Un espectro de tela blanca

El comienzo de clases pone en juego a personas que no se conocen, y que quizás se sigan viendo el resto de su vida, todas bajo la misma túnica
Hace pocos días vi Casi memoria, la última película del prestigioso director octogenario brasileño Ruy Guerra, que se encuentra más vivo y más fresco en su producción que muchos jóvenes cineastas locales.

El prólogo y el epílogo del filme tienen como protagonista a un sapo que acaba de salir de un pantano, "el pantano de la memoria". La voz en off de Guerra, encarnando la voz del anfibio personaje, dice que es "la presencia de una ausencia". La película versa sobre los recuerdos y sobre cómo estos viven dentro de nosotros en un proceso casi onírico, casi mágico, de selección y de retención, de imágenes, olores, sabores y palabras fijadas, de olvidos, de confusiones, de mentiras y de múltiples desmemorias.

El lunes pasado más de 300 mil uruguayos (alrededor de un décimo de la población) comenzaron las clases, en diferentes cursos. Desde el debut de los primerizos al arranque del último año de quienes ya casi tienen un pie en el liceo.

Tengo que hacer un esfuerzo grande por recordar a mis maestros, escarbar en la vieja calle Román Guerra. Pero al final todos salen de la calesita de memoria, todos de la escuela Nº1 José Pedro Ramírez, de Maldonado. Lilián, en primer año. Susana, en segundo. Lucila, en tercero. Gladys, en
cuarto. Margarita en quinto y el maestro Gregorio, único hombre en esa galería de damas, en sexto. Cada uno con sus particularidades, cada uno con sus mañas.

Vuelven los recuerdos. Mi madre planchando túnica y moña azul. El olor de la plancha. Las mañanas de
madrugada. El ibirapitá traído desde Paraguay, que prendió en tierra fernandina con tronco muy grueso. La entrada de escalones anchos. El techo de tejas antiguas siempre llenas de moho de la escuela. La selección es arbitraria: la cabeza decide por su cuenta.

Era plena salida de la dictadura. Empecé primer año en marzo de 1985, con los aromas de la nueva democracia recuperada flotando por sobre el patio amplio de la escuela, donde jugábamos con la inocencia y la ingenuidad de no entender la particularidad del momento. Como pajaritos blancos en la calma provinciana.

Todas estas imágenes regresan a mi desde un lugar misterioso llamado infancia cuando ahora, a los 36 años, vi el domingo pasado desde mi ventana el reflejo de una tela, la presencia de otra ausencia. Desde la abertura del contrafrente de mi casa diviso otra ventana posterior del edificio cuyo frente da a la otra calle de la manzana. Encuadrada en el rectángulo de vidrio de la ventana y sostenida por el triángulo isósceles de una percha escondida, una túnica de maestra esperaba como un espectro su aparición para el lunes temprano.

Una mujer la había lavado un rato antes. Vaya a saber cuántas veces lavó esa misma túnica, cada inicio de marzo. ¿O será la primera vez? No, no creo. Esa túnica parecía haber peleado mil batallas. Cuando de pronto se prendió la luz de la habitación, la túnica quedó desnuda en su transparencia. Como el espectro de la maestra de escuela pública uruguaya, la túnica colgada del apartamento de enfrente mostró toda su fragilidad.

¿Cuántos niños la habrían visto con cariño o con enojo? ¿Cómo madre sustituta o como bruja horrorosa? Quizás miles, en decenas de salones, quizás en muchas ciudades. Pero entonces, la túnica solo valía por el ser humano que la había vestido por décadas y que este pasado lunes 29 de febrero, día único de año bisiesto, volvió de nuevo a la noria de las clases.

La túnica como bandera. La túnica como estandarte. Como símbolo romántico, utópico, como ídolo caído, como capullo, como crisálida, como nido roto. La túnica como escudo, como protección. Como vasija vacía y vuelta a llenar en cada marzo.

Su dueña dormiría en la habitación contigua, soñando con sus alumnos todavía invisibles, con sus pizarrones todavía limpios. En otras decenas de casas, en otros barrios, los niños todavía tampoco sabrían de su existencia.

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