Un sueño soñaba anoche

El mundo tal como lo vemos y escuchamos y tocamos y saboreamos y olemos, es solamente uno de tantos mundos, qué duda cabe
Se podrá arguir que este mundo ya es bastante complicado como para postular que es uno entre muchos. Se podrá decir que la solución debería ser más simple, no más compleja. Sin embargo, las dimensiones superpuestas son intuitivas, habitan en escondites precarios y a veces hasta gritan.

Jorge Luis Borges dice que su oficio es "tejer sueños", vale decir que hila entre dimensiones diferentes, que no puede ni pretende entender, sino que guía esas alucinaciones para que encuentren un sentido misterioso en su obra.

Chuang Tzu, aquel pensador chino del siglo IV antes de Cristo, habla del sueño y confunde sujeto y objeto de tal forma que se manifiesta la poesía. Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era Chuang Tzu, que había soñado que era una mariposa, o una mariposa que estaba soñando a Chuang Tzu.

La diferencia es tan sutil que el enigma pudo sobrevivir decenas de siglos. Elegir uno de los dos universos sobre el otro es resignarse a una limitación, a una puerta cerrada para siempre.

Yo creo que aceptar la ignorancia es mantener esa puerta abierta. Esa mariposa que soñó a Chuang Tzu, hace ya tanto, se ha vuelto inmortal por eso mismo, porque es la que mantiene abierta esa rendija al abismo donde acecha la maravilla.

Podemos postular, sin escándalo, que el destino de aquella mariposa legendaria fue soñar al sosegado maestro del Tao y el destino de Chuang Tzu fue manifestar esa perplejidad que pobló de zozobra a las generaciones sucesivas.

No hay problema ninguno en creer que la función de las mariposas es soñar el universo y alguno hasta podrá intuir que alguna vez una mariposa anónima soñará al pensador que establezca la Teoría del Todo, la forma en que se comportan todas las dimensiones.

Unos dos mil años después de Chuang Tzu, Pedro Calderón de la Barca lo dijo en su estilo barroco: ¿Qué es la vida? Un frenesí./¿Qué es la vida? Una ilusión,/una sombra, una ficción,/y el mayor bien es pequeño;/que toda la vida es sueño,/y los sueños, sueños son.

Así lo dice Segismundo, encerrado en una torre, y esa torre encerrada en la imaginación de Calderón y liberada de forma muy deliberada por un tejedor de sueños soñado hace cuatro siglos.

Está bastante claro que las puertas y ventanas que dan al aire libre de lo infinito son abiertas de par en par por el arte. Los buenos ciudadanos de este mundo –en el que nos ponemos de acuerdo en compartir– aceptamos ese discurso lateral, esos atajos que nos distraen de la pesada carga de ser.

Le damos esa responsabilidad a los tejedores de sueños: que nos muestren algunos de esos otros caminos, esos mundos posibles, pero solo por un instante, porque debemos retornar al sueño de la mariposa que nos toca.

Y también estan esos otros, que buscan despertar. Entienden que el despertar de cada mañana es falso, ya que despiertan al mismo sueño que interrumpieron la noche anterior y por eso quieren, de alguna manera, despertar a una suprarealidad que apenas imaginan.

A ese despertar definitivo –pido perdón por esa mala, terrible palabra– también se le llama iluminación, como si los sueños que habitamos estuvieran a oscuras. En las religiones que creen en la reencarnación, todo es sueño hasta que se produce ese despertar, en el que algunos seres muy avanzados dejan de pensar y pasan a ser.

Yo creo, siguiendo a Calderón, que la vida es sueño y que más allá está la nada. Qué tanto podremos incidir en este sueño, no lo sé. Tengo una oscura idea acerca de que el destino está escrito a grandes rasgos y que nosotros –vos, Borges, Calderón, Chuang Tzu y yo– somos detalles, y gozamos de una moderada libertad de albedrío.

Y también tenemos la capacidad de soñar y entonces ese albedrío pasa de casi nada a mucho más que todo en un abrir y cerrar de ojos.

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