Steve Jobs: El toque de iGod

“Muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas”

La determinación acompañó a Steve Jobs desde su juventud, aunque también cierta dosis de autosuficiencia, como la que lo llevó a aburrirse de la universidad y a abandonarla a poco de empezar, o a dejar su trabajo en Atari para emprender un viaje espiritual a la India. Viendo las cosas en perspectiva, desde el punto de vista técnico, Jobs no era mucho de nada; no era ingeniero y tampoco un gran diseñador. "Steve no era un ingeniero, creo que encima no le gustaba la parte técnica del asunto. Por eso quería que las computadoras fueran para gente normal como él. Para seres humanos", diría años más tarde Steve Wozniak, el amigo con el que revolucionó el mundo de la computación cuando en 1976 fundaron Apple Computer en un garaje.

Y entre esas cuatro paredes nació una idea que en la época parecía digna del Chapulín Colorado: aplicarles chiquitolina a las computadoras del momento (que ocupaban una habitación entera) para llevarlas a la mesa de un escritorio. Lo que no entendían en ese entonces no era el tamaño de la Apple I, sino la razón por la cual una persona normal querría una computadora en su casa. Los contemporáneos se equivocaron y Jobs tuvo razón, porque el siguiente modelo –Apple II– fue el ordenador personal más vendido del mundo entre 1977 y finales de los años 1980, pero lo más importante era que estos jóvenes habían creado una industria nueva, la de las computadoras personales.

Jobs no se sacó más esa costumbre de salirse del riel, incluso después de que fuera despedido de la empresa que él mismo había fundado por John Sculley, el exdirectivo de PepsiCo al que había contratado para llevar las riendas de lo que se había transformado en una megacorporación.

Herido en su orgullo, compró una empresa que se dedicaba al desarrollo de animaciones para el cine y la transformó en Pixar, con la que revitalizó el agotado género del cine animado. Claro que en su currículum esto parecería casi un pasatiempo, pues en 1997, cuando Apple se dirigía expreso a la bancarrota, Jobs volvió a la compañía que fundó para hacer cosas aún más grandes que microcomputadoras.

En los 13 años que siguieron a su regreso a Apple, Jobs encadenó una serie de revoluciones que llegaron a los oídos, los dedos y las costumbres de las personas de todo el planeta.

La primera tuvo lugar en enero de 2001, cuando presentó un reproductor de música en formato digital que se llamó iTunes, que no parecía nada muy diferente a otros servicios de la época que permitían reproducir archivos mp3. En octubre de ese mismo año, la revolución comenzó a tomar forma cuando salió al mercado la primera versión de iPod, que liberaba a la música de los escritorios para hacerla portátil. Dos años más tarde Apple cambiaría para siempre la historia de la música al lanzar iTunes Store, a través de la cual se podían comprar canciones por menos de 1 dólar (US$ 0,99, para ser exactos). La combinación de iTunes y iPod no solo precipitó la muerte del casete, sino que además dejó grogui al CD y desterró aquel mal negocio que consistía en comprar un disco entero para escuchar el único tema que nos gustaba. Una década después del lanzamiento de iTunes se habían vendido 25.000 millones de canciones, y en 2015 la comercialización de música digital superó a la de los formatos físicos.

Pero aún quedaban otros cimientos por sacudir, en especial porque Jobs seguía expandiendo el radio de acción de Apple. A mediados de 2007 el hombre de la polera negra sacó del bolsillo un aparato que marcaría para siempre la industria telefónica y las yemas de los dedos. El iPhone llegó al mercado como un producto estrafalario y ambicioso que reunía las ventajas de la telefonía con las prestaciones de un iPod, sumado a una integración de lo más natural con internet y el mail. Blackberry, por entonces amo y señor del sector smartphone, miró con desdén el nuevo dispositivo, y mal que hizo, porque cinco años más tarde sus ventas se habían desplomado hasta el tercer puesto por detrás del iPhone y los teléfonos Android. Jobs había creado nuevamente otro producto que la gente no sabía que quería.

Pero tuvo tiempo para una revolución más. Esta vez sí que se superó porque creó algo realmente nuevo, un artefacto inclasificable, un híbrido entre un iPhone y una Mac. Lo nombró iPad y supuso la coronación del universo táctil en la industria informática. Con la popularización de las tabletas –los competidores no tuvieron más remedio que subirse al caballo– la navegación y la conectividad se hicieron universales, alcanzando a públicos tan diversos como los niños y los ancianos.

En 2011, cuando el cáncer tocó por segunda vez a su puerta –había eludido la enfermedad en 2004 gracias a un trasplante–, ya había revolucionado el mundo muchas veces más que el común de los humanos.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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