Treinta años sin Jorge Luis Borges

El personaje murió el 14 de junio de 1986; a partir de entonces solo
queda su figura como creador de una literatura que seguirá maravillando a las generaciones
"Me pasé la tarde consolando periodistas", le dijo el escritor Jorge Luis Borges a un colega del diario uruguayo La Mañana, que lo había llamado al caer la tarde, una de las tantas tardes en las que el premio Nobel de Literatura había ignorado su nombre.

En aquellos tiempos era una afrenta, para todo un torrente de intelectuales, el hecho de que Borges no obtuviera "el preciado galardón". La entrevista es memorable, en parte porque era estrictamente cierto: el escritor había tratado de convencer, durante una larga serie de entrevistas telefónicas a medios de diversas partes del mundo, que dichos premios y su propia trayectoria literaria corrían en líneas paralelas. Y que estaba bien que así fuera.

Borges le explicó al periodista uruguayo que él no participaba del mito del Nobel. Que el premio estaba destinado a escritores que estuvieran comprometidos con sus circunstancias temporales. Pero que él estaba agradecido por la cantidad de premios consuelo que había recibido y la cantidad de invitaciones a tantas universidades que le habían ofrecido, como desagravio.

A la hora de despedirse, le dice al periodista: "Por favor, no deje de llamarme el año que viene".
Es pertinente destacar, a 30 años de su muerte, que el argentino es considerado en la discusión de "escritor más importante del siglo XX" con mucho más fuerza que ninguno de los laureados con el Nobel desde 1901.

Con su muerte física, deja de actuar el personaje Borges, aquel tan bien delineado en el relato Borges y yo. La figura literaria de Borges, por su parte, no ha hecho más que engrandecerse en estas tres décadas.

De hecho, ha sido mucho más fácil, más claro, hablar de Borges desde su muerte –en una de sus patrias, Ginebra– que cuando el personaje provocaba polémica con sus declaraciones sobre actualidad.

La literatura de Borges no se extraña, porque está presente en la prosa de innumerables grandes escritores en diversas lenguas, y porque la relectura de la prosa y la poesía de Borges es un placer inacabable.

Yo, sin embargo, confieso que extraño al personaje. Ese que cuenta que sus primeras lecturas fueron en inglés, incluyendo el Quijote, y que cuando lo leyó en el original le pareció una mala traducción.
Una vez le dijeron que alguien había dicho que la ceguera era el telón de la mente. Y replicó: "Sin dudas ese señor exagera las ventajas de la ceguera". Me puedo imaginar una casi imperceptible sonrisa, que dijera, 'la ceguera es muchas cosas, pero esa, precisamente, no'.

Entrevistar a Borges fue jugar y cobrar, para una infinidad de periodistas del mundo. Llegó un momento en el que el escritor tenía la rutina de recibir periodistas durante toda la mañana, todos los días. Y empezó a ejercer, en ese ámbito, una vocación que siempre tuvo: la de escandalizar a las mentes más sencillas.

Así, dijo en una entrevista en televisión argentina, que, dado que los argentinos odiaban a Inglaterra, "qué raro que no le censuren su mayor pecado, que es la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol".

Me doy cuenta de que recordar estas minucias en lugar de recordar sus páginas memorables, es como preferir el gol con la mano de Maradona contra los ingleses en vez del otro que hizo en el mismo partido, cuando eludió al cuadro entero y la tocó suave. Lo que quiero decir es que el Borges inmortal sigue vivo, ¿no? A ese nadie lo extraña porque sigue ahí.

El que ya no está es el anciano ciego que encandilaba con su lucidez, que convertía cualquier pregunta trivial en una ocasión para una reflexión agudísima.

Para muchos, que no podían sufrir esa presencia que sentían –equivocadamente– que era de una pedantería insoportable, la muerte del personaje Borges los liberó para disfrutar de su obra sin distracciones.

El personaje Borges estaba de acuerdo y lo decía de esta manera: "Cometí la indiscreción de vivir muchos años".

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