Palabras mágicas

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario

El realismo mágico ha producido joyas en la literatura latinoamericana; pero en economía viene dando una cosecha bastante más pobre. Nos están dominando palabras mágicas, que con solo mencionarlas arrastran todas las virtudes de su lado y empujan todos los males hacia el otro. Hay infinidad de ejemplos.

Un caso es la agricultura familiar, que parece acreedora por definición al mejor de los mundos. Hay agricultores familiares de gran mérito y también hay grandes holgazanes y sinvergüenzas, como en cualquier otro ramo. Personalmente creo que quien vive en el campo y cría allí a una familia, le hace un bien a la sociedad comparado con quien se muda a la orilla de una ciudad; este último enseguida reclama luz, agua, caminos, saneamiento y suma y sigue.

El que se queda en el campo no pide nada a la sociedad y es probable que consiga criar gurises menos sujetos a las tentaciones del delito que los que se crían en barrios bravos. Por eso yo estoy de acuerdo en apoyar a quienes se quedan a vivir en el campo, para darles chances mejores de resistir una generación más en ese medio.

Lo primero que hay que hacer sería levantarles todos los impuestos, si es que de verdad y no de boca, el Estado quiere ayudarlos. Y también sería importante definir qué es familiar comparado con empresarial y la definición debería venir por ingreso anual y no por hectárea, porque probablemente 10 hectáreas de granja en Melilla puedan facturar más que 200 hectáreas de basalto superficial, y yo pregunto: la agricultura familiar es mágica, ¿pero la ganadería familiar no?

Pero lo que seguro no hay que hacer es prohibirle a la gente hacer lo que mejor le parece: en este sentido, el enfoque ideologizado de la Intendencia de Montevideo, que considera que Montevideo rural debe seguir siendo rural por definición, es un contrasentido que ataca duramente a quienes dice proteger.

Al no poder darle un uso que no sea rural a esos campos, su precio queda topeado, castigando así a las familias que desearían vender y pasar a residir en otro lado o encargarse de otra actividad. Eso es injusto y en nada ayuda a los agricultores familiares, ahora presos de un campo barato.

La superficie en hectáreas en el mundo actual significa poco: una familia puede pasar penurias en 200 hectáreas en basalto superficial mientras otra familia puede vivir bastante bien con un invernadero de 1.100 metros cuadrados, o sea 10% de una hectárea. Todo depende de la ubicación, la tecnología y el capital disponible, y la capacidad empresarial de las personas.

Pero la avalancha de palabras mágicas no termina aquí: parece que lo colectivo es mágico pero el ciudadano no importa; los derechos de los trabajadores son mágicos, pero la responsabilidad y las obligaciones del trabajador no cuentan; el dialogo es mágico, pero la autoridad no es de recibo; la solidaridad es mágica, pero la libertad ya fue; lo político es mágico, pero el respeto a las leyes ya no cuenta; lo social es mágico, pero la excelencia está devaluada; el espacio fiscal es mágico, pero el superávit fiscal es mala palabra; lo productivo es mágico, pero el inversor da desconfianza, y si es extranjero ni hablar.

Pobre país si quedamos presos de los conceptos mediocres que vienen escondidos atrás de esas palabras mágicas. Hay que levantar las banderas de la libertad, de la defensa del individuo aislado y sus derechos inalienables, de la búsqueda de la excelencia en cada actividad, del respeto a la ley, de la vigencia de las obligaciones y las responsabilidades que son contracaras ineludibles de todos los derechos, del ejercicio de la autoridad por quien le compete hacerlo; así se avanza hacia un país mejor para bien de todos sus habitantes y no usando palabras mágicas que terminan en un “sé igual” que resultará devastador para las próximas generaciones.


Fuente: Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

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