Una estatua, gente que corre y gente que busca un poco de paz

¿Por qué alguien gira una y otra vez alrededor de un monumento? ¿Y por qué hay en Montevideo una estatua de Confucio?

-La tranquilidad de estas calles es inquietante –me dijo Juan, un amigo español que visitó Montevideo sobre el final de un invierno, hace tres o cuatro años. A Juan le inquietaba la soledad montevideana y sospechaba que algo debían esconder esas calles oscuras y tristes que en aquel entonces estaba conociendo.

Un día pasamos por el Parque Rodó y vio a Confucio, ahí frente a la playa Ramírez. Creo que la estatua lo inquietó aún más que la soledad de las calles. Me aconsejó que investigara un poco, que quizás allí había una buena historia. Juan es muy buen periodista, así que tomé nota mental de aquel consejo.

Y pasaron unos años.

Viernes, un rato antes de las 9 de la mañana. Confucio sonríe. Lleva barba larga, las manos juntas y una especie de bastón. La estatua que rinde homenaje a este pensador chino es verde y, la verdad, tiene una leve decadencia.

Llego y me siento en el murito con forma de círculo que rodea al monumento. Los autos pasan rápido. En la vuelta hay paseadores de perros, algún apostador trasnochado sale del casino y en el aire se huele el clásico aroma dulzón de la marihuana.

Del parque llega corriendo un muchacho alto, vestido con pantalón deportivo. Tiene pinta de treintañero y lleva un curioso mechón amarillento en el pelo.

Da una vuelta alrededor de la estatua. Después otra. Y otra. Y otra. Y otra. Sigue dando vueltas: gira una y otra vez alrededor de Confucio, como si fuera un trompo.

Unas 50 vueltas después, se aleja y entra otra vez al parque.

¿Qué es eso de girar alrededor de Confucio? ¿Qué significado tiene?

Llamo a Ernesto Velázquez, profesor de tai chi y conocedor del confucionismo o confucianismo, la doctrina que dejó este pensador chino.

Velázquez, quien también es médico, me cita en un taller de la calle Javier Barrios Amorín, donde dan clases de tai chi y de chi kung. En la entrada hay una cantidad de libros. Uno de ellos se titula Método chino para prevenir y curar la artrosis.

-Claro, esa estatua es inspiradora –dice Velázquez, en referencia a la estatua a Confucio y a aquel misterioso corredor. Me cuenta, por ejemplo, que ellos dan clases de tai chi en el espacio cercano al monumento y que también festejan allí el año nuevo chino.

Es un lugar de energía, dice. Y oficia de símbolo de una forma de ver el mundo.

En su página web, Velázquez da el siguiente consejo a quienes visitan la estatua: hay que dejarse invadir “por el pensamiento vivo del Maestro y su imponente Presencia”, y reflexionar “acerca de lo mucho o poco que estamos haciendo nosotros mismos en nuestro diario vivir para ayudar a alcanzar La Gran Armonía que enseña el Maestro”.

Mirta, una argentina que estuvo de visita en Montevideo, relata en la página web de Velázquez que un día paseaba por la rambla y descubrió a Confucio. “Sentí una gran emoción, no sabía de la existencia del parque y mucho menos que allí estuviera el monumento sonriente de Confucio”, dice Mirta. “Creo que es una señal, una guía para quién está buscando ser cada vez mejor persona”.

La estatua tiene su historia. Es de junio de 1985, cuando era intendente el colorado Aquiles Lanza. Una crónica de la época relata que es de bronce, mide 2,5 metros y fue esculpida según el diseño del escultor chino Chen Yi-fan. También dice que fue donada por la municipalidad de Taipéi, una ciudad de la República de China o Taiwán.

El monumento es testigo de una época. En 1988 hubo un quiebre, el gobierno de Julio María Sanguinetti estableció relaciones con la República Popular de China, o sea la China comunista, y rompió con Taiwán. Pero el monumento de Confucio nos quedó de regalo de aquella época.

En el taller, Velázquez dice que no sabe nada de la historia de la estatua ni de aquella movida política pero me aconseja hablar con un colega suyo, Juan Franco, quien hace unos 20 años descubrió el tai chi tras sufrir una lesión que lo alejó del voleibol, deporte que practicaba.

Franco es profesor de yoga y tai chi, además de funcionario de la Universidad de la República. Estudia la filosofía del taoísmo, que se le atribuye a Lao Tsé, y la del confucianismo.

Menciona cuatro grandes libros de Confucio.

-Pero yo todavía los estoy leyendo –aclara-. No es algo para leer en el ómnibus, tiene un contenido profundo, da bastante trabajo.

De Confucio resalta “la gran armonía”, justamente la frase que está grabada en uno de los costados de la base que sostiene el monumento. En otro costado se lee que “la educación debe ser sin discriminación de clases”.

Cada vez que pasa por la estatua, Franco se detiene y reflexiona. Piensa que en el fondo el ser humano “tiene una esencia bondadosa”. Dice que el monumento le genera un estado especial, de paz interna y compromiso con el mundo.

Me cuesta imaginar cómo conseguir un estado de paz en un lugar que está a unos metros de la rambla, donde los autos pasan rápido, hacen ruido y contaminan el ambiente.

Pero prefiero no preguntarle eso. Sí le comento lo de la persona que dio decenas de vueltas a la estatua.

-No existen las casualidades –responde-. Confucio decía que todo tiene un porqué.

-¿Significa algo? –le pregunto.

-Algún significado debe tener. A veces no hay una explicación racional. Pero en cada acción hay un mensaje.

Volvemos a mi visita a la estatua a Confucio. Justo cuando se va el deportista, aparece otro hombre corriendo. Yo estoy sentado en un murito tomando notas. Él da una vuelta, después otra y me mira fijo, como desconfiado. Después de eso se pierde entre los árboles del parque. ¿Será una señal? 


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