¿Qué se maten entre ellos? La pobre Micaela Sacconne no estaría de acuerdo

Aún matándose entre ellos hemos visto como han puesto en riesgo a gente inocente
"Ante un tipo así, qué querés que te diga, yo me saco el sombrero. Era un guacho cuando se metió en la superbanda y hoy es un señor lleno de poder y guita". Así me definió un famoso delincuente su admiración por el rapiñero devenido en narcotraficante Alberto Suárez, alias el Betito.

Este delincuente que expresaba su admiración por Suárez es un rapiñero experimentado, de esos que hicieron la carrera completa, desde las salas de encierro del entonces Instituto del Niño hasta los jaulones de hierro del penal de Libertad.

¿Qué visión habrán de tener entonces sobre Suárez quienes recién se inician en el mundo de la delincuencia? Nacido de madre adolescente, a veces consumidora de pasta base, padre ausente -padre preso- abuelo delincuente, bisabuelo delincuente. Hay que tener en cuenta que en algunas zonas alcanza con tener 40 o 45 años para ser bisabuelo.

Con un poco de suerte tuvo una abuela que lo crió con otros cinco o seis en un rancho de un ambiente donde dormían, comían y tenían sexo 10 o 12 personas.

¿Qué alguien le controlaba el cuaderno cuando llegaba de la escuela? No seamos ilusos. Del liceo ni noticias. Los otros pibes del barrio, algunos al menos, ya empezaban a lucir cadenitas de oro y championes de marca. Ellos, que son menos que cero, al margen de la ciudad y del sistema, se encuentran con tipos como Suárez que un día les tiran uno billetes para que hagan de campanas, para que nadie ajeno al barrio entre sin que él se entere; otro día les dan un ascenso y les ofrecen pasar droga (y de paso proveerlos para su consumo) y otro día la confianza es suficiente como para darles un arma de fuego.

Algunos piensan que este sistema de "ascensión social" de la mano del narcotráfico fue algo que los barones de la droga locales aprendieron en los penales, en contacto con los millonarios narcos colombianos o mexicanos con los que compartieron celda.

Es posible que este contacto, que la Policía admite que fue un error haber permitido, les haya sumado a los traficantes locales el conocimiento de cierta sintonía fina, por decirlo de alguna forma, sobre el manejo del poder, cuyas consecuencias se están viendo cada vez con más frecuencia.

Por ejemplo, que para un narco es más peligroso otro narco que la Policía y que si quiere terminar con la influencia de su enemigo no alcanza con liquidarlo a él; hay que borrar del mapa a sus compinches, a sus amigos y si es posible a toda su familia. Que no queden rastros de descendencia porque la descendencia suele crecer con el vicio de la venganza y tarde o temprano un hijo o nieto de la víctima vendrá por él.

Solo a modo de ilustración: entre los grandes carteles mundiales de la droga hubo una época en que era un código no tocar a la familia. Pero todo cambia. En 1988, a Héctor "el Güero" Palma, capo del narco mexicano, le mandaron dentro de una caja la cabeza de su esposa mientras que sus hijos de 4 y 5 años fueron arrojados desde lo alto de un puente. Fin del código.

Quizás los narcos extranjeros le hayan enseñado a los locales que no alcanza con matar, porque matar -en fin- mata cualquiera y porque hay cosas que meten más miedo que matar, como por ejemplo que antes de ejecutarte te torturen tres horas con un taladro eléctrico que te perfora las rótulas o el cráneo.
Es posible que les hayan enseñado que luego de muertos se pueden descuartizar esos cuerpos que no son seres humanos, son solo cuerpos, carne desechable; y luego quemarlos, para que ni cenizas queden.

Que no queden rastros de descendencia porque la descendencia suele crecer con el vicio de la venganza y tarde o temprano un hijo o nieto de la víctima vendrá por él.

De Armas, un pionero

Ya estamos viendo estas prácticas en Uruguay. Pero pensar que este incremento de la violencia del narco surgió del contacto con extranjeros es desconocer la historia de los capos barriales, que ya a comienzos de los 90 se vislumbraba con traficantes como Gustavo de Armas, por años dueño y señor de Cerro Norte, hasta que en una salida transitoria un menor de edad, en pleno barrio donde era el rey, le pegó un tiro en el pecho. Caído el capo surgieron como hongos otros capangas. O sea, no es un fenómeno novedoso este que desde hace décadas lleva a muchos a pronunciar esa frase tan brutal como cargada de ignorancia: "Que se maten entre ellos".

