¿Por qué la gente come más de la cuenta?

La memoria y la comodidad tienen roles fundamentales en cómo el cuerpo asimila la saciedad y se deciden las porciones

Hace casi 20 años, el profesor de psicología y biólogo Paul Rozin puso a prueba una teoría sobre la comida. Mucha gente pensaba que sus cuerpos podían decirles cuándo empezar a comer y cuándo dejar, pero él no estaba tan seguro.

Su experimento, publicado en la revista Psycological Science, era simple, pero ingenioso. Trabajó con dos pacientes con amnesia severa, cuyas memorias habían sido dañadas por enfermedades y que tenían problemas para recordar lo que había pasado el minuto anterior. Diez minutos después de darles una comida, les dio otra. Al menos diez minutos después, les dio una tercera comida. Repitió el experimento en otras tres ocasiones, y en cada una de ellas se repitió el mismo patrón: aceptaron con entusiasmo la comida que se les sirvió. Uno de los participantes incluso anunció, después de ingerir su tercera comida, que planeaba "salir a caminar y comer algo".

"Sin su memoria, lo que habían comido antes no tenía impacto en cuánto ingerían en una segunda o tercera vez", comentó David Just, un profesor de economía conductual de la Universidad de Cornell, quien estudia las decisiones alimentarias de los consumidores. "Era fascinante: lo que la gente creía podía sostenerse".

La parte del cerebro de los pacientes que gatillaba el hambre y la saciedad no parecía funcionar si los pacientes no recordaban haber comido. Había algo que podía ser más importante que los efectos fisiológicos de comer, que la activación de las papilas gustativas y la digestión de las calorías.

Hoy, a pesar del trabajo de Rozin y otras investigaciones que sugieren que nuestros cuerpos no son las brújulas inteligentes que deseamos que sean, la gente sigue considerando que sus estómagos son los más indicados para decirles cuándo comer y cuándo detenerse. "No estamos configurados de esa manera", dice Just, quien cree que ese concepto erróneo tiene un rol importante el hábito de comer en exceso.

Es natural que los patrones de consumo fluyan y cambien, dependiendo de las circunstancias. Algunos días se come más que otros, y no hay problema con ello mientras no se cruce el límite de la glotonería. Pero esos ajustes está menos vinculados a cómo respondemos a la sensación de estar llenos y más a recordar qué comimos antes en ese día, o esa semana. En ese sentido, nuestros recuerdos no son confiables.

Más allá del recuerdo

La memoria es solo uno de los sutiles pero poderosos factores que afectan los hábitos alimenticios. Algunos de ellos son simples y directos, como el tamaño de los platos que se usan, que según se ha demostrado, afectan la cantidad de comida que se ingiere. O, incluso, la presencia de una televisión, que tiene efectos similares.

Otras influencias, empero, son menos obvias. Un estudio reciente halló que algo tan inocente como el tamaño de la mesa puede cambiar la percepción de la gente. Mientras más larga sea la mesa, más difícil será reconocer que se ha servido menos comida, y es más fácil sentirse satisfecho.

Hay otros factores sociales que también son importantes. Por ejemplo, un estudio determinó que el peso del acompañante también es decisivo para la calidad y cantidad de lo que se come: a mayor peso del amigo, más tendencia a optar por más y menos sanas comidas.

"La gente que nos rodea tienen gran influencia en cuánto comemos", agregó Just. "Sabemos, por ejemplo, que cuando la gente va a un buffet, reaccionan según la persona que tengan delante. Si la persona toma mucha comida, no sólo uno se siente libre para hacer lo mismo, sino que piensa que es lo que se espera de ellos".

Cuando comemos, señala Traci Mann, profesora de psicología de la Universidad de Minnesotta, nuestros estómagos no son los que nos dicen que paremos. Eso, según explica, pasa una vez que ya terminamos. Y parte de eso revela por qué la conveniencia puede ser tan peligrosa. "Mientras más fácil sea comer, más vas a comer. Si acabas de ir al supermercado, vas a comer más; si hay comida a corta distancia, vas a comer más", indica.

Al alcance de la mano

Las buenas noticias es que siempre hay formas de contrarrestar nuestra tendencia de comer en exceso. Una de las más fáciles es poner barreras entre nosotros y la comida: esconder los dulces y los snacks en lugares menos accesibles.

Pero hay otros que han demostrado una efectividad increíble. Uno de los más útiles, para Mann, es la ingesta consciente. "Cuando la gente empieza a comer con más atención, tienden a comer menos. Ayuda rastrear no solo cada comida, sino cada bocado".

Otro acercamiento es comer cosas que sepan mejor. "Es contraintuitivo, pero cuando las comidas son más ricas tiendes a comer menos porque te satisfaces más rápido", identifica Just. "Cuando algo es aceptable pero no sabe tan bien, terminas comiendo más para alcanzar el mismo nivel de satisfacción".

Todos estos trucos y maniobras, sin embargo, son el resultado de una verdad incómoda que Rozin ayudó a revelar hace casi dos décadas. "Nos gusta pensar que tenemos la capacidad de controlar qué comemos y cuánto. Pero la realidad es que estamos configurados para comer siempre que surja la oportunidad", añade Just. "En ese sentido, no somos tandistintos a los perros".


Fuente: Roberto A. Ferdman, The Washington Post

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