguro. Porque sabemos que más vale irse a dormir más temprano que perder el tiempo llamando a cualquiera de los dos inútiles anteriores: no habrá justicia y el seguro no me recompensará por nada -hay un tema del deducible y la mar en coche-.

Entonces yo me vuelvo a mi casa con la sensación de que me anduvieron manoseando. De que en el mismo lugar en el que mi hijo de tres años va a la escuela estuvo siendo ensuciado por unos mugrientos que nos consolamos con decir que son víctimas de la sociedad y nos conformamos viviendo así, en esta mugre, ¡esta mugre!

Yo me habría ido hace rato.

Resulta que uno trabaja 18 horas por día para que venga un fisurado de pasta base a romperte todo y nosotros bajamos la cabeza y vamos, pagamos los miles de pesos que haya que pagar, contamos la anécdota y seguimos adelante.

Y esperamos que vuelva a suceder.

Y nos conformamos con el discurso de unos hippies que señalan que la culpa no es de los ladrones, sino de la sociedad, de todos nosotros, que por algún motivo divino –vaya uno a saber cuál es- los hemos hecho víctimas capacitados para robar, impunes ante un juez; pero principalmente impunes en el discurso diario. ¡Vaya uno a hablar mal de los inadaptados de siempre! Ahora son sagrados.

No hay nada de original en todo esto. Es la historia repetida de miles de uruguayos que noche a noche se van a lo de un amigo a ver un fóbal, bajan y se sorprenden frente a un vidrio roto.

A mí lo que me preocupa en este momento no es que me hayan roto el vidrio y afanado el bolso y los petates que tenía en la valija. Ni que la gente se acostumbre a que la afanen todos los días, ni tampoco que en Uruguay nos encarguemos de defender a los victimarios muy por encima de las víctimas… No, a mí lo que me preocupa es cómo pudo haber errado Rolan ese gol, frente a un arco de siete metros sin arquero... La pelota se le fue alta. 

Me habría permitido gritar por la ventana, frente al frío de la noche montevideana, el gol, el gol hermoso del empate. Habérselo dedicado a todos los argentinos del planeta, les habría hecho saber que Uruguay es lo más grande que hay. Y mi grito se habría escuchado desde Tierra del Fuego hasta Santiago del Estero.

Luego habría ido al auto, habría barrido de rutina las esquirlas del asiento casi sin importancia y me habría ido a dormir, orgulloso de ser un auténtico uruguayo… Afanado, inconscientemente violado por toda la sociedad; un uruguayo bien uruguayo, feliz con un empate.

Pero no, hubo que errar ese gol. El auto me lo habrían afanado igual. 


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