Roger Federer: De pie ante su majestad

“Me gusta jugar contra tipos que me han derrotado al principio de mi carrera, tratar de vengarme”

Empezó admirando a Boris Becker y Pete Sampras, y terminó superándolos en el mundo del tenis para erigirse en el mejor de la historia. Batió todos los récords, incluso el de más cantidad de semanas (302) como número uno del ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), ese que parecía inalcanzable cuando el propio Sampras mantuvo a resguardo el registro de 286 semanas por casi 12 años.

Desde niño se perfilaba para crac y se fue consolidando en la etapa junior, siendo número uno del mundo de esa categoría en 1998, mismo año en que se quedó con Wimbledon. Gracias a ello, Roger Federer es uno de los cuatro jugadores de la historia en ganar el certamen del All England Club de juniors y adultos.

Justamente el Grand Slam británico fue el que lo arropó para convertirlo en estrella, pues Federer es el máximo ganador del legendario torneo, con siete títulos. Pero la cuenta de los certámenes grandes no cierra ahí porque con cinco abiertos de Estados Unidos, cuatro abiertos de Australia y un Roland Garros, suma 17 coronas de Grand Slam, más que nadie. También es parte de la selecta lista de ocho jugadores que poseen los cuatro trofeos. Además, se dio el lujo de ganar la Copa Davis con su país, y quizás la única frustración en su carrera deportiva fue no haber logrado la medalla dorada en singles en los juegos olímpicos, ya que debió conformarse con la plata en Londres 2012 (jugado en Wimbledon) y ver de afuera Río 2016 debido a un golpe producto de un accidente doméstico. Antes, en Atenas 2004 y Pekín 2008 fue el abanderado de Suiza.

Como jugador, como deportista y también como persona es admirado en el circuito; por sus compañeros y rivales, y por cada amante del tenis que se encuentre en una grada o en cualquier rincón del mundo.

Pasea su clase, su estirpe y su elegancia con cada tiro, con derroche de técnica y con su andar en la cancha, casi sin esfuerzo aparente.

Dueño de un carisma que solo tienen los grandes, completa el cuadro con una familia que lo sigue desde la tribuna cada vez que puede. Su esposa y dos pares de mellizos (primero las nenas y luego los varones) son parte de la escena que no hace más que recoger admiración.

Dentro de los más de 1.300 partidos de singles (casi 1.100 ganados) y 136 finales disputadas en sus 20 temporadas como profesional cosecha un total de 88 títulos ATP, 24 de ellos de la serie Masters 1000 y seis Masters de final de temporada. Pero más allá de lo que Federer ha hecho dentro de una cancha, su ejemplo también está afuera, donde recibió premios y condecoraciones a nivel nacional e internacional.

Pese al poco tiempo libre que un tenista puede tener en el circuito, Federer se hace un lugar en su agenda para ayudar a los que lo necesitan. Además, entre sus distracciones están la playa y seguir a su club de fútbol, el Basilea de su ciudad natal.

En 2003 hizo realidad la Fundación Roger Federer, con la que ayuda a niños de Sudáfrica e incentiva la práctica de deportes entre los jóvenes.

Federer es un ejemplo de constancia, profesionalismo y superación, y no por nada hoy es llamado "su majestad".

Pero no fue hasta que dominó su mal carácter que empezó a convertirse en la estrella que terminó siendo. En sus primeros años como profesional se enojaba mucho consigo mismo y llegó a romper muchas raquetas contra el piso cuando algo le salía mal. Cuentan que un día vio cómo había niños que no podían jugar por no tener una raqueta y se planteó no cometer más esa injusticia.

De allí en más solo fue un ejemplo de cómo sobreponerse a la adversidad, porque cuando las lesiones de espalda y los años se fueron sumando siempre encontró la manera de reinventarse, volviendo a la cima del ranking después de dos años y cuando parecía estar más cerca del retiro que de nuevos títulos.

Este año quiere ir por más y –pese a los 35 años cumplidos en agosto– nadie se anima a descartarlo, tenga a quien tenga como rival de turno.

Es el más grande de todos los tiempos y además de admiración, todavía infunde respeto.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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