Para llamar la atención de Putin

¿Es hora de darle al mandatario ruso una cucharada de su propia medicina?
Por Thomas L. Friedman
New York Times News Service

Por si se perdió la noticia, se la repito como servicio público:

MOSCÚ, especial para The New York Times, 1º de octubre. Un grupo hasta ahora desconocido, que se hace llamar Hackers por una Rusia Libre, publicó en línea un cúmulo de registros financieros que indican que Vladímir Putin posee unos US$ 30.000 millones en propiedades, hoteles y fábricas en toda Rusia y Europa, todos ocultos por empresas fantasmas y trucos contables.

Entre los documentos, que parecen ser auténticos, aparecen detallados registros financieros y mensajes de correo electrónico entre la oficina de Putin en el Kremlin y numerosos de sus asociados rusos y bancos suizos. Constituyen el acto de pirateo informático más grande que haya afectado a Putin. Los censores rusos están tratando de cerrar Twitter dentro del país y mantener los mensajes fuera del alcance de los medios rusos.

En una conferencia de prensa en Washington, se le preguntó al director de la CIA, John Brennan, si los servicios secretos estadounidenses habían tenido alguna participación en la publicación de lo que se ha dado en llamar "los expedientes Putin". Con una ligera sonrisa, Brennan afirmó: "El gobierno de Estados Unidos jamás intervendría en la política rusa, así como el presidente Putin tampoco intervendría en una elección estadounidense. Eso estaría mal". Sin embargo, al ir bajando del estrado, Brennan rompió en risas.

No, no es que el lector haya pasado por alto esta noticia. Yo la inventé. Pero, ¿acaso no ha llegado el momento de que haya una noticia como esta? ¿No es hora de darle a Putin una cucharada de su propia medicina? Y no por razones infantiles de desquite ni para instigar conflictos, sino precisamente para evitarlos. Para que Putin dé marcha atrás de lo que cada vez más es una conducta desgobernada que viola las normas básicas de convivencia y afecta intereses estadounidenses cada vez más vitales.

Putin "está en pie de guerra contra nosotros, pero nosotros no estamos en guerra contra él. Tanto Estados Unidos como Alemania están tratando desesperadamente de aferrarse a una relación decente", observó Josef Joffe, editor del semanario alemán Die Zeit y uno de los más destacados pensadores estratégicos de Europa. Nadie querría iniciar una guerra entre grandes potencias "a la sombra de armas nucleares", me dijo Joffe.

Pero ya no podemos estar poniendo la otra mejilla. La conducta de Putin en Siria y Ucrania ha entrado en el ámbito de los crímenes de guerra y sus ataques cibernéticos contra el sistema político estadounidense amenazan con socavar la legitimidad de la próxima elección.

Solo hay que leer los periódicos. En setiembre, una investigación dirigida por holandeses presentó evidencias irrefutables en video de que el gobierno de Putin no solo transportó el sistema de misiles usado para derribar un avión de Malaysia Airlines que volaba sobre Ucrania en 2014, matando a los 298 civiles que iban a bordo, sino que lo regresó a Rusia esa misma noche y después se dedicó a una complicada operación de encubrimiento.

El 19 de setiembre, lo que funcionarios de los servicios secretos estadounidenses afirmaron que estaban casi seguros de que era un avión ruso SU-24, bombardeó un convoy de la Organización de Naciones Unidas en Siria, que llevaba suministros para los civiles. La Cruz Roja precisó que habían perecido por lo menos veinte personas. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, aseguró que el ataque había sido "salvaje y al parecer deliberado".

Por mucho tiempo, los excesos de Putin fueron una tragedia solo para el pueblo ruso y para mucha gente de Ucrania y Siria, por lo que el presidente Barack Obama podía sostener que la mejor respuesta eran las sanciones económicas y el reforzamiento de tropas en Europa oriental. Pero algo ha cambiado en los últimos nueve meses.

Los implacables esfuerzos de Putin por aplastar a la oposición al presidente Bachar al Asad en Siria, tanto la democrática como la islamista, su rechazo a cualquier solución a la crisis siria que signifique compartir el poder, y su alianza con Asad para bombardear sin piedad a los civiles de Alepo no solo son horribles por sí mismos, sino que además están expulsando a más refugiados hacia la Unión Europea. Esto, a su vez, nutre los sentimientos antiinmigrantes en Europa lo que genera partidos nacionalistas de derecha y crea fisuras dentro de la Unión.

Mientras tanto, el hackeo ruso sufrido por el Partido Demócrata de Estados Unidos –y las huellas de que hackers rusos o de otros países han tratado de irrumpir en los sistemas de registro electoral de Estados Unidos– apuntan a que Putin u otros cibervándalos están tratando de socavar la legitimidad de la próxima elección presidencial.

Juntas, estas acciones plantean una amenaza contra los dos pilares globales de la democracia y los mercados abiertos, Estados Unidos y la Unión Europea. Una amenaza mayor que cualquier cosa que provenga del Estado Islámico o de Al Qaeda.
La Unión Soviética era un estado revolucionario que buscaba un cambio al por mayor en el orden internacional", observa Robert Litwak, director de estudios de seguridad en el Centro Internacional de Académicos Woodrow Wilson y autor del libro "disuasión del terrorismo nuclear". Putin evidentemente no está buscando una revolución del orden internacional, agrega Litwak, pero su rechazo a la competencia estándar de grandes potencias –fomentando una oleada de refugiados y atacando la legitimidad del sistema político estadounidense– "está provocando cambios en la política global que podrían tener consecuencias revolucionarias, aun cuando Putin no esté motivado por una ideología revolucionaria".

Obama pensó que una mezcla de presión y compromiso moderaría la conducta de Putin. En teoría, ese es el mejor enfoque, pero ahora está claro que subestimó la presión que necesitaba para producir un compromiso efectivo, y ahora Estados Unidos tendrá que intensificarla. Esto ya no es solo cosa de la política de Siria y Ucrania. Ahora también es cuestión de Estados Unidos, de Europa, de las normas básicas de convivencia y de la integridad de nuestras instituciones democráticas.

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