Urge inventar alguna emergencia

La educación de excelencia es el único camino posible para un cambio que no se puede seguir demorando, si se quiere tener un verdadero bienestar y un crecimiento imprescindible

Dardo Gasparré

Se pudo leer la semana pasada algunas opiniones de destacados comentaristas que atribuían la apreciación del peso a la pérdida de valor que está sufriendo el dólar americano internacionalmente. Lamento informar que esa afirmación es inexacta y peligrosa y, lo que es peor, repetitiva, con lo que se me condena a tener que volver a decir lo que ya he dicho varias veces y a sacrificar cualquier intento de originalidad.

El dólar no cae en Uruguay como consecuencia de ningún factor externo, ni el resto del mundo es afectado por los avatares de la economía oriental. Basta con tomarse el trabajo de comparar las series históricas. Esto vale tanto para el tipo de cambio nominal como para el tipo de cambio real. Más bien habría que entender que si las economías de los socios más grandes del Mercosur mejorasen, el peso se apreciaría aún más por sus compras, tornando más difícil cualquier exportación con algún valor agregado y poniendo más presión sobre el desempleo sostenido hoy con alfileres y dialéctica. (Recuérdese que cuando hablo de empleo o desempleo, solo considero el del sector privado, ya que el empleo en el Estado es simplemente un subsidio, a veces con alguna contrapartida laboral y a veces no).

Lo que genera la tendencia a la apreciación sistemática del peso es el cierre de la economía, las trabas y los recargos a la importación comunes al Mercosur, que condena a toda el área al atraso en el crecimiento y a un empleo privado escuálido, lo que es más grave cuanto más pequeñas son las economías. Solo se salva de esta situación Paraguay por su habilidad para mantener una economía dual informal con apariencia de legitimidad, que sin embargo lo acercan en algún punto a la libertad de comercio. En el orden local, el pequeño grupo de empresarios que se beneficia con el proteccionismo que implica el cierre de la economía se las ingenia para hacer creer que de ese modo se generan más puestos de trabajo, concepto también falso, como se ha probado en todo el mundo, increíblemente también en Uruguay.

Si se habla del tipo de cambio real, a las causas anteriores debe agregarse el aumento sistemático de costos que implican la indexación inflacionaria automática de salarios, el incremento de gastos del Estado y su correlato en impuestos con disfraces varios, y el aumento de las tarifas-impuesto, esa sí una novedad mundial, con la que el Frente Amplio financia su festival de generosidad y conquistas irrenunciables. Y otro elemento no tan notorio, pero de enorme incidencia como es el de los juicios laborales que quitan todo entusiasmo a cualquier emprendimiento. Este paquete hace que las inversiones con las que se sueña tanto sean muy lejanas y solo viables si las ganancias para el inversor son demasiado fáciles, demasiado espurias y sin riesgo alguno. O se trata de seudoinversiones en que los fondos los termina poniendo el Estado en alguna forma. Es decir que tampoco el tipo de cambio real es influido por lo que ocurre en Wall Street, por Donald Trump y algunos de sus sainetes o por el resultado de las elecciones en Francia o en Turquía.

Es importante esta aclaración porque cuando se empieza a hablar de las tormentas en el exterior que empapan y sacuden a la economía local, casi siempre es para explicar los fracasos estrepitosos de las ideologías socialistas/distribucionistas/solidaristas en todas sus formas, cuando no para inventar alguna clase de emergencia que justifique la aplicación de nuevos impuestos o alguna otra medida injustificable y nociva.

En cambio, el avance de la globalización, que continúa pese a las esperanzas de los que rogaban por un sistema proteccionista y de cierre económico mundial que les diera más excusas, va a tener otros efectos y va a obligar a cambiar conceptos muy arraigados. No me refiero únicamente a la repartija del botín de la bonanza circunstancial de una década, sino a toda la economía de bienestar sin esfuerzo previo, o welfare, en el sentido más crítico de la palabra, que es preexistente al Frente Amplio y sus pretensiones socialistas de que una mitad de la sociedad mantenga a la otra mitad.

Esos efectos fueron disimulados por una burbuja salvadora, pero ahora el Freddy Krueger de la realidad vuelve a erigirse para recordar que la competencia y la tecnología –y el crecimiento de la población mundial– han echado y seguirán echando por tierra con el trabajo garantizado por la Constitución, con las supuestas conquistas sociales, con el agro y la ganadería como única teta ordeñable de la que viva toda la sociedad, con el proteccionismo, con el reparto de bienestar, con el subsidio y la vagancia. Y particularmente, con el sabotaje sistemático a la educación.

Con buena parte de la sociedad que ha decidido ignorar deliberadamente la realidad, como el chiquilín que no quiere que le digan que Papá Noel no existe para seguir teniendo un regalo cada año, la educación de excelencia es el único camino posible para un cambio que no se puede seguir demorando, si se quiere tener un verdadero bienestar y un crecimiento imprescindible. Eso no se consigue tirando más fondos en un sistema perverso que solo miente resultados y si enseña algo es solo a perpetuar las ideas que nunca funcionaron.

Ese debe ser el camino. Y los fondos deben salir del ahorro de dejar de tirar los recursos del Estado en mantener las supuestas conquistas nunca conquistadas y los supuestos derechos obtenidos sin ninguna contraprestación, salvo la de haber nacido en un país en que otros tienen algún recurso para expropiarle. Y del ahorro de poner límites a los jerarcas que se esconden detrás de las estructuras políticas para no tener que explicar sus actos – sin calificarlos, aún.

El otro sendero es seguir rogando para que ocurra una emergencia mundial, regional o interplanetaria que nos dé una excusa salvadora para seguir confiscando la riqueza ajena.


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