Unidos en la desilusión

Otra vez, como en 2012, lo político ensombrece lo jurídico, aunque con signo político inverso

El martes 5, el canciller interino de Brasil, José Serra, viajó a Montevideo para reafirmar dos cosas: una, que no juzguen débil y pasajero al gobierno de Michel Temer pues la destitución de Dilma Rousseff sigue su curso; y segunda, que Venezuela no debería asumir la Presidencia rotativa del Mercosur, como le corresponde, pues no lo desean los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay.

Por si su peso no fuese suficiente, Serra se hizo acompañar por el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil entre 1995 y 2002 y uno de los políticos más prestigiosos de América Latina.

La política, que tanto da para un fregado como para un barrido, sigue siendo la esencia del Mercosur, un bloque comercial frustrado.

En junio de 2012 la amplia mayoría del Senado paraguayo votó una fulminante destitución del presidente Fernando Lugo. Los otros tres miembros del Mercosur resolvieron aplicar la “carta democrática” y suspender la membresía de Paraguay por considerar la medida, que está prevista en la Constitución, como un golpe de estado encubierto. Poco después, el 30 de julio, los líderes de Brasil, Argentina y Uruguay reunidos en Brasilia aprobaron el ingreso de Venezuela al Mercosur, eludiendo así la aprobación pendiente del Parlamento paraguayo.

Danilo Astori, entonces vicepresidente de Uruguay, afirmó que, al aceptarse de ese modo el ingreso de Venezuela, se produjo la herida más grave en la historia del Mercosur.

José Mujica, quien en aquella ocasión acuñó el concepto de que “lo político está por encima de lo jurídico” –el oportunismo por sobre la ley– subestimó el hondo orgullo nacionalista de los paraguayos ante cualquier reminiscencia de la Triple Alianza.

La inmadurez del Mercosur es conmovedora. Los gobiernos de Brasil y Venezuela estiran sus Constituciones como un chicle; los presidentes de los países socios no se pueden reunir por la precariedad general y por el extendido desprecio a Nicolás Maduro, quien encabeza un país en quiebra y envuelto en llamas; Uruguay no logra traspasar la Presidencia rotativa, como quiere y debe, y el comercio en la zona se ha vuelto tan secundario como lo era en la década de 1980.

Como país pequeño, que reúne apenas el 1,2% de la población del Mercosur, Uruguay se aferra a la ley. El realismo político de los poderosos, al que Mujica se sumó en 2012, mañana puede ser usado en su contra. Pero su comercio exterior es muy dependiente de Brasil. Además, empresas brasileñas son líderes o muy significativas en áreas como frigoríficos, producción de cerveza, cebada y arroz, industrialización del cuero, construcción y distribución de gas por cañería, combustibles y lubricantes.

De todos modos, el comercio en el Mercosur se ha derrumbado. Las exportaciones a Brasil en 1998 representaron el 33,8% de las ventas totales de Uruguay. El año pasado, Brasil compró solo el 14% del total, Argentina 8% y Venezuela 2%. En 1985, cuando solo existían acuerdos bilaterales con los vecinos, los principales clientes de Uruguay fueron Estados Unidos (15,3%), Brasil (14,8%), Alemania (7,7%), Irán (7,5%) y Argentina (7,4%). En suma: 30 años después Brasil y Argentina compran más o menos el mismo porcentaje de las exportaciones uruguayas, pese a que ahora integran, en teoría, la misma zona de libre comercio.

En los últimos años el Mercosur realizó un brusco cambio de signo político. Las tendencias estatistas y proteccionistas de Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff dieron paso a liberales aperturistas como Mauricio Macri y Michel Temer. Tabaré Vázquez y Danilo Astori contienen el aliento mientras se resuelve el embrollo político brasileño, pero se sienten muy a gusto con el nuevo presidente argentino.

El viraje político regional agravó la soledad de Venezuela, un país sumido en el hambre, el autoritarismo, la radicalización y la falta de perspectivas, que se niega a todo proyecto de integración con Europa, América del Norte o el Pacífico. Venezuela solo puede ofrecer charlatanes y petróleo, pero ambos abundan en el mundo.

Cuando Vázquez y Astori quisieron firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos en 2006, fueron bloqueados por la división en el seno del Frente Amplio y la oposición explícita o implícita de Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, los líderes de los principales estados del Mercosur.

Ahora el gobierno interino de Brasil parece aceptar un Mercosur más flexible, que permita, por ejemplo, acuerdos a diferentes “velocidades” entre alguno de los socios y países de fuera de la región.

Brasil está interesado en avanzar hacia la Unión Europea, en tanto Argentina y Uruguay, que saben que se estrellarán contra el proteccionismo agrícola europeo, donde no colocarán ni un queso, miran también hacia el Pacífico y China, mercados que compran casi cualquier cosa que se produzca en el Río de la Plata.

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