Trump, Sanders y la Casa Blanca

El magnate cuenta con buenas posibilidades; el socialista la tiene más complicada
Richard Nixon decía que para ganar las elecciones primarias un candidato republicano debía volcarse lo más posible a la derecha; mientras que un demócrata debía hacerlo hacia la izquierda en las internas de su partido. Luego ambos tenían que volver lo más rápidamente posible al centro para tratar de prevalecer en la elección general, ya que todo comicio nacional —como en el ajedrez— es una lucha por el centro.

Hoy por hoy, eso ya no está tan claro en Estados Unidos. Lo importante en las primarias partidarias ya no parece ser quién se inclina más o menos a la derecha o a la izquierda, sino quién se aleja más de Washington y de las elites partidarias. En las primarias de New Hampshire el pasado 9 de febrero, tanto demócratas como republicanos votaron abrumadoramente por candidatos "outsiders", por los insurgentes, los disidentes de esas cúpulas partidarias que desde la fundación han manejado al país desde Washington.

El magnate Donald Trump, en el Partido Republicano, y el socialista Bernie Sanders, en el Partido Demócrata, pueden parecer dos candidatos muy diferentes —y lo son—, en las antípodas del espectro político, podría decirse, además de exhibir dos personalidades diametralmente opuestas. Sin embargo, tienen algo en común: ambos prometen una ruptura con el establishment, con las elites, con los lobbies, con los intereses creados y con una forma de hacer política de la que muchos estadounidenses están hartos. Ambos representan lo que en ciencia política se conoce como los "mavericks", candidatos temidos por el establishment y capaces de aplicar un revulsivo tal en la política que podría corregir los fallos y abusos del sistema, o simplemente echarlo todo a perder.

Siempre han existido estos candidatos en Estados Unidos, pero nunca habían concitado tanto apoyo popular. ¿Acaso son estos dos más idóneos que los otros? ¿Son más capaces o tienen mejores ideas que los que han surgido en el pasado?

No parece ser el caso. Los desplantes y arrebatos de Trump, que a menudo lo llevan a decir cosas como que todos los mexicanos son unos criminales, o que una periodista tiene la regla (porque le hizo una pregunta incómoda), o que va a prohibir la entrada de todos los musulmanes a Estados Unidos, ciertamente nos hacen pensar en lo que sería de este hombre con el famoso "maletín nuclear" en sus mano.

Por otro lado, Sanders, por toda la honestidad y la hombría de bien que trasunta, no ha dado un solo indicio de cómo piensa pagar por todo lo que promete, y cada vez que le preguntan dice algo diferente. Tiene unas cuantas buenas ideas, sobre todo en lo que refiere a controlar la desmesura de los grandes bancos y la hipertrofia de Wall Street; pero da la impresión de ser un idealista sin plan. La suya parece más bien una candidatura testimonial, con el fin de sentar un precedente. No parece interesado en ganar la Presidencia, sino en impulsar una causa. En ese sentido, se asemeja mucho a lo que fue en las últimas elecciones la candidatura del libertario Ron Paul, dentro del Partido Republicano. Si el interés de Paul era poner al libertarianismo en el mapa político de Estados Unidos y convertirlo en opción mainstream, Sanders parece querer hacer lo propio con el socialismo.

La pregunta que a esta altura todo el mundo se hace es ¿pueden Trump y Sanders, o alguno de los dos, obtener la nominación de sus partidos y así competir por la Casa Blanca el 8 de noviembre? ¿Qué posibilidades reales tienen?

En el caso de Trump, parece muy probable que se termine alzando con la nominación republicana. Sus posibilidades son altísimas. A nivel nacional, le saca casi 10 puntos de ventaja en todas las encuestas a su inmediato seguidor, el senador por Texas Ted Cruz. Y para la próxima escala de las primarias, el sábado en Carolina del Sur, más de 20. Aunque curiosamente el principal escollo de Trump lo tendrá en el sur, en el llamado "cinturón bíblico", donde la derecha evangélica juega un rol preponderante en las internas republicanas.

Carolina del Sur es el primero de los estados de ese cinturón bíblico en votar. Luego lo hacen 10 estados más el 1 de marzo, en lo que se conoce como el "super martes", donde vota un total de 17 estados. Y la candidatura de Cruz (hijo de un pastor evangélico de origen cubano) tiene mucha ascendencia entre el voto religioso. Si logra dar la sorpresa en Carolina del Sur, que le permita hilar una buena cantidad de victorias en los demás estados sureños el super martes, podría complicar seriamente las posibilidades de Trump. Si en cambio el magnate confirma los vaticinios de los sondeos en Carolina y luego vota relativamente bien en los demás estados evangélicos el 1° de marzo, ya sería muy difícil que perdiera la nominación. Aunque habrá que ver lo que sucede con los votantes de Marco Rubio y de Jeb Bush (las dos cartas del establishment republicano) si alguno, o los dos, decidieran bajarse de sus candidaturas. Esa el la gran incógnita: si pasarían a engrosar las filas de Cruz en grandes mayorías, o si se dividirían más o menos equitativamente entre este y el millonario neoyorquino.

Y luego, claro, está el carácter impredecible del propio Trump, siempre declarando al filo de la cornisa y capaz de echar todo por la borda en una sola aparición. Sus posibilidades son en efecto muy altas, pero en su caso las certezas conviene manejarlas con cautela.

El caso de Sanders es muy diferente. A pesar de haberle infligido una soberana paliza a Hillary Clinton en New Hampshire, sus números en Carolina del Sur indican que el sábado será él quien reciba una de idénticas proporciones. Todos los sondeos le dan a Hillary una ventaja allí de casi 30 puntos. Y es que en los estados del sur, si entre los republicanos se da la incidencia del voto religioso, entre los demócratas el factor desequilibrante está en el voto negro. Y los votantes negros siempre han apoyado abrumadoramente a los Clinton, con la única excepción de 2008 cuando la propia Hillary enfrentó a Obama en la interna. A nivel nacional, todas las encuestas también dan una cómoda ventaja a la exsecretaria de estado: más de 12 puntos.

Y así, la "berniemanía" podría tener los días contados, mientras que los "trampeters" —como los llamó Sarah Palin— podrían seguir haciendo sonar sus trompetas hasta la Convención Republicana a mediados de julio. ¡Qué peligro tan sonoro!

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