Relatos desde Siria

Gente común reflexiona sobre el impacto de la guerra en su vida

"Tengo un techo y buena gente a mi alrededor; es mejor que vivir bajo las bombas"

Durante los últimos cuatro años Najah, una mujer siria de 59 años, vivió con su hijo Ahmad en Al Minieh, al norte de Líbano. A veces se siente muy sola como refugiada. No puede acostumbrarse a no tener a sus otros ocho hijos a su lado, ni a sus 13 nietos jugando entre sus piernas, ni a toda la familia junta alrededor de la mesa durante las comidas.

Los niños y los nietos de Najah hoy están dispersos en siete países y tres continentes –de Siria a Turquía, Irak, Austria, los Países Bajos y Australia– aunque ella aún sueña con el día en que todos se reunirán de nuevo.

"La última vez que estuvimos juntos fue hace cuatro años, en mi casa en Alepo," dice Najah. "Recuerdo a mis hijos en el Día de la Madre, dándome regalos. Realmente extraño mucho estar sentados todos juntos alrededor de la misma mesa".

Nacida en Idlib, la primera vez que Najah dejó Siria fue poco después de casarse. Ella y su marido Nuhad viajaron a Kuwait para comenzar una nueva vida. Allí vivieron durante 14 años, y siete de sus hijos nacieron en Kuwait antes de la Guerra del Golfo de 1991, que los obligó a regresar a Siria.
La siguiente vez que Najah salió de su casa fue en octubre de 2012. Esta vez no tenía otra opción. "No quería dejar mi país, mis padres y mis vecinos, pero la situación era tan mala que pensé que iba a irme solo por un tiempo", cuenta.

Preparó un pequeño bolso de viaje con algo de ropa y, junto a su hija Shaimaa y su hijo Ahmad, se dirigió al vecino país de Líbano.

"Creí que la crisis no duraría más de unos pocos meses", relata. "En mi bolso solo puse ropa de invierno, con la esperanza de que estaría de vuelta antes del verano. En aquel entonces, todavía tenía esperanza".

Su marido se unió a ellos pero regresó a Siria para cobrar su pensión, que habría sido suficiente para cubrir sus gastos de vida como refugiados en el Líbano. Pero Najah no supo nada de él desde entonces. Además de preocuparse por Nuhad, ella está consternada porque no sabe de dónde sacará los US$ 400 para renovar los permisos de residencia que les permiten a ella y a Ahmad quedarse en el Líbano. Debido a las restricciones impuestas por las autoridades libanesas a los refugiados, Ahmad no puede conseguir trabajo ni viajar libremente por el país.

Najah también tiene sus propios problemas de salud por los que preocuparse. Está recibiendo tratamiento para la hipertensión en la clínica de MSF en la ciudad de Al-Abda, y se sorprendió al haber sido diagnosticada de diabetes recientemente. Sostiene que sus padecimientos crónicos y su estado mental son consecuencias del dolor que experimentó en los últimos cuatro años, pero está satisfecha con la atención que está recibiendo, tanto médica como psicológica.

"Los doctores de aquí no solo me atienden y renuevan las recetas, también me dan apoyo moral y consejos para poder hacer frente a las enfermedades y gestionarlas adecuadamente", dice Najah.
A pesar de sus preocupaciones, la mujer sonríe a menudo. Cuando puede visitar a familiares o vecinos, disfruta de la oportunidad de tener noticias de sus hijos y nietos. Se considera afortunada por tener buenas personas a su alrededor y por haber escapado de las bombas en Alepo.

"A pesar de las difíciles condiciones y desafíos que estoy enfrentando en el Líbano, todavía doy gracias a Dios por tener un techo sobre mi cabeza y buena gente a mi alrededor", comparte. "Es mejor que vivir en el terror continuo de los bombardeos".

Najah sueña con volver a Siria, pero dice que no culparía a sus hijos en caso que, después de todo lo que sucedió, decidieran no regresar. "Después de todo, cada uno tiene una nueva vida ahora", reconoce.

"No pensé que sobreviviría a un viaje como este, pero no tuve otra opción"


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Bahar viajó en una caja. msf
Bahar viajó en una caja. msf

Bahar, refugiada de Siria, trabajó con Médicos Sin Fronteras (MSF) durante tres años en el campo de refugiados de Domiz antes de tomar la difícil decisión de ir a Europa. Escondida en una caja parecida a un ataúd y sobreviviendo a base de dátiles, llegó de contrabando hasta la frontera de Dinamarca.

En el teléfono, su temblorosa voz cuenta una historia de dolor y sufrimiento escondido. Hace cinco años Bahar, una siria kurda de 36 años, vivía en Damasco. Casada y con dos hijos, trabajaba como contadora para una empresa privada. Con un trabajo gratificante, una familia y un protector marido de mente abierta, su futuro parecía pacífico y seguro.

