Brasil en su laberinto

La deriva institucional en que se debate el país y el gobierno de Rousseff se profundiza en medio de los pedidos de renuncia y el inicio del proceso de impeachment
Viajaban en el avión presidencial de Brasil rumbo al funeral de Nelson Mandela, en Johannesburgo. Corrían los últimos días del almanaque del año 2013. Desde esa altitud, tal vez por cercanía, el expresidente Fernando Henrique Cardoso ya avizoraba la crisis que se cernía sobre el firmamento brasileño. "Tenemos que cambiar el sistema político, está podrido", le advirtió allí mismo a la presidenta, Dilma Rousseff, que había celebrado hacía poco los 10 años del PT en el poder y ya estaba en carrera para su reelección.

Cardoso contó esta anécdota en una reciente entrevista en la que dijo haberle ofrecido entonces a Rousseff trabajar juntos –con él y los demás expresidentes de Brasil– para lograr ese cambio que le hiciera recuperar al sistema la legitimidad y la credibilidad perdidas. Le estaba pidiendo un acto de grandeza reservado a los grandes estadistas.

El exmandatario no dijo cuál había sido la respuesta de Dilma a su propuesta; pero a tenor de los hechos posteriores, podemos colegir que no le hizo caso.

Meses después, la presidenta volvía a enfrentar las protestas masivas en todo Brasil, y la rechifla, y hasta los insultos, en cada partido del Mundial 2014 al que asistió. Y aunque logró imponerse por exiguo margen en las elecciones de octubre de ese año, poco después estallaría el mayor escándalo de corrupción en la historia de Brasil: Petrolâo, también conocido como Lava Jato, que ha puesto tras las rejas y hecho desfilar por los tribunales a un sinnúmero de altos funcionarios de gobierno y figuras emblemáticas del PT. Hasta que todo llegó finalmente, como era impensable que no lo hiciera, al expresidente Lula.

Esta fue la gota que derramó el vaso de un pueblo harto del sistema de corrupción estructural que impera en Brasil y que el PT ha llevado a límites insospechados. Ya no es un mero asunto de coimas y prebendas puntuales a uno y otro lado del mostrador de las cuentas públicas. Lo que han demostrado los casos Mensalâo y Petrolâo es un colosal entramado delictivo enquistado en el poder y que atraviesa a toda la clase política brasileña, un sistema totalmente descompuesto, podrido, como le dijo Cardoso a Dilma.

Ahora que ha quedado al descubierto, la gente no está dispuesta a tolerarlo y pide en las calles que caiga el gobierno, Dilma, Lula y todos los que tengan que caer. Ese descontento llegó al culmen cuando, a mediados del mes pasado, el gobierno decidió nombrar ministro a Lula y blindarlo así con unos fueros que hasta ahora le han sido negados en tribunales.

Y es que en medio de ese gran descalabro, la Justicia ha actuado con independencia y firmeza, en ocasiones hasta excediéndose a sus funciones, como lo fue el filtrar a la prensa una conversación entre Dilma y Lula que dejaba en evidencia las intenciones del gobierno de librar al exmandatario de la acción del juez que instruye la causa de Lava Jato, Sergio Moro. A su vez, el gobierno se defiende con acusaciones de "golpe" y de "golpismo" contra todo aquel que pida la renuncia de la presidenta.

Mientras el sector del empresariado y los partidos de oposición que todos estos años habían acompañado al PT continúan abandonando el barco en estampida.

El caso más sonado fue el del PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño) la última semana, que cuenta con 69 diputados en la cámara baja y cuya salida del gobierno ha puesto a Dilma en la cornisa, a pocos días de que se inicie su juicio de destitución en el Congreso.

Ahora mismo, Lula opera intensamente con los demás partidos pequeños que aún le responden al gobierno para detener la sangría, y así poder llegar a los 172 votos que necesitan en Diputados para evitar el juicio político.

Se ve difícil. Y de aprobarse el impeachment por dos tercios de la Cámara, y luego por mayoría simple en el Senado, en un par de semanas Dilma tendría que abandonar el cargo por seis meses, hasta que el Senado emita su voto definitivo.

En ese caso, el vicepresidente Michel Temer asumiría la presidencia por ese lapso.
Pero parece improbable que en ese escenario Dilma pudiera volver al Planalto como si tal cosa el próximo octubre.

Más bien, lo que aumenta en estos días –sobre todo tras el desprendimiento del PMDB– es la presión para que renuncie y así le evite al país la deriva institucional en la que ya ha caído, y que se podría profundizar en estos meses de limbo político.

El propio Cardoso se ha sumado a esos pedidos de renuncia. Como en aquel avión rumbo a Johannesburgo, ahora también le pide a la presidenta "un acto de grandeza", pero para dar un paso al costado.

¿Lo escuchará esta vez?

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