Vivir en un cantegril, eso también es violencia

Lo que me pasó por la cabeza después de recorrer, una vez más, un cantegril montevideano

La semana pasada volví a Isla de Gaspar. Recorrí los caminos polvorientos de ese cantegril del este de Montevideo y lo conté en una crónica que se publicó el domingo en El Observador. Allí las aguas servidas pasan al costado de donde los niños juegan y los ranchos de lata están apiñados uno al lado del otro. Mientras caminaba por esas callejuelas sentí lo mismo que hace tres años cuando lo visité por primera vez o cuando estuve -un poco antes- en Las Láminas o en otros asentamientos que el periodismo me ha permitido conocer. Sentí una enorme impotencia.

Porque la pobreza es igual de injusta en Malvín Norte o en Bella Unión. Los dramas son casi los mismos, más allá de las diferencias culturales y geográficas.

Siempre me pareció de lo más siniestro que en las zonas más acomodadas de la ciudad mucha gente reclame a gritos por mayor seguridad sin tener en cuenta que no tan lejos de donde vive hay personas que pasan hambre y viven en condiciones indignas. Es imposible pensar en una sociedad más segura si hay un Montevideo muy rico y otro muy pobre. Puede haber más represión contra los delitos sí, pero jamás será una solución definitiva.

En el caso de Isla de Gaspar la situación es bastante perversa porque Malvín Norte está muy cerca de una de las zonas más ricas de Montevideo. Entonces el contraste es mayor.

Una vez Ángela Fernández, ex directora de la escuela 317 de Malvín Norte, me contó que hay niños de Isla de Gaspar y de otros cantegriles de la zona que no conocen la playa. Viven a no más de 20 cuadras del mar y nunca lo vieron. Fernández –quien dirigió hasta fines de 2013 esa escuela, con la tasa de repetición más alta de Montevideo- es uno de esos personajes anónimos a los que habría que levantar un monumento.

La 317 es conocida en la zona como “la escuela del cante” porque la mayoría de los niños son de asentamientos (aunque aclaro que no todos los niños de Isla de Gaspar asisten a este centro). Casi frente a esa escuela está la 267, a donde asisten más que nada niños del complejo Euskalerría. “Estamos guetizados”, me contó Fernández, una de las veces que la entrevisté para el suplemento Qué Pasa de El País, hace unos años.

En la 317 es casi más importante enseñar hábitos elementales de higiene a los alumnos de primer año que a leer o escribir. Hay niños que le tienen miedo al wáter: nunca vieron uno.

Algunos de los chiquilines de “la escuela del cante” terminan en las noticias policiales. No importa que sean pocos o muchos, cuando las maestras se enteran sienten mucha tristeza. Pero también saben que el problema es tan profundo y complejo que excede lo que ellas puedan haber enseñado.

Vuelvo a Isla de Gaspar. Cierro los ojos y me imagino viviendo ahí. Me imagino que mi hijo, mis padres y mis abuelos también viven ahí. Y entonces pienso que, en una de esas y si no tengo otra opción mejor, salir a robar para llevar algo de comida a casa no sería una opción tan alocada.

 


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