Católicos protestantes

Sin saberlo, muchos de los que profesan ser católicos en realidad son luteranos
Por José María Orlando

Hay personas, más numerosas de las que podría anticiparse, que profesan ser católicos pero que, sin percibirlo, son en realidad protestantes luteranos. Se trata de quienes sostienen entenderse directamente con el Dios en el cual creen, sin necesidad de intervención clerical mediadora, sin recurso a sacramentos como la confesión o la eucaristía y sin observancia de doctrinas y ritos litúrgicos. Esta posición de cristianismo individual a medida replica con exactitud la que llevó a Martín Lutero a demoler en 1517 la unidad espiritual de esa religión. No fue una repentina rebelión anticlerical sino la culminación de un lento proceso de más de dos años, luego de una década de vida monacal. El proceso comenzó en 1515, después de empezar a interpretar a su manera las palabras de San Pablo en su carta a los Romanos: "Los justos vivirán por la fe".

Concluyó que esa expresión le quitaba sentido a la intermediación de una iglesia cuyo funcionamiento le merecía objeciones. Sostuvo por extensión que las acciones piadosas y la disciplina doctrinaria exigidas por la estructura eclesiástica medieval nada tenían que ver con obtener el perdón de los pecados.

Su posición final fue que la salvación depende solo de tener fe y de una comunicación directa con Dios, confiándose a su misericordia. Lo que era hasta ese momento una concepción teológica revolucionaria pero relativamente tranquila y limitada, se aceleró vertiginosamente en una marcha cismática, generada por su protesta de que la salvación no podía ser comprada con obediencia a la iglesia ni con dinero. El estallido final se produjo a raíz de la necesidad del papado de León X de fondos para terminar la nueva catedral de San Pedro en Roma. El papa recurrió a préstamos de la poderosa familia banquera Fugger y, como garantía, emitió una bula de indulgencia que permitía zafar de la antesala del purgatorio mediante el pago de algunas monedas de plata.

Los Fugger encargaron la cobranza de las indulgencias al monje Juan Tetzel. Cuando Tetzel llegó a Wittenberg, un enervado Lucero hizo público su rechazo al sistema, colocando en la puerta de la iglesia de esa ciudad las tesis que compendiaban sus opiniones. Lo que había comenzado como una posición personal y casi académica desató rápidamente una revolución espiritual que incluyó, dentro y fuera de Alemania, a personas desconformes con la iglesia medieval y que desembocó finalmente en el rígido extremismo protestante del calvinismo.

Las protestas venían de mucho antes, aunque sin el impacto de las de Lutero. Ya en el siglo XV el eminente teólogo inglés John Wycliffe, parlamentario y profesor en la Universidad de Oxford, hacía campaña contra la forma en que operaban la iglesia y su clero. Más tarde Erasmo cuestionó que se adoraran "los huesos de San Pablo preservados en un altar y no se adorara la mente de San Pablo, manifestada en sus epístolas".

Además de su concepción teológica, las objeciones de Lutero pueden explicarse en una época en que la Iglesia católica sufría reclamos generados por desvíos de parte del clero, por las severas exigencias a los fieles y por un exceso de pompa ceremonial alejada de la austera sencillez de los primeros siglos del cristianismo. Pero desde entonces la iglesia romana ha evolucionado drásticamente, corrigiendo errores de funcionamiento y poniéndose más a tono con cada época.

Los cambios se aceleraron hace medio siglo con el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y bajo los papas que lo siguieron, culminando con el aperturismo conciliatorio y la insistencia del actual papa Francisco en la humildad y la ayuda a los necesitados, en busca de una pacífica convivencia igualitaria de todos. Son cambios que deben asumir quienes sostienen ser católicos pero que, inducidos por una actitud anticlerical y a veces hasta por comodidad, están más cerca de Lutero que de la Iglesia a la que aseguran pertenecer.