El 2016 de América Latina

Un repaso de un año de cambios y sorpresas en lo económico, social y comercial
Pocos podrían negar que el año que acaba de terminar ha sido de cambios y sorpresas. La salida del Reino Unido de la Unión Europea y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, son dos ejemplos de lo que nos dejó el 2016 en materia internacional. Mientras tanto, vale la pena repasar cómo está América Latina a nivel económico, social y comercial.

La región continúa siendo la más desigual del mundo. Seis de los 14 países más desiguales del planeta son latinoamericanos (Honduras, Brasil, Guatemala, Panamá, Colombia y Chile).

Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) el 2016 cerró con una contracción de la economía del -0,9%, aspecto que podría revertirse en 2017 debido a la tendencia positiva que parecen volver a mostrar los precios de las materias primas, lo que repercutiría en un crecