Una estrella espera agazapada

LeBron James ha sido atacado de muchas maneras. La última es la más letal: la indiferencia del público
LeBron James llegó a la NBA para triunfar. Debutó en la superliga de básquetbol a los 18 años, en la temporada 2003-2004, pero su fama lo precedía. Había sido tapa de la revista Sports Illustrated cuando jugaba en el liceo.

Cuando lo eligió Cleveland, el equipo de su propio estado, Ohio, parecía que las estrellas se alineaban para una biografía perfecta. Fue premiado como el "novato del año" y el cuarto año de su carrera llevó a su equipo a la final de la NBA, donde fueron barridos en cuatro derrotas consecutivas.

Lo intentó un par de años más, hasta que decidió emigrar a Miami, para encontrarse con su destino de campeón. Lo logró dos veces, en 2012 y 2013. Fue elegido como "el jugador más valioso del año", MVP, según su sigla en inglés, en cuatro oportunidades: 2009, 2010, 2012 y 2013.

Siempre estuvo claro que su carrera era la más ambiciosa de todas. El cetro al que aspira LeBron James es el que tiene Michael Jordan, el de mejor jugador de todos los tiempos.

En ese camino siempre estuvo rodeado por la muchedumbre. LeBron empezó a ser criticado por su comunidad desde que eligió el liceo donde jugar, una institución católica de mayoría blanca. Después todo fue amplificado por las cámaras y la gran telaraña universal.

Pero cuando decidió cambiar de equipo, ahí sí que fue criticado. James optó por comunicar su decisión sobre su futuro en un programa de una hora en directo por ESPN, que se tituló La decisión. Su frase "llevaré mis talentos a South Beach", en referencia a la zona más turística de Miami, se convirtió en una muletilla de desprecio por su actitud hacia el equipo de su tierra natal, que había echado al técnico para congraciarse con la estrella.

Eso desató la ira de una multitud que se dio en llamar haters, que se podría traducir como "contras". En medio de la polémica, siempre quedó claro que esos "talentos" que se llevaba a la playa eran suficientes como para postularse a mejor de todos los tiempos, una vez que empezara a ganar campeonatos.

Ganó dos anillos de campeón con Miami y volvió a Cleveland, en lo que se conoce como la "decisión II", aunque esta vez lo hizo de manera más "humilde", lo que quiere decir que se lo dijo a los interesados primero, en lugar de dejar que se enteraran por televisión, e incluso firmó una carta en Sports Illustrated en la que explicaba de manera conmovedora el retorno a sus orígenes.

LeBron volvía a un equipo que, con él en sus filas, tenía grandes chances de pelear por el campeonato. Llegó a la final, en lo personal por quinta vez consecutiva, con su equipo diezmado por las lesiones. La perdió contra Golden State, pero logró ganar dos partidos prácticamente solo.

Ahora, con todo el plantel sano, Cleveland barrió las dos primeras series y es abrumador favorito para disputar la final otra vez. Sin embargo, pocos hablan del tema, porque ahora el niño mimado de la NBA es Stephen Curry.

Curry fue nombrado como MVP por segunda vez consecutiva, esta temporada por unanimidad de los electores, algo que sucede por pimera vez en la NBA. La precisión de sus disparos al aro y la habilidad sobrenatural que tiene para manejar la pelota, hacen decir a los expertos que "inaugura un nuevo capítulo de la historia del básquetbol". Nada menos.

Este muchacho jovial, de apenas un metro noventa de altura, ya sacó campeón a su equipo y este año Golden State batió el récord de partidos ganados en la temporada regular, 73 de lso 82 posibles, superando a los Chicago Bulls de Michael Jordan, que habían ganado 72 en la temporada 1995-96.
Todo el mundo lo adora. Lo hace todo bien en la cancha y fuera de la cancha y cada integrante de su familia luce espléndido ante las cámaras. Nadie lo compara con LeBron pero sí con Jordan. Ha atraído a una nueva camada de fanáticos de la NBA, quienes ven a LeBron como un villano a derrotar.

Para el ego de LeBron es probable que todo esto sea muy doloroso pero el hombre está agazapado y no se olvidó de cómo se juega al básquetbol. Sus probabilidades de ganar su tercer anillo de campeón, el primero con Cleveland, son mucho más altas de lo que los distraídos quisieran admitir.

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