Carrera nocturna

Viaje en velero de dos marinos y un inútil entre el Buceo y Punta del Este

Tres hombres esperan buen tiempo para navegar en un velero entre el puerto del Buceo, en Montevideo, y Punta del Este. Es una tibia noche de viernes y hay una brisa del Este, que obligaría a un viaje con viento en contra, largo y trabajoso, en zigzag, dando "bordes" para hinchar las velas. Cenan grandes trozos de carne asada en una parrilla cercana y luego se instalan en el barco. Tienen una noche en vela y muchos trabajos por delante. De vez en cuando miran ansiosos la veleta de la punta del mástil. Aún sopla del Este, pero –tras la cena y ya a bordo de un barco noble y bello– sienten que son capaces de llevarlo a nado, si es preciso, con un cabo entre los dientes.

El Bonifacio es un velero clásico alemán de buena calidad, del tipo Bavaria, de 40 pies de largo, poco más de 12 metros, de casi cuatro metros de ancho y dos de calado. Desplaza casi nueve toneladas, tiene un amplio salón con cocina y heladera, tres camarotes, dos baños, un motor diésel y está bien surtido de velas, electrónica y cerveza.

Esta noche de viernes la tripulación del Bonifacio se integra con su dueño, Roberto, de 56 años; su amigo Eduardo, de 54; y un periodista de edad indefinida con escasa y miserable experiencia marinera. Es poco más que lastre junto a dos tripulantes experimentados, que han navegado toda su vida por el Río de la Plata.

Amanecida por la proa
Amanecida por la proa
Amanecida por la proa

Barco fantasma

Cerca de medianoche, mientras los marineros y el lastre hacen los últimos ajustes y revisan luces y velas, la dirección del viento cambia en forma abrupta y se pone del Norte. Es el soplo angelical que esperan. Se reportan por radio, sueltan amarras y el Bonifacio zarpa lento y silencioso del puerto del Buceo, cuyas aguas reproducen como espejo las luces de los edificios de la rambla montevideana.

Sortean la isla de las Gaviotas, una mancha pedregosa avara que una vez quiso ser destino de aerocarril, y luego punta Gorda. No es ninguna hazaña de navegación. La noche es clara y el instrumental basado en GPS advierte de cada obstáculo con precisión absoluta. Luego, en vez de abrirse hacia la isla de Flores para escapar de rocas y pecios, optan por cruzar un estrecho vado natural entre la rambla y la isla de la Luz, un pequeño conjunto de rocas frente a lo que fue Flamingo, y luego Las Pipas frente a la Escuela Naval.

Un barco fantasmagórico navega pegado a la costa. El Hotel Carrasco refulge iluminado para fiesta. La tensión crece a bordo a medida que la profundidad disminuye. Pero de pronto el ecosonda marca más agua bajo la quilla y Roberto, que va al timón, resopla aliviado. Entonces pone el piloto automático con rumbo a Punta Colorada, en la zona de Piriápolis, pues ya no habrá obstáculos significativos en la costa canaria, salvo el mejor manejo de las velas.

Eduardo y Roberto se entienden casi sin palabras. El periodista hace lo que puede: poco más que tirar o soltar cabos de velas. La noche es clara. Después que la luna se pone a las dos y media de la madrugada, alumbran las noctilucas, un cielo tan estrellado como solo puede verse desde el campo o el mar, y las luces costeras que rebotan en un puñado de nubes.

Carrera

El viento norte es cada vez más intenso. Frente a Atlántida ya sopla con rachas de hasta 34 nudos, un respetable vendaval de 63 kilómetros por hora, según marca el anemómetro. El barco se acuesta sobre su costado derecho –"amurado", según el lenguaje marinero que suena algo tilingo– y vuela sobre el agua. Los tres hombres ni siquiera necesitan cambiar las velas de lugar; sólo agrandarlas o achicarlas para aprovechar mejor el viento o aplacar un poco sus efectos. En un momento la velocidad del Bonifacio ronda los 10 nudos, unos 19 kilómetros por hora, todo un logro para un velero cuyo diseño privilegia más la comodidad que la performance.

Con el paso de las horas y la navegación rápida y exigente, los tripulantes sienten el cansancio. Se turnan. El barco se mueve mucho por el viento fuerte, aunque vaya firme. "Navegar por esas zonas es bastante sacrificado", había advertido al periodista una amiga con amplia experiencia: "Nada que ver con los avisos de Martini".

Comienza a clarear muy temprano, poco después de las 4 de la mañana, cuando están a unos 15 kilómetros de la costa de Cuchilla Alta, y el sol sale como una explosión sobre las 5:20, frente a Piriápolis y Punta Colorada. Un poco después avizoran en el horizonte los edificios de Punta del Este, que parecen emerger de las aguas resplandecientes de la mañana.

En puerto

Poco después de las 8 el Bonifacio, que sigue navegando preciso y firme, como un caballo de carreras, deja atrás punta Ballena e ingresa en la bahía de Maldonado. Alguien cuenta historias de Antonio Lussich y del vasco Francisco Gorriti.

–Navegar esta bahía es como jugar en Wembley –dice Roberto–: Hay buen viento y las olas se aplacan al reparo de la península y de la isla.

El Bonifacio cierra una navegación de 55 millas náuticas, 102 kilómetros, en poco más de ocho horas cuando atraca en puerto en medio de barcos de toda clase, desde el lujo a la modestia, entre pitucos y laburantes. Amarran junto a un velero más pequeño, que hizo un poco antes el mismo recorrido nocturno: Buceo-Punta del Este. Sus tripulantes comentan que fueron muy golpeados por el gran Río. Se mojaron y dieron un par de tumbadas (el barco se escora tanto que las velas o el mástil tocan el agua).

–Encima del Bonifacio sólo hay cosas ricas– presume Roberto.

Entonces comen embutidos, quesos y panes. Beben cerveza. Esa mañana de sábado el puerto de Punta del Este semeja una gran sonrisa. Un joven persigue a una muchacha en el muelle, la abraza y la besa.


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