Tasmania: rutas salvajes

Tasmania tiene forma de corazón, es conocida por su demonio y está ubicada en el sur de Australia, país del que forma parte. Esta pequeña isla, aún poco turística, es un tesoro escondido que vale la pena descubrir

Texto y fotos Natalia Correa

Para ser honesta, me enteré de que Tasmania formaba parte de Australia cuando llegué a este país con la visa de trabajo y vacaciones en junio de 2016. Antes pensaba que era una isla independiente, ubicada vaya a saber dónde y hasta la confundía —como mucha gente— con el país africano Tanzania. Pero fue una grata sorpresa saber que el exótico lugar donde reside el famoso demonio homónimo se encontraba tan cerca y que iba a poder visitarlo. Además, me enteré de otros datos interesantes de la isla. Aparentemente, era de una belleza increíble, con paisajes distintos a los del resto del territorio australiano, bastante fría aun en verano, y con un estilo más europeo. Para conocerla en su totalidad se recomendaba alquilar un auto o una casa rodante y hacer un road trip por sus serpenteantes carreteras, ya que no hay transporte público que conecte todos los puntos de la isla. Con esta información aterricé en el aeropuerto de Hobart, su capital, una inusualmente cálida tarde de fines de febrero, dispuesta a dejarme cautivar por lo que Tasmania tuviera para ofrecerme.

La capital colonial

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Cuando se comienza a recorrer Hobart enseguida se nota una diferencia con respecto al resto a las demás ciudades australianas. Casas más bajas y antiguas, una arquitectura de estilo colonial y un paisaje natural propio de las regiones próximas a los polos. A pesar de que llegué un día de verano de más de 25 ºC, de noche empieza a sentirse el frío y la temperatura puede bajar hasta alrededor de los 10 ºC.

Salí a caminar a la tardecita, a esa hora en la que todo brilla. Recorrí las calles principales hasta llegar al puerto y me sorprendió el poco movimiento que vi en la ciudad. A pesar de ser la capital del estado de Tasmania, Hobart tiene el ritmo de vida de un pueblo grande. Los comercios cierran temprano y se respira mucha tranquilidad. Apenas salí del hostal me pasó algo muy gracioso, si se tiene en cuenta lo que comentan los demás australianos acerca de Tasmania. Al ser una isla pequeña, con solo medio millón de habitantes, se hacen muchas bromas acerca de las supuestas relaciones entre parientes y de cómo se emocionan al conocer a alguien que no es de allí. No había caminado ni una cuadra cuando un chico rubio se me acercó a preguntarme si recién había llegado y qué tenía pensado hacer. Me reí para mis adentros pensando en cómo él confirmaba todos los estereotipos y continué mi camino.

Cuando llegué al puerto me detuve a sacar algunas fotos. La vista era hermosa: varias casitas de colores se ubicaban del otro lado del agua, detrás de los barcos encallados en el muelle. La imagen me recordó a la típica postal de Copenhague. A la mañana siguiente continué explorando la ciudad sin un rumbo muy definido. Previo paso por un café (un infaltable en Australia), llegué a Salamanca Place: el casco histórico, cultural y gastronómico de Hobart. Está repleto de bares, restaurantes y galerías ubicados en construcciones que datan del siglo XIX y que en ese entonces eran usadas como depósitos. Si tienen la suerte de encontrarse allí durante un fin de semana, podrán disfrutar del Salamanca Market, un mercado muy tradicional donde se vende desde comida típica hasta artesanías, joyas y ropa hecha a mano.

En esta misma zona recomiendo visitar el Tasmanian Museum and Art Gallery, un museo gratuito que repasa hitos de la historia de Tasmania. Hobart es una ciudad clave en la historia australiana, ya que fue uno de los primeros lugares donde los colonizadores ingleses se instalaron, en parte debido a las condiciones climáticas similares a Europa. Por esta razón, Tasmania preserva ese toque colonial más difícil de ver en el resto del país.

Road trip por la tierra perdida

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En algunas zonas, Tasmania puede ser realmente tierra de nadie por lo que tener un vehículo propio es clave. Algo que leí antes de empezar el viaje, y a lo cual no hice mucho caso, es que a pesar de parecer un lugar pequeño y muy fácil de abordar, todos los trayectos demoran más de lo pensado. Por lo tanto, si se tiene solamente una semana para visitar la isla, recomiendo planear con detalle el viaje para no perderse nada y, sobre todo, para no gastar combustible innecesariamente (como nos pasó en alguna parte del recorrido).

