Pablo Atchugarry: El señor del mármol

“El artista es una antena que va captando ondas en el aire (…) y lo que él hace es concretizarlas en una obra”

Llegó a su casa entusiasmado a contarle a sus padres la tarea que le había mandado el maestro. Cada alumno debía buscar información sobre un país y una región, y a él le había tocado Carrara, en Italia. Pedro, su padre, lo acompañó a la embajada a buscar folletos de la zona y lo ayudó a preparar lo que iba a mostrar a sus compañeros.

Hoy, a la distancia, ese deber ordenado por un maestro que motivaba a sus alumnos a conocer el mundo desde aquella escuela pública de Montevideo parece ser un guiño del destino. Es que Carrara se convirtió en un lugar emblemático de su carrera como artista. Año a año, concurre a esa zona a elegir el mármol que utiliza para crear sus esculturas. Ese viaje lo lleva a caminar por las mismas calles que recorría Miguel Ángel en los tiempos del Renacimiento, en busca de material para sus obras. Allí está el mejor mármol para uso artístico que se conoce en el mundo.

Ya desde muy chico mostraba interés por el arte. Sus padres identificaron su vocación y lo motivaron a recorrer ese camino. Hoy, a sus 62 años, Pablo Atchugarry es el mayor exponente de la escultura uruguaya y de la mano de su talento ha logrado incorporarse al selecto círculo de artistas contemporáneos de escala mundial. Su reconocimiento internacional ha sido exponencial y parece no tener límites.

Sus obras pueden ser apreciadas en todo el planeta, desde capitales asiáticas hasta reconocidos espacios de arte del mundo occidental. La cotización de sus esculturas ha acompañado su crecimiento como artista y su fama global. Actualmente, suelen comercializarse en galerías de ciudades como Nueva York y Londres, o casas de subastas de prestigio internacional, como Sotheby's o Christie's, dos de las más importantes del mundo. Tener una obra en esos sitios es sinónimo de que se trata de una pieza de primer nivel.

El valor de las esculturas es muy variante, de acuerdo a infinidad de factores, pero lo cierto es que hay algunas cuyo precio ha superado el millón de dólares.

Pablo Atchugarry es un trabajador incansable. Sus jornadas laborales suelen superar las 12 horas. No sabe de sábados ni domingos. Prefiere disfrutar de su tiempo entre los andamios y el polvo.

Nació en Montevideo el 23 de agosto de 1954 y compartió su infancia con sus hermanos. Alejandro, el mayor, adquirió un gran protagonismo público durante la crisis de 2002, ya que estuvo a cargo nada menos que del Ministerio de Economía y Finanzas. Marcos, el menor, se convirtió en psiquiatra.

Desde su infancia era evidente que los intereses de Pablo iban por otro lado. En un comienzo expresó su arte a través de la pintura, pero luego experimentó con el cemento, el hierro y la madera. Años más tarde, descubrió la elegancia del mármol y la convirtió en su marca registrada. A través de ese material, Atchugarry creó un lenguaje propio que lo identifica en el mundo.

A fines de los años 1970, viajó a Europa y recaló en Italia. Se instaló en Lecco y allí sucedió un hecho significativo para su carrera. La capilla de la ciudad le encargó una versión de la Piedad, esa imagen bíblica que inmortalizó Miguel Ángel en la escultura que está exhibida en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Atchugarry la esculpió en un único bloque de mármol de doce toneladas y la obra quedó expuesta en la capilla. Fue una versión controversial, que generó rechazo de algunos importantes miembros de la Iglesia debido a que la escena estaba representada de una manera abstracta. Tan grande fue la polémica que el caso llegó hasta las máximas autoridades eclesiásticas de Roma, quienes fueron consultadas sobre el asunto y debieron dar su consentimiento.

La Piedad de Atchugarry estuvo durante muchos años en Lecco hasta que asumió otro cura al frente de la capilla y decidió sacarla. Actualmente, la obra se encuentra en Uruguay y están diseñando un lugar específico donde exponerla.

En 2007, después de una larga trayectoria en Europa, Atchugarry decidió crear la fundación que lleva su nombre, ubicada en Manantiales. Se trata de un museo rural ubicado a 4,5 kilómetros de la costa. Su intención fue dar a otros artistas la oportunidad de exponer sus obras y crear un espacio de intercambio cultural alejado del ruido de las ciudades. La fundación fue creciendo de una manera que ni siquiera él mismo imaginó y hoy es un importante polo cultural de Uruguay, donde hay exposiciones, conciertos, congresos, charlas, talleres para niños y presentaciones de libros. Concurren a menudo escolares de todo el país a conocer y disfrutar el lugar.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.