Un gran país, solo

No habría que poner demasiadas esperanzas en que un rebrote de la economía argentina ayudará a Uruguay
No habría que poner demasiadas esperanzas en que un inminente rebrote de la economía argentina ayudará a Uruguay a mejorar sus exportaciones y a salir de su languidez de crecimiento cero. El repunte del otro lado del Plata será un repunte de indicadores, de frases, de declaraciones y de promesas por un tiempo que es más largo que el que todos querrían.

Atado a un gasto público exorbitante, que no quiere bajar o que más bien tiende a subir, condenado a una presión impositiva que castra a las pymes y a cualquier emprendimiento, mi país deberá esperar bastante tiempo por inversiones reales. No solo se trata de una cuestión de confianza, donde se ha mejorado mucho.

Se trata de una cuestión de costos, de oportunidades, de proyectos, de ideas y de competitividad. ¿Para qué invertir allí? Con un sistema laboral rígido y un protagonismo sindical que bordea el chantaje, con una inflación que todavía está viva, pese a las altas y peligrosas tasas, con un tipo de cambio que seguirá aplastado por la renuencia a abrir la economía, difícilmente se agolpen los inversores.

Menos mal, porque el dólar podría bajar aun más si eso ocurriera, como ha advertido recientemente el playboy Cristiano Rattazzi, envidiado y afortunado partenaire circunstancial de baile de "Gilda" Oreiro en IDEA y uno de los beneficiarios privilegiados del Mercosur automotor, culpable de la baja del dólar, que paraliza las exportaciones del país con su proteccionismo.

La aspiración de máxima de Cambiemos parece ser ahora la de expandir la base tributaria tras el blanqueo y así hacer más soportable la carga impositiva. No pasará. Más bien será lo opuesto. Bastante más de la mitad del país quiere que el Estado le resuelva sus problemas y su vida, su salud, su educación, sus necesidades de todo tipo. Y el gobierno intentará hacerlo.

De modo que el futuro argentino transcurre por ahora entre el impuestazo y la prebenda. Como siempre. Eso tiene consecuencias paralizantes y desmotivadoras. Como siempre.
En tal escenario, el interés de invertir estará limitado por bastante tiempo a las industrias prebendarias y a las extractivas para proveer al mercado local, como en el caso de las petroleras-gasíferas, obligadas y acostumbradas a hacer negocios en los peores contextos.

Entonces, la esperanza de que una Argentina exportadora y pujante traccionaría con sus importaciones a la economía oriental, es un sueño. Salvo las provenientes del agro, que serán mejores, pero sin "derrame" sobre Uruguay, la realidad de una moneda sobrevaluada y de la falta de innovación seguirán pesando por un buen rato sobre el mercado externo.

Algo similar se aplica a Brasil. La destitución de Dilma Rousseff ha despejado el agobio del Petrolão por un tiempo, pero ni ha empezado a resolver el problema económico, que se parece bastante al argentino, pero con un endeudamiento que es preocupante y más aún lo es su proyección.

El reciente proyecto para congelar por 20 años el gasto es un paso valioso, aún cuando durante un tiempo pueda crear retracción en una economía donde tantos empresarios viven del y con el estado. Pero tampoco será tan fácil que el proyecto termine transformándose en ley. El Congreso brasileño está tan empetrolado como el Ejecutivo, y por eso muy sensible a los reclamos populistas.

También allí más de la mitad de la población quiere que siga el carnaval del gasto, del populismo y de la prebenda. Como los industriales quieren que siga el mortal proteccionismo que los hace billonarios pero condena a Brasil a no exportar con valor agregado. Hay además, una consideración adicional en comparación con Argentina. El gobierno de Macri es legal, legítimo y percibido por ahora como honesto. Eso le podría otorgar el diploma para hacer ajustes importantes, si quisiera.

El gobierno de Brasil es legal pero no legítimo, y nadie pondría las manos al fuego por su honestidad. Eso significa que, también por un tiempo largo, Brasil seguirá atrapado en su dilema, que es equivalente al argentino. Consecuentemente, tampoco allí puede buscarse una locomotora que tire del crecimiento uruguayo.
Chile, que podría haber sido una esperanza, está ahora contemplando el experimento al que parece querer deslizarse la presidenta Bachelet, que luego de un regreso sin gloria, o sin pena ni gloria, apunta ahora a hacer de su país otro bastión populista, con lo que más bien hay que mantenerse alejado de los trasandinos, como si fuera un agujero negro en el que se perderán todas las ilusiones.

Uruguay se encuentra entonces, para poner una dosis de humor, como alguna vez describiera Abraham Lincoln su situación en la Guerra de Secesión: "Tenemos al enemigo a ambos flancos, al frente y a la retaguardia, no se nos puede escapar". Es, como siempre, una oportunidad.

Bajar la carga impositiva, en vez de aumentarla como se ha venido haciendo, volver a tentar a la inversión argentina, una política que se ha abandonado, transformarse en un proveedor permanente de energía limpia para la otra orilla, desechar toda idea de aplicar el concepto suicida para un país emergente de renta mundial, atraer la radicación de innovadores castrados y frustrados por mi país, es un camino que no puede dejar de intentarse.

Solo algunos ejemplos: el agro y la ganadería, de las pocas actividades en que el Estado no trató de asociarse o entrometerse, fueron sumamente exitosos de la mano de una fuerte presencia inversora y tecnológica extranjera. Esa presencia está disminuyendo. ¿No habrá que volver a incentivarla fiscalmente, en vez de agredirla? ¿Y no valdrá eso para toda la economía y la sociedad?

Para profundizar la pregunta: ¿no tendrá Uruguay que independizarse del marxismo?
La característica esencial de la izquierda, con cualquiera de sus apodos, es hacer sentir a los individuos discapacitados sociales, mentales y económicos. De ese modo justifica su presencia y su razón de ser. Rodeado por el ejército enemigo, un país se puede rendir, o atacar. Rendirse es pasar a ser vasallo del Estado.

La frase "somos un país chico" es ofensiva y autolimitante. Uruguay no depende de Argentina ni de Brasil, ni de Chile ni del Frente Amplio. Depende de sí mismo.

En estas circunstancias, como en todas las disyuntivas cruciales en cualquier época y en cualquier sociedad, desde Moisés a Reagan, desde Alejandro a De Gaulle, Uruguay necesita un líder.

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Dardo Gasparré

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