Vamos mal

La caceroleada del miércoles tiene un tufillo fascista: las ideas importan, y las formas también
Fue un rumor suave aunque claro, con islas muy ruidosas en zonas de grandes edificios de apartamentos, como Pocitos o el Centro. El miércoles de noche, mientras el presidente Tabaré Vázquez hablaba, miles de montevideanos hicieron sonar ollas, tarros y bocinas.

Las caceroleadas, o Marcha de las Cacerolas Vacías, fueron utilizadas por la derecha chilena a partir del 1º de diciembre de 1971 para protestar contra el gobierno del socialista Salvador Allende. Luego se expandieron por América Latina como forma de reprobación de los regímenes autoritarios. Y se esgrimieron en Buenos Aires a fines de 2001, contra el gobierno de Fernando de la Rúa.

En Uruguay las caceroleadas se volvieron moneda corriente desde las 8 de la noche del 25 de agosto de 1983. Entonces, durante 15 minutos, se formalizó una conmovedora protesta. El ruido con ollas, matracas y bocinas, en medio de apagones voluntarios, se transformó en una herramienta opositora generalizada y poderosa, imposible de reprimir. Algunos grupos de izquierda y el PIT-CNT volvieron a convocarlas ya en democracia, en 1986 y 1987, y de nuevo en 2002, para protestar contra la grave crisis; pero el grado de adhesión fue mucho menor.

La protesta del miércoles de noche durante el discurso de Vázquez, aunque relativamente suave y minoritaria, significó una escalada respecto a protestas anteriores, más tenues. Confirma que una parte de la ciudadanía se halla en proceso de radicalización. No se trata esta vez del quiebre entre "integrados" y "marginales", esa segmentación socio-económica y cultural cada vez más clara, violenta e insubsanable, sino de una toma de trincheras políticas.

Los argentinos llaman "la grieta" a ese fenómeno: una partición de la sociedad en dos bandos en guerra, que suele mezclarse con una ruptura con las elites, del tipo que afecta a buena parte de Occidente, desde España a Brasil, pasando por Estados Unidos.

En el pequeñísimo y habitualmente apacible Uruguay hay cada día más síntomas de hartazgo, disconformidad e intransigencia por un lado, y un oficialismo rayano en la alcahuetería por el otro. "No quiero mezclar la política con la religión, pero me parece que hace mucho calor. De paso, las cosas empiezan a pudrirse. Quiero darme cuenta de eso ahora y no dentro de un par de años cuando sea tarde y me diga: ¿en qué momento se pudrió el Uruguay?", escribió en Facebook el 23 de febrero el narrador y autor teatral Carlos Liscano, un antiguo tupamaro que entre 2010 y 2015 dirigió la Biblioteca Nacional y acabó mal con María Julia Muñoz y Tabaré Vázquez. Fue una referencia implícita al inicio de la novela "Conversación en la catedral", de Mario Vargas Llosa, en la que el protagonista se pregunta: ¿En qué momento se jodió el Perú?; y una advertencia de que el miasma ha arribado a las costas uruguayas.

Los "indignados" criollos están hechos de una mezcla de intemperancia, malhumor, sectarismo y frustración. Pueden creerse de izquierda o de derecha, y su referencia crítica siempre son el statu quo en general y el gobierno en particular. Expresan una crisis de la representación tradicional. Están hartos de la verborragia de los políticos y los sindicalistas, y de sus pequeñas querellas, verdades a medias y afectaciones.

Tal vez falta tacto en el gobierno y abunda la soberbia. El presidente parece demasiado ansioso por transmitir buenas noticias. Después de navegar más de una década con vientos propicios, el barco frenteamplista, sobrecargado de lastre e incrustaciones en el casco, apenas se mueve. Muchos están molestos con el exitismo oficialista, con la reiteración de sus grandes éxitos enganchados, autoindulgente y sin sentido crítico. Falta un poco de humilde reconocimiento de impotencia y fracasos, que también los hay y son grandes.

Pero la oposición también es responsable de denunciar, proponer y respetar. Las ideas importan, y las formas también. Si no mañana, cuando la actual oposición gobierne, lo que sucederá tarde o temprano, no tendrá autoridad moral para enfrentar la previsible resistencia de cuadros frenteamplistas y sectores ultras, que típicamente se alojan en la burocracia.

No es aceptable desacreditar a un gobierno a cualquier costo, para derrotarlo y festejar luego sobre ruinas humeantes, como ha sido la práctica en tantos países de América Latina, empezando por Argentina.

Algunos fragmentos significativos de la sociedad se están encerrando en compartimentos estancos. Y expelen un tufillo fascista –de izquierda y derecha– que ensucia las calles y las redes sociales; y que, si se expande, puede arruinar sin falta, puntualmente, algunas de nuestras escasas virtudes sobrevivientes, como cierta extendida tolerancia, moderación y convicciones democráticas.

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