Trump, el corporativismo y la escasez de innovación

La ideología económica imperante está desplazándose a algo parecido al viejo corporativismo intervencionista.

Por Edmund Phelps

En Estados Unidos, muchos creen que un desplazamiento político doméstico que lleve del cosmopolitismo al nacionalismo y de las “elites” metropolitanas izquierdistas a las “populistas” rurales de derecha está actualmente en marcha. La ideología económica imperante también está desplazándose desde un corporativismo regulador redistributivo a algo parecido al viejo corporativismo intervencionista.

Votantes descontentos se encuentran detrás de ambos cambios. Durante décadas, los estadounidenses creyeron que viajaban sobre una alfombra mágica de crecimiento económico gracias a los avances en la ciencia y, posteriormente, al surgimiento de Silicon Valley. De hecho, el crecimiento de la productividad total de los factores ha sido lento desde principios de la década de 1970. El auge de la red de internet del período 1996-2004 fue solo una fugaz desviación de dicha tendencia.

Con el pasar del tiempo, a medida que las empresas recortaban la inversión en respuesta a los rendimientos decrecientes, el crecimiento de la productividad de la mano de obra y de los salarios por hora ha disminuido, y trabajadores de muchos hogares han abandonado la fuerza de trabajo.

Este es el “estancamiento secular” que el economista Alvin Hansen describió en el pasado. No ha afectado particularmente a la riqueza establecida porque las tasas de interés ultrabajas llevaron a los precios de las acciones a dispararse. Sin embargo, una porción considerable del público se ha exasperado con los líderes gubernamentales que parecen tener otras prioridades en lugar de restaurar un crecimiento de base amplia. Algunos comentaristas llegan incluso a la conclusión de que el capitalismo ha terminado su curso, y que la economía terminará ahora en un estado relativamente estacionario de saturación de capital.

De hecho, desde el año 1970, la remuneración agregada por mano de obra (salarios más beneficios complementarios) ha crecido solamente un poco más lentamente que las ganancias agregadas, y el crecimiento del salario promedio en la parte inferior de la escala de ingresos no se ha desacelerado con relación a la “clase media”. Sin embargo, la compensación promedio por hora de los trabajadores del sector privado (empleados de producción y empleados que no son supervisores) ha crecido mucho más lentamente que los beneficios de todos los demás. Y la tasa de participación de la mano de obra masculina ha disminuido significativamente con respecto a la de las mujeres. En el año 2015, la participación de la industria manufacturera en el empleo total fue solo de una cuarta parte del nivel que alcanzó en el año 1970.

Las pérdidas de puestos de trabajo de manufactura en el Cinturón de Óxido de Estados Unidos dejaron, de manera predominante, a hombres blancos de clase obrera con un nivel de vida que es solo algo superior al alcanzado por sus padres. Durante muchos años, especialmente en los Apalaches, ellos han sentido que la sociedad les ha mostrado poco respeto. Ya no pueden desempeñar papeles importantes dentro de sus familias, comunidades o de su país, y la percepción de que quienes perciben altos ingresos no están pagando su porción justa, mientras otros reciben beneficios sin trabajar, magnifica su sensación de injusticia.

No obstante, también existen razones más profundas para su enojo. Estos hombres han perdido la oportunidad de hacer un trabajo significativo y de sentir una sensación de protagonismo; y, se han visto privados de un espacio donde pueden prosperar, al ganar la satisfacción de tener éxito en algo, y crecer en una vocación que les proporcione autorrealización. Les gustaría ser capaces de imaginar y crear cosas que importan. Los “empleos buenos” en algunas ramas de la manufactura ofrecían a estos hombres la perspectiva de nuevos retos, de aprendizaje y promociones complementarias. Los puestos de trabajo en los peldaños inferiores en ventas al por menor y en la industria de servicios no ofrecen nada de lo antes mencionado.

Al perder sus “empleos buenos”, estos hombres perdieron la fuente central que les proporcionaba significado a sus vidas. El aumento de suicidios y muertes relacionadas con las drogas entre estadounidenses que se halló en el estudio conducido por Anne Case y Angus Deaton es evidencia de dicha pérdida.

Para determinar una respuesta apropiada a este problema, primero debemos considerar las causas subyacentes del estancamiento en Occidente. Hansen, en un artículo del año 1934, escribió que el “estancamiento secular es causado por la falta de nuevos inventos o nuevas industrias”; y, como demuestro en mi libro Mass Flourishing: How Grassroots Innovation Created Jobs, Challenge, and Change, la innovación estadounidense comenzó a disminuir o estrecharse a finales de la década de 1960.

Para ese entonces, el espíritu innovador de Estados Unidos –el amor por imaginar, explorar, experimentar y crear– se había debilitado dando paso a una ideología corporativista que se permeó en todos los niveles de gobierno y reemplazó a la ideología individualista sobre la cual el capitalismo prospera. Si bien la propiedad privada sigue siendo extensa, el gobierno ejerce ahora el control sobre gran parte del sector privado. Un actor privado con una nueva idea a menudo necesita la aprobación del gobierno para implementarla; y las empresas que entran en una industria existente deben competir con participantes establecidos que normalmente ya cuentan con el apoyo del gobierno. Si bien Silicon Valley creó nuevas industrias y mejoró el ritmo de la innovación durante un período corto, también se ha topado con rendimientos decrecientes.

Para reactivar la innovación, necesitamos cambiar la forma en que se realizan los negocios. El gobierno estadounidense entrante de Donald Trump debería centrarse en abrir la competencia, no solo en recortar las regulaciones. Desafortunadamente, Trump no se ha enfocado en esto hasta ahora: rara vez ha mencionado la innovación, y su equipo está considerando un abordaje peligroso que realmente podría socavarla.

Para empezar, Trump culpa al comercio, en lugar de culpar a la innovación perdida, por la difícil situación en la que se encuentran los trabajadores estadounidenses. Es cierto que algunos economistas muy capaces parecen compartir esta suposición. Pero, aunque las “naciones innovadoras” tradicionales, como por ejemplo Estados Unidos, Reino Unido y Francia, han experimentado grandes descensos en la participación de la mano de obra masculina, las tasas de participación han aumentado en las “naciones dedicadas al comercio”, como Holanda y Alemania. Esto sugiere que la principal causa de dicha situación es la innovación perdida, no el comercio.

En segundo lugar, Trump está suponiendo que las medidas del lado de la oferta para impulsar las ganancias de las empresas después de impuestos aumentarán los ingresos y crearán empleos. Pero tal abordaje también podría conducir a una explosión de la deuda pública y, en última instancia, podría precipitar una profunda recesión.

Por último, y lo peor de todo, Trump piensa que al intimidar a ciertas empresas, como por ejemplo a Ford y Carrier, y al ayudar a otras, como Google, impulsará la producción y el empleo. Esta es una expansión de la política corporativista en una proporción que no se ha visto desde las economías fascistas de Alemania e Italia en la década de 1930. Si este pensamiento persiste, habrá más interferencias en el sector empresarial para proteger a los participantes ya establecidos y bloquear a quienes recién llegan. Esto obstruirá las arterias de la economía, y lo más probable es que se evite muchísima más innovación de la que se estimule entre los participantes ya establecidos.

Los formuladores de políticas deben despertar ante los peligros del corporativismo resurgente bajo el gobierno de Trump. Tal abordaje al estancamiento y las privaciones económicas de hoy en día amenaza con hundir un clavo de plata en el corazón de la innovación, y de la clase obrera estadounidense.