Aún matándose entre ellos hemos visto como han puesto en riesgo a gente inocente, al perpetrar las ejecuciones en paradas de ómnibus. Y últimamente han dado ese paso tan dramático de que fueron a matarse entre ellos pero en el camino encontraron a Micaela Sacconne, una joven de 20 años, estudiante, ajena al mundo del delito que estaba en el lugar equivocado y con la compañía equivocada. Y así apareció su cuerpo incinerado junto al de su novio, un joven de 19 años que ya había hecho carrera en el mundo del hampa al punto de que algunas fotos en redes sociales lo muestran con gruesas cadenas de oro y cuando sus enemigos lo buscaban para matarlo se fue al exterior, no a Argentina o a Brasil, sino a Italia. Mueven mucho dinero.

Lucha de clases

Ricardo Homs, columnista del diario El Universal dijo -analizando la guerra del narco en México- que estos delincuentes encuentran en el mundo paralelo de la delincuencia un lugar para ser alguien. Que se trata de una especie de "lucha de clases encubierta", porque luchan para vivir como viven los magnates. Y dice que ya no es un fenómeno marginal: ha salido de las sombras del cantegril para amenazar y enfrentar no solo a la autoridad sino a la sociedad entera. En la medida que los jóvenes de algunas zonas ven por distintas causas (fracaso de la educación y de las políticas sociales, entre ellas) frenado su ascenso social, a estas organizaciones solo les queda crecer.

Seguir repitiendo "que se maten entre ellos", mientras en el camino queda la vida de una Micaela Sacconne, es inmoral.

La guerra entre ellos -como la que en el barrio 40 semanas se cobró más de 20 vidas- ya no es solo entre ellos. Nos involucra a todos. Y a quienes están pensando en agarrar la matraca y empezar a bajar enemigos hay que recordarles primero que hemos llegado hasta acá, entre otras cosas por una suma de errores, entre los cuáles se cuenta el creer que este es un asunto meramente policial. Y recordarles además que ninguna guerra, ni siquiera las convencionales, se ganan solo en el terreno militar, y si no basta con ver a esas potencias que arrasaron en el campo de batalla y ahora están metidas en un pantano del que no saben cómo salir.

Cada vez que escribí que aunque es molesta, peligrosa y moneda corriente, la rapiña no se debe contar entre los grandes peligros institucionales que tiene un país si se la compara con el crimen organizado, recibí críticas y muchos lo interpretaron como una visión oficialista del fenómeno. Lo siento, pero no escribo para el aplauso.

Seguir repitiendo "que se maten entre ellos", mientras en el camino queda la vida de una Micaela Sacconne, es inmoral. Acusar al gobierno por la consolidación de estos fenómenos que, como vimos se arrastran desde los 90 y que se han consolidado también en otros países a pesar de la injerencia y el apoyo de potencias extranjeras, es parcial e interesado. De la misma forma que la sola acción policial no va a terminar con el fenómeno es iluso pensar que lo harán solo las políticas sociales.
¿Cuál es la solución? Si alguien la tiene que la pase y se la vendemos a México, a Venezuela, a los países del Asia Central, incluso a Estados Unidos, donde las muertes por el narcotráfico se dan por otra vía: en 2016, 60 mil muertos por sobredosis ubicaron a esta como la primera causa de muerte en menores de 50 años. Una masacre silenciosa.

La guerra entre ellos -como la que en el barrio 40 semanas se cobró más de 20 vidas- ya no es solo entre ellos. Nos involucra a todos.

En suma: puede que no haya fórmula pero podemos tratar de, al menos, entender el fenómeno. Si va a hablar y es un formador de opinión, vale la pena estudiar un poco. Si va a legislar, habrá que estudiar y encontrar el punto medio entre la audacia y la cautela. Y si no va a hacer nada, estaría bien evitar repetir esa deplorable frase de que "se maten entre ellos", porque aunque pueda no entenderse el fenómeno, e incluso a más de uno le cause náuseas, en más de un sentido ellos somos también nosotros.

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