Vladimir Putin: El líder de dos cabezas

“Quien no extraña la Unión Soviética, no tiene corazón. Quien la quiere de vuelta, no tiene cerebro”

Vladímir Putin (1952, Leningrado, Unión Soviética) es una pieza clave para entender el tablero geopolítico de los últimos 25 años. Este abogado recibido con honores se encuentra en la primera línea del poder desde 1998, cuando, durante el gobierno de Boris Yeltsin, se hizo cargo del Servicio Federal de Seguridad, organismo sucesor de la KGB soviética, y la verdad es que nadie lo vio venir. Los diputados de la Duma apenas lo conocían cuando en 1999, tras la sorpresiva renuncia de Yeltsin, tomó las riendas de un país que estaba quebrado y con serias tendencias al desmembramiento.

Rusia ya había perdido suficiente territorio en el Báltico y no permitiría que la sangría se extendiera al sur, donde los radicales islámicos provenientes de Chechenia –que se habían apropiado de la causa independentista– y organizaciones radicales –Al Qaeda incluida– se proponían formar un gran califato en la región del Cáucaso.

La segunda guerra chechena fue tan feroz como efectiva, y aunque llovieron las denuncias por abusos a los derechos humanos nada frenó la determinación del líder ruso por exterminar a los rebeldes. Rusia había encontrado un líder que la hizo sentir nuevamente fuerte y orgullosa, y esa parece ser otra de las claves del estilo de Putin, quien recurrentemente apela al nacionalismo para aglutinar a los rusos detrás de su causa que no es otra que la restauración del papel protagónico de su país tras la humillación que significó la caída de la Unión Soviética y el clavado en la miseria.

Otro aspecto central de la concepción política de Putin es la concentración del poder en su persona, lo que se dio a llamar la "vertical del poder" y le permitió manejar los hilos de cada región de su vasto país. Una vez consolidado esto fue tras los recursos, lo que llevó a Putin a destruir la hegemonía de los oligarcas que habían trozado el cadáver del Estado soviético en beneficio propio, lo cual fue una jugada arriesgada ya que algunos de ellos lo habían apoyado para llegar al poder. En 2004 consiguió la reelección presidencial con un aplastante 71 %.

Para entonces Rusia había cambiado sustancialmente, ya que en seis años había pasado de ser un Estado inviable a ser la sexta economía mundial, lo que atrajo la inversión extranjera y posibilitó el acercamiento a Occidente.

El país que en la era comunista fue potencia a fuerza de kilotones atómicos se transformaba –tras las reformas política y económica– en una megapotencia energética de cuyo petróleo y gas dependía Europa.

En 2008 Putin terminó su segundo período y, como la Constitución le prohibía una nueva reelección, impulsó la candidatura de su delfín Dmitri Medvédev, quien no solo ganó las elecciones, sino que designó primer ministro a Putin.

Pero la primavera con Estados Unidos comenzó a resentirse cuando en 2007 Washington dejó claras sus intenciones de extender el despliegue de misiles en países como República Checa, Rumania y Polonia, lo cual fue interpretado por Moscú como una amenaza directa. Esta situación, sumada a la caída de los precios del petróleo y a la crisis económica global, determinaron que Rusia volviera a necesitar de un halcón como Putin. Fue así como el hombre fuerte volvió a ocupar la presidencia de la Federación Rusa en 2012 con el 63 % de los votos.

Entonces el mundo tuvo un déjà vu, con Estados Unidos y Rusia llevando su enfrentamiento a los niveles más intensos desde el final de la Guerra Fría. El mundo se transformó en un gran tablero donde Washington buscó limitar el avance de la envalentonada Rusia. La OTAN extendió su maquinaria militar a países demasiado cercanos con Rusia y tanto Washington como la Unión Europea apoyaron el bando europeísta en Ucrania, país históricamente ligado a Rusia que terminó sumergido en una guerra civil.

Putin mostró los dientes; respaldó a la población prorrusa de Ucrania (casi la mitad del país) y en una jugada de película se anexionó la península de Crimea. Fue toda una declaración de principios que dejó claro hasta dónde está dispuesta a ir Rusia si se siente amenazada.

Ni las sanciones que le impusieron Estados Unidos y la Unión Europea hicieron retroceder al presidente ruso, que en lugar de claudicar redobló la apuesta apuntalando el ascenso del bloque de los BRICS y acercándose a China.

Y así se encuentra hoy Putin, en una posición muy similar a la del águila de dos cabezas zarista que ha desempolvado para transformar en símbolo nacional: con un rostro (el comercial) mirando a Oriente y el otro mirando desafiante a las potencias de Occidente.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


Acerca del autor