Pero en 2011 todo cambió. Después de participar en las protestas en contra del gobierno, el marido de Bahar fue arrestado. "Fue torturado y asesinado", dice Bahar. "Después de su desaparición, mi vida se complicó. Tuve que cumplir el papel de padre y madre para mis hijos, tenía que asegurarme que estuvieran seguros y tuvieran comida suficiente. Fue difícil. No podía regresar a vivir con mi madre, pues ella ya había alojado a mi hermano y a sus hijos. No había suficiente espacio para todos".

Sin trabajo, luchando por sostener a su familia y con la violencia en la ciudad aumentando, en 2012 Bahar tomó la decisión de dejar Damasco con sus hijos y buscar refugio en otro lado. Sus padres accedieron a ir también. Juntos, fueron al campo de refugiados de Domiz, en el kurdistán iraquí.
Bahar lo sintió como un desarraigo. Pero estaba determinada a arreglárselas lo mejor posible, y pronto encontró un trabajo en la clínica de MSF en el campamento. Ahí aconseja a otras mujeres refugiadas sobre cómo cuidar de su salud y la de sus hijos.

Pero en los siguientes tres años Bahar se sintió cada vez más insegura y se convenció de que no había un futuro para ella o para sus hijos en Domiz.

"La vida dentro del campo se estaba volviendo difícil. No me sentía en casa. Algunos nos trataban mal, yo estaba sola y era responsable de mi familia. Todos los días veía gente huyendo. Decidí que tenía que irme y encontrar un lugar mucho más pacífico. No tenía otra opción."

Con el apoyo de sus padres, Bahar decidió ir sola a Europa y su familia la alcanzaría después. Cruzó la frontera hacia Turquía a pie y dos días después llegó a Estanbul, donde acordó con un contrabandista su viaje hacia Europa.

"No pagué nada, fue mi padre quien pagó el costo de mi viaje," recuerda. "Él realmente quería que fuera a encontrar una vida mejor y quería que mi familia me siguiera cuando la consiguiera".

El viaje en auto fue peor que cualquier cosa que Bahar podría haber imaginado.

"Estaba sola con el contrabandista, ni siquiera lo conocía. Me escondió en una especie de caja de madera, parecía un ataúd, estaba prácticamente acostada ahí adentro. No podía ver nada, ni el camino, ni las aldeas por las que pasábamos. Era como una prisionera. Manejamos durante cuatro días. Solo parábamos por las noches para ir al baño o tomar un poco de aire. Para no morir de hambre, comía dátiles y bebía algo de agua; no había nada más. Era un infierno. No creí que sobreviviría a un viaje así, pero no tuve opción, acepté todo para lograr mi seguridad y la de mi familia".

Después de circular a través de casi toda Europa, Bahar salió de la caja de madera para encontrarse en la frontera entre Alemania y Dinamarca con un grupo de sirios e iraquíes, abordó el ómnibus hacia la ciudad danesa más cercana y ahí se entregaron todos a las autoridades locales.

"En ese momento estaba feliz y en pánico: feliz de conocer a otras personas que huían de Siria e Irak como yo; pero asustada de estar en manos de la policía, que podía enviarme de regreso en cualquier momento".

Después de pasar siete meses en el centro de refugiados de Dinamarca, finalmente se le concedió el asilo. Pero con el tan esperado permiso de residencia llegó la devastadora noticia de que tendría que esperar tres años para que sus hijos se reúnan con ella en Dinamarca.
"Para mí, pasar tres años lejos de mis hijos es simplemente imposible", comparte Bahar. "¿Quién podría aceptar estas circunstancias? Si no quieren que mis hijos estén aquí, tendré que regresar a Irak".
Bahar sobrevivió hasta ahora, pero parece que su trayecto de cinco años para encontrar seguridad para ella y su familia aún no ha terminado.

"El sentido de impotencia es insoportable, pero no puedo abandonar a mi pueblo"

"Soy el único especialista en cirugía general en Ar-Rastan y Al-Zafranah, una zona rural de la gobernación de Homs donde viven 100.000 personas. La mayoría de los cirujanos se han ido. Es una situación muy difícil tanto a nivel personal como emocional, pero no puedo renunciar y abandonar a todas aquellas personas que viven en lugares sitiados donde otros médicos no pueden llegar. Aun así, no soy feliz aquí; mi esposa e hijos viven en constante peligro. No estoy contento con la situación en la que vivo, pero también sé que hay gente que nos necesita desesperadamente.

Las condiciones médicas son desastrosas. Cuando la campaña aérea se intensificó en octubre, los primeros dos días fui testigo de la muerte de más de 100 personas y de cómo los bombardeos en la zona rural de Homs causaban cientos de heridos.

En el hospital de Al-Zafaranah, por ejemplo, mientras el número medio de consultas diarias en nuestro servicio ambulatorio oscilaba entre las 100 y las 150, ahora superan las 200, lo que evidencia el incremento de la población en la zona.