Junto con una amiga uruguaya —y compañera número uno de esta aventura australiana— fuimos con un poco de nervios a la compañía Hertz a retirar el auto que habíamos reservado. "¿Ahora a dónde vamos?", fue la primera pregunta que nos hicimos una vez frente al volante. Decidimos empezar el recorrido hacia el sur, en dirección a un lugar llamado Port Arthur, famoso por su centro histórico y su pasado oscuro, ya que solía ser una cárcel durante el siglo XIX. Ya era de tarde y el viaje llevaría alrededor de dos horas, por lo que podríamos acampar allí y al otro día visitar el sitio.

A ritmo de cumbia y reguetón comenzó nuestro road trip estilo uruguayo por Tasmania. Montañas y casas bajas son lo primero que se ve al salir de la capital para luego dar paso al campo, generalmente amarillento, que contrasta con el verde de los montes o el azul del mar. No hace falta bajarse del auto para comenzar a enamorarse de Tasmania. Y quiero recalcar esa experiencia única de ir en el auto con música, el cabello al viento, los paisajes increíbles de un lado y del otro de la ventanilla, y un destino incierto. Esa sensación de libertad, de estar en completo dominio de nuestras vidas y moviéndonos siempre hacia adelante.

Naturaleza virgen

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Nos despertamos en el camping con la buena noticia de que contábamos con agua caliente para el mate, gracias a que un señor holandés —que había tenido una novia uruguaya y conocía nuestras costumbres— nos trajo la suficiente como para llenar el termo. Algo tan pequeño nos hizo felices en ese momento, especialmente porque esa mañana hacía bastante frío.

En pocos minutos llegamos a Port Arthur para enterarnos de que la entrada al centro histórico costaba casi 40 dólares australianos. Por lo que comentaban, este sitio vale el dinero, pero para nuestro presupuesto de mochileras era demasiado, por lo que decidimos visitar otro lugar que fuera lindo y gratuito. Nos dirigimos hacia Remarkable Cave y quedamos impactadas con el aspecto de esta gruta subterránea con doble salida al mar. La cueva es iluminada en sus esquinas por dos aberturas naturales por donde entra el agua y la luz del sol.

Esa misma tarde comenzamos a subir por la costa este hacia la que sería nuestra próxima parada: el Parque Nacional Freycinet, probablemente el sitio más turístico de Tasmania. Armamos la carpa en un predio dentro del parque, frente a una pequeña playa. Cuando volví de bañarme, obviamente con agua fría, vi el atardecer más hermoso del viaje. En ese momento pensé que, a pesar de todas las incomodidades que conlleva, acampar es una forma única de entrar en contacto con la naturaleza hasta sentirse parte de ella.

Esa sería la noche que más recordaríamos de nuestra semana en Tasmania. Luego de cocinar en nuestra pequeña cocinita de gas —es recomendable comprarse una, ya que la mayoría de los campings no tienen cocina— empezó a llover. Con los platos de pasta y la botella de vino corrimos al auto para refugiarnos. Una vez adentro nos matamos de risa por lo tragicómico de la escena. Al salir vimos unos ojos brillar detrás de unos arbustos y al iluminarlos con el celular, nos percatamos de que era un pequeño animal negro: "¡el demonio de Tasmania!", dijimos bajito pero con emoción y un poco de miedo también. Se parecía bastante a la imagen que de él conocíamos pero no estábamos seguras. La realidad es que es muy difícil verlo en su hábitat y luego de tomarle una foto y mostrársela a varias personas, descubrimos que probablemente se tratara de un possum (una especie de marsupial). Fue grande la decepción pero, de todos modos, nos quedó una mínima esperanza de que en verdad se tratara del famoso demonio.

Maravillas ocultas

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Dos puntos altos del viaje sin dudas fueron las bahías Wineglass Bay, ubicada en el Parque Nacional de Freycinet, y Bay of Fires, que se encuentra un poco más al norte en la misma costa este de Tasmania. A la primera se llega a través de un trekking de aproximadamente dos horas, ideal para entrar en calor en una mañana fresca. A menos de la mitad del camino hay un mirador que ofrece una vista espectacular de la bahía con forma de copa de vino (de ahí su nombre), arena completamente blanca y mar turquesa. Coronan la postal las montañas que se divisan alrededor, así como un par de playas más lejanas. A poco de llegar vimos a un wallaby, un animal similar al canguro pero más pequeño, saltando alegremente entre la vegetación. Cuando bajamos a la playa nos llamó la atención la poca cantidad de gente que había, considerando que es la mayor atracción turística de Tasmania. Esto contribuyó a que el lugar no perdiera su encanto, como sucede con la mayoría de los sitios demasiado concurridos.

Si en Wineglass Bay nos pareció que había pocas personas, en Bay of Fires nos sorprendimos al no ver absolutamente a nadie. Este lugar se caracteriza por la abundancia de piedras con manchas naranjas y rojizas que contrastan con el agua en tonos de azul y turquesa, y la arena blanca. Quizá esta haya sido el escenario que más nos impactó del viaje, no solo por su belleza sino por la percepción de estar en un territorio que aún no ha sido intervenido por el hombre, que se mantiene casi intacto. Se dice que su nombre proviene de las fogatas de los aborígenes que el capitán Tobias Furneaux divisó cuando navegó por esa área en 1773, pero puede deberse también a los líquenes naranjas que crecen sobre las piedras.

Con Bay of Fires finalizamos el recorrido por la costa este y comenzamos a manejar hacia el oeste en dirección a Launceston, la segunda ciudad de mayor importancia después de Hobart. Recomendaría no detenerse demasiado tiempo aquí, ya que es similar a la capital pero más pequeña y no tiene ninguna atracción en particular.

Lo más destacado del oeste de la isla es el Parque Nacional Cradle Mountain-Lake St. Clair, un área natural superextensa cuyos principales puntos son el lago St. Clair, el lago Dove y, por supuesto, el pico más alto conocido como Cradle Mountain. Hay un sinfín de senderos para hacer trekking en este parque, pero al estar cortas de tiempo optamos por recorrer lo más posible en auto. Así llegamos al lago Dove, desde donde se tiene una vista increíble de las aguas cristalinas y las montañas detrás. En invierno o primavera, cuando todos estos picos están nevados, el paisaje debe ser aún más espectacular.

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Luego emprendimos el camino de vuelta a Hobart con la sensación de que el viaje había pasado demasiado rápido. Nuestra última parada fue Mount Wellington, una montaña de más de 1000 metros de altura que rodea a la capital. A pesar de que subimos al mediodía, imagino que debe ser aun más atractivo hacerlo al atardecer. Después de una semana de comidas "de camping", esa noche comimos pizza y tomamos cerveza artesanal local en un pintoresco bar en Salamanca Place. Rememoramos algunos hitos del viaje y empezamos a planificar lo que se venía. Coincidimos en que Tasmania tiene algo especial y en que todo el que visite Australia tiene que hacerse un tiempo para visitar este pequeño corazón del sur, que aún se mantiene salvaje.

El verdadero demonio de Tasmania

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Si desean conocer al animal que inspiró a la caricatura de los estudios Warner, lo mejor es que visiten el santuario Devils@Cradle, ubicado en Cradle Mountain. El demonio es, sin dudas, un símbolo de Tasmania, pero lamentablemente se encuentra en peligro de extinción por lo que es muy difícil de ver en su hábitat. La especie sufre de una enfermedad que causa tumores faciales y que en los últimos años redujo su población de 170.000 a 15.000. En el centro Devils@Cradle se encargan de cuidarlos y se especializan en su reproducción. A pesar de su mala fama, el demonio de Tasmania es un animal adorable. Es negro, tiene una raya blanca en el frente y dientes muy grandes por su dieta carnívora. Su nombre se debe al estremecedor chillido que emite al comunicarse.

En la carretera

Algo para lo que hay que estar preparados en Tasmania es para ver una gran cantidad de animales muertos a los costados de las rutas. Al principio choca pero luego uno se acostumbra. Esto se debe a que tanto los canguros como los wallabies, los possums, los wombats o los demonios de Tasmania son animales nocturnos que se cruzan en las carreteras a la noche y que incluso quedan paralizados con las luces de los autos. A este fenómeno se le llama en inglés road killing (muertes de ruta) y lamentablemente se lleva un gran porcentaje de vidas de una fauna muy rica.