Siria: se cumplen cinco años del mayor conflicto del mundo contemporáneo

Por primera vez hay una luz de esperanza, aunque muy tenue
Los vientos de la primavera árabe que se inició en Túnez hace poco más de cinco años, prendió fuerte en Siria que se debate, desde entonces, en una compleja guerra civil, con gobierno, opositores, grupos terroristas y una coalición internacional involucrados. Más de 270 mil muertos y millones de desplazados, y ninguna solución viable a la vista, es el resultado de este lustro de guerra. El alto el fuego que se inicia este fin de semana no es algo que llene de optimismo a los más optimistas, aunque al menos abre una vía hacia la paz.

Un grafiti pintado por un grupo de chicos contra el presidente Bachar al Asad inició la primavera árabe siria en los primeros meses de 2011. Envalentonados por ese aire renovador, que alentaba protestas contra la pobreza, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos –y que reclamaba democracia y libertades–, se animaron a retar a la familia que gobierna el país desde 1971. El arresto de esos adolescentes funcionó como disparador de una revuelta popular que se extendió por toda la nación.

Los movimientos pacíficos parecieron tocar el corazón de Al Asad, quien al principio prometió extender algunos de los derechos civiles de los ciudadanos y aparentó una actitud de diálogo. Pero fue una pose que se tradujo luego en ordenar una brutal represión militar que desembocó en la actual guerra civil.

El conflicto bélico sirio abrió de inmediato un tablero geopolítico con variados intereses. Al Asad cuenta con el apoyo de sus aliados Rusia –que le colabora con bombardeos contra terroristas y grupos opositores– e Irán; por otro lado, se encuentra Arabia Saudita y los países del golfo pérsico que sustentan algunos sectores de la oposición; también está la coalición internacional liderada por Estados Unidos que apoya a los rebeldes moderados; y, por último, la organización terrorista Estado Islámico (EI), a la que todos combaten.

Tierra arrasada
La prolongación de la guerra hace que las cifras de afectados se disparen. La semana pasada el Observatorio Sirio de Derechos Humanos daba cuenta de 271.138 muertos desde el inicio del conflicto, de los cuales 79.106 eran civiles. De esos, al menos 13.597 eran menores de edad.
Las bajas entre contendientes fueron más de 100 mil: unos 43 mil opositores, sirios, 44 mil milicianos de grupos reconocidos internacionalmente como terroristas y 55 mil en el ejército regular sirio.

A la muerte se le suma la destrucción de barrios enteros en distintas ciudades del país, así como de la infraestructura y la industria. Los expertos indican que se necesitarán más de US$ 100.000 millones, cifra que excede todas las promesas hechas por los países que pretenden ayudar.
Las personas que necesitan ayuda humanitaria son 13,5 millones, en un país donde antes de 2011 habitaban 17 millones de personas.

Muchos actores y guerras
Al día de hoy, el entramado político que se cruza en Siria es difícil de aprehender. Es como si hubiera varias guerras en simultáneo, o muchas en una.
Por una parte está el enfrentamiento entre Al Asad y los rebeldes, con los aliados internacionales de un lado (Rusia, Irán, Hezbollah) y de otro (países del Golfo, coalición liderada por Estados Unidos).
Los kurdos, una etnia que vive en el norte de Siria y sur de Turquía que desde hace décadas tienen ánimos de independencia), apoyan a los rebeldes desde el terreno y conquistan sus territorios. Los occidentales celebran sus avances, mientras que Turquía –que está en contra de Al Asad– los mira con recelo porque teme que se subleven también en su contra.

Además está el Estado Islámico, que procura avanzar por el territorio y conquistar una zona para sí, en oposición a todos los demás presentes en la región.
Los ataques, sean de quien sean, se vuelven algo mucho más riesgoso que hace décadas, cuando simplemente se marcaba como objetivo la trinchera contraria. Ahora no, los combatientes cambian de zona, se mezclan entre sí y redibujan las alianzas, por lo que los atacantes están obligados a prestar especial atención si no quieren aplastar a sus aliados por error.
La multiplicidad de implicados, además, genera un desafío mayor a la hora de negociar la paz, pues son más los actores con los que dialogar.

Desafío y oportunidad
En este sentido estas son horas claves, después de que ayer entrara en vigor un alto el fuego acordado por varios de los implicados. En principio, no habrá ataques durante dos semanas y esto permitirá no solo el alivio de los civiles y el ingreso de ayuda humanitaria, sino que además servirá para medir la verdadera voluntad de detener la guerra.

En los hechos el desafío es mucho mayor que lo que ya parece. Por un lado, porque seguirá habiendo combates, pues tanto la coalición liderada por Estados Unidos como los rusos y el gobierno han aclarado que la medida no se aplica contra el EI ni contra el frente Al Nusra, a los que sí atacarán. De su lado, el mandatario sirio precisó que su ejército mantendrá el combate a los "terroristas", y el problema se extiende porque él considera así a todos los grupos opositores que combaten contra él.
Los rebeldes sirios en su gran mayoría han dicho que se comprometen a respetar las dos semanas acordadas. Pero no se puede pretender que algunas facciones más radicales se decidan también a deponer las armas. Mucho menos el EI o el frente Al Nusra, que ni siquiera fueron invitados a participar del acuerdo.

O sea que el alto el fuego no será total. Habrá combates por parte del EI y en contra de este grupo. ¿Y cómo reaccionarán las partes ante los ataques? Seguramente con más pólvora. Y después habrá que ver cómo inciden estas acciones en las conversaciones futuras de paz.

Ya lo dijo el secretario de Estado estadounidense, John Kerry: "Estamos en un momento promisorio, pero el éxito de esas promesas depende de las acciones. Todas las partes deben mantener su compromiso durante cierto tiempo para hacer posible una solución política a este conflicto".
Con todo, este alto el fuego es un gran logro, un primer acuerdo visible después de cinco años. Y la llegada del EI a la guerra siria, si bien la complicó en todo sentido, podría ayudar a forzar un final más rápido. Los analistas estiman que es muy probable que todas las partes se pongan de acuerdo contra este enemigo común. Otra vez: no será sencillo ni rápido, pero por primera vez parece viable que se encuentre una salida.

Un gran escollo será el mismo Al Asad. Las potencias occidentales evalúan proponer una transición política con un gobierno temporal y el mandatario estaría al margen, obligado a dejar el cargo o exiliarse. Pero en recientes entrevistas el sirio declaró que no tiene intención de dejar la Presidencia, pues está convencido de que tiene el apoyo de la mayoría y que no tiene que ceder ante unos rebeldes terroristas.

Así, todos tienen sus condiciones: los occidentales quieren quitar a Al Asad, los rebeldes exigen el fin del asedio a localidades y el gobierno pide que los rebeldes depongan las armas. El EI ni pide ni deja de pedir, simplemente ataca. El desafío de los implicados, pues, es superar las diferencias y unirse contra un mal mayor. Titánico, pero no imposible. l


Consecuencia que llega a Europa
La guerra ha producido, como ninguna otra en la historia a excepción de la segunda guerra mundial, un éxodo masivo de refugiados hacia Europa. Según la oficina de ONU para Asuntos Humanitarios, el conflicto ha dejado 4,6 millones de desplazados externos y 6,6 millones de refugiados en el mismo país.
Los bombardeos y la escasez hicieron que la gente comenzara a huir de sus casas, primero a otros lugares en el mismo país. Con el avance de la violencia, se escaparon a campos de refugiados en naciones vecinas –Líbano, Turquía, Irak, Jordania–, que hoy están colapsados con millones de refugiados en cada lugar. En Líbano son más de 2,5 millones, un tercio de la población actual del país; y en Turquía llegan a 4 millones y poco.
Hasta que estos campos de refugiados también se saturaron, y entonces los que huyen del conflicto en Siria emprendieron nuevas rutas hasta las costas del Mediterráneo en Libia o Túnez, principales puertos hacia el viejo continente.
En 2015 ingresó un millón de personas a Europa por esta vía. En su gran mayoría, eran refugiados sirios que buscaban un futuro sin bombas. Al menos 3.692 migrantes murieron o desaparecieron en el mar ese año, según la Organización Internacional de las Migraciones. Algunos medios de prensa llamaron al Mediterráneo la fosa común más grande del mundo, pues sirvió de cajón para cerca de 27 mil personas desde el año 2000.
La inserción de los recién llegados a Europa redunda en localidades desbordadas, situaciones de espera inhumanas y una lenta adaptación a la nueva sociedad. Genera, además, todo tipo de repercusiones en las ciudades de acogida, desde roces culturales hasta dilemas económicos. Y a nivel de gobiernos, las discusiones se mantienen al infinito entre quienes exigen más recursos, los que piden bloquear las fronteras y los que reclaman mayor solidaridad.

Los protagonistas


Régimen. El ejército sirio, que contaba con 300.000 hombres en sus filas al comienzo del conflicto, ha visto caer este número a la mitad, ya sea por muertes o deserciones. Las milicias prorrégimen cuentan con entre 150.000 y 200.000 hombres. La principal, las Fuerzas de Defensa Nacional fue creada en 2012.

Rusia. Aliado de peso del régimen de Damasco, su aviación empezó el 30 de setiembre a operar en apoyo al régimen, que desde entonces ha recuperado terreno.
Irán. Principal socio regional del régimen sirio, envió a miles de combatientes para ayudar al ejército sirio, así como consejeros militares y ayuda económica.

Ahrar-al-Sham. Uno de los más importantes grupos rebeldes. Creado en 2011 y financiado por los países del Golfo y Turquía, según los expertos, esta milicia está presente sobre todo en el norte del país. De inspiración salafista, en 2015 intentó presentarse a Occidente como un grupo moderado. Sufrió varios reveses en la provincia de Alepo desde la ofensiva del ejército a comienzos de febrero.

Jaish-al-islam. El más importante grupo rebelde en la Ghuta oriental, situada al este de Damasco. El Frente del Sur: compuesto por grupos armados no islamistas, controla varios sectores de la provincia de Deraa.

ei. El Estado Islámico es el grupo mejor organizado, más rico y temible a causa de sus atrocidades ha conquistado desde su irrupción en el conflicto buena parte del territorio sirio.
Kurdos. Reprimidos durante décadas, los kurdos y su milicia YPG han aprovechado la retirada del ejército de sus regiones para establecer una administración local, que se extiende del noroeste al noreste del país.

Coalición. Estados Unidos y varios países árabes lanzaron en setiembre de 2014 ataques aéreos contra el EI. A ellos se han unido países occidentales como el Reino Unido y Francia.




Fuente: Carolina Bellocq y Pedro Dutour

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