La evacuación de los heridos se ha convertido en una tarea muy peligrosa. Por eso, los casos críticos se tratan en el acto, en el mismo lugar, sin tener en cuenta los peligros que eso conlleva.

Tratar a niños con heridas de guerra es siempre muy doloroso. El sentimiento de impotencia te vence y resulta insoportable muchas veces. Recuerdo un ataque aéreo que mató a ocho personas, cinco de la misma familia (un padre y cuatro de sus hijos). La más chica tenía apenas mes y medio, y todavía vivía cuando llegó al hospital. Su pequeño cuerpo había sido gravemente herido por la metralla. Soy padre de un bebé de un año. Aunque estamos acostumbrados a encontrarnos con casos muy duros, como amputaciones, aplastamientos y lesiones graves de cráneo, nunca estás preparado para ver sufrir a un niño y no poder ayudarlo.

Los índices de pobreza son cada vez mayores y cuando uno es pobre se siente impotente. La población no tiene otra opción que resistir. Los que tenían dinero pudieron huir, pero quienes carecían de recursos no pudieron marcharse. En mi caso, no quiero irme porque no puedo abandonar a mi pueblo, a mi gente".

"Mi historia podría ser fácilmente el guión de una película"


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Suar, feliz con su hija y preocupado por ella. <br>
Suar, feliz con su hija y preocupado por ella.

"Las cosas en Daraa se estaban volviendo duras y no me gustó el giro que estaban tomando. A medida que los grupos rebeldes comenzaron a multiplicarse, cada vez más soldados fueron desplegados en peligrosos puestos de control; otros fueron enviados a casas de sospechosos, rompiendo puertas en el medio de la noche, sin importar si había o no mujeres en el lugar. Hubo robos, saqueos y acoso. No quería formar parte de esto. Armado con una identificación militar siria, y todavía sin documentos de identidad civil, comencé mi camino a Damasco. Estaba aterrorizado de ser detenido por un grupo rebelde en uno de los muchos puestos de control a lo largo del camino y a ser reconocido como un soldado. Mi única esperanza era que no me pidieran en ningún momento mis documentos. Así que tomé un autobús que estaba repleto de pasajeros y recé porque me dieran un asiento al lado del conductor. Mi deseo se hizo realidad. Los oficiales de seguridad que comprueban los documentos asumieron que yo era el ayudante del conductor y siguieron adelante.

En Damasco, encontré una compañía de ómnibus para organizar mi viaje al Kurdistán sirio.
Pocos días después de llegar al Kurdistán, me informaron que en mi casa habían robado. Esa fue la gota que colmó el vaso. Sin interés de enfrentar la inevitable investigación, decidí que tomaría el riesgo.

Un tío me puso en contacto con algunos traficantes de personas (...).

Pagamos el equivalente a US$ 500 y fuimos escoltados a través de tres puestos de control. Luego nos dijeron que caminásemos solos la última milla en la oscuridad. De repente, fuimos descubiertos por tres hombres armados en motocicletas. Nos dijeron que nos detuviéramos y luego comenzaron a disparar. Me tiré al suelo, como me habían enseñado en el ejército y esperé. Mis amigos siguieron corriendo y casi los mataron (...).

Más tarde, ese mismo día, me crucé al Kurdistán iraquí. Mi ropa estaba hecha harapos, los cortes y las heridas que había sufrido tomaron dos meses en sanar, pero yo estaba a salvo y vivo.

Cuando llegué por primera vez al campamento de Domeez, había menos de 100 carpas. Para entonces mi familia también se había unido y Domeez era el lugar obvio para solicitar la condición de refugiado. Empecé a preguntar por trabajo y, por casualidad, tres semanas más tarde me encontré con un miembro del staff internacional de MSF que hablaba árabe.

Pero mis padres aún no estaban contentos conmigo. Continuaron molestándome para que me casara. Poco después, mi padre anunció que estaba comprometido oficialmente con la hija de nuestros vecinos. Fue lo mejor que me pasó.

Ahora tenemos una niña y nos mudamos a nuestra propia carpa. La vida en el campo no siempre es fácil; hay cortes de energía seis horas al día y una gran cantidad de polvo. De todas maneras, tenemos trabajo dentro y fuera del campamento; tenemos dignidad.

Mi hija Helma, que ahora tiene ocho meses, tiene problemas de salud. Tuvo convulsiones pero no está claro por qué y ninguno de los tratamientos ha funcionado. Si tuviera pasaporte, saldría inmediatamente y la llevaría al mejor hospital de Alemania, donde sé que mi hija recibiría el tratamiento adecuado. Pero soy un refugiado, sin pasaporte. Estoy atrapado y no puedo ir a ninguna parte. Mi esposa tampoco tiene pasaporte, de hecho, no tiene ni siquiera un documento de identificación sirio.

No quiero viajar ilegalmente con mi hija, sería demasiado peligroso para una niña que está tan enferma".

Fuente: Médicos Sin Fronteras

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