Batlle y el apocalipsis

Los límites del poder y las responsabilidades de la crisis de 2002
Por estos días se reverencia profusamente a Jorge Batlle Ibáñez, muerto el lunes 24, del modo en que un pueblo venera a un personaje insigne, pues lo fue; o de la manera en que se rinde culto a los atributos republicanos, que él representó.

A veces la muerte santifica, o hace callar piadosamente a los críticos. Pero esta muerte también puso de manifiesto cierta simpatía matizada, ambigua, hacia un protagonista cuyas aristas más cortantes el tiempo dulcificó.

Para muchos uruguayos Jorge Batlle era ante todo el símbolo vivo y ardiente, la cara más visible de una de las peores crisis económicas de la era moderna (el Uruguay del siglo XIX las tuvo peores, más completas y devastadoras, aunque ya a casi nadie interesen). Estas líneas se centran en ese período.
Él llegó al gobierno en 2000, después de más de tres décadas de fracasos políticos personales, elegido como último dique contra el avance de la izquierda, y también portando los sueños de una modernidad liberal. Pero debió combatir en retirada. "Yo aspiraba a mucho más, aspiraba a cambiar el Uruguay, y no lo conseguí. Fui como un goalkeeper", dijo poco antes de terminar su mandato.

"La crisis de 2002" se inició a fines de 1998, cuando la economía uruguaya mostró los primeros síntomas de recesión; o más claramente en enero de 1999, cuando el gobierno de Brasil devaluó 60% su moneda.


Hasta entonces el comercio entre los países miembros del Mercosur, creado en 1991, había crecido de manera vertical. Uruguay colocaba en el vecindario casi la mitad de sus exportaciones. La desvalorización del real dejó a Argentina y a Uruguay fuera de competencia: demasiado caros, con monedas sobrevaluadas, imposibilitados de exportar. Primero se derrumbó Argentina, con devaluación aguda del peso y caída de varios gobiernos en pocos días, y detrás fue Uruguay, como un chinchorro atado a la popa del Titanic. Fue casi un calco de la debacle de 1982.

En 2002, annus horribilis, Jorge Batlle ocupaba el lugar indicado para convertirse en el destinatario de todas las iras y el depositario de muy pocas esperanzas. ¿Pudo haber evitado la crisis, o al menos reducido drásticamente sus efectos? Tal vez pudo desactivar la corrida que tumbó a los bancos nacionales si hubiera socorrido a la sucursal uruguaya del Banco Galicia; o si hubiera sido más riguroso con los bancos Comercial, Montevideo y de Crédito, o con los siempre maltratados bancos Hipotecario y República; si hubiera reprimido su incontinencia verbal y su tendencia a improvisar; si hubiera cultivado una mejor relación política con sus principales socios, Julio Sanguinetti y Luis A. Lacalle... Es fácil ganar las carreras del domingo con el diario del lunes sobre la mesa. Pero el camino no era tan claro entonces.
Padeció la devastación del gasto público deficitario, poco comprendido por los políticos, los sindicatos y los funcionarios, siempre propensos a inflar las cuentas ajenas. Como José Mujica recordó al asumir la Presidencia en 2010: "La sociedad uruguaya ha protegido a sus servidores públicos mucho más que a sus trabajadores privados. En la crisis de 2002 y 2003, casi 200 mil personas perdieron su trabajo y ninguna fue un funcionario público. Se estima que otras 200 mil sufrieron rebajas en sus salarios, y todos fueron trabajadores privados".

El déficit ya era enorme en 1999, pues nadie hace un ajuste en un año electoral. Se comprende ahora que el gobierno de Jorge Batlle debió iniciar un ajuste inmediato y radical, pues la recaudación caía al compás de una grave recesión. Cualquier amputación de entonces ahorraría tragedias en el porvenir. Sin embargo, en la segunda mitad de 2000 el Parlamento aprobó un Presupuesto con incremento del gasto. En esencia el gobierno era débil y dependía de una frágil coalición. Luego intentó diversos ajustes desesperados, con reducción de gastos y más impuestos, siempre tardíos e insuficientes.

Habría mucha destrucción moral y material antes de que la economía iniciara su rebote en el otoño de 2003. Casi no hubo familia que no padeciera daños. Las personas caminaron entre ruinas y edificios tambaleantes, como el paisaje después de una guerra. Unos 150 mil uruguayos emigraron entre 2000 y 2008. Pero el gobierno de Batlle no tiró el agua de la tina con el bebé adentro, como hizo Argentina, por lo que la recuperación posterior fue más larga, amplia y sólida.

Jorge Batlle no fue el responsable de todas las catástrofes, como tampoco le pertenece todo el crédito de la recuperación. La cotización de la soja en Chicago pesó más que la mayor parte de las decisiones oficiales. Pero él simboliza ese tiempo. Él recuerda las limitaciones ciertas de los gobernantes; el inmenso abismo que suele abrirse entre las palabras y los hechos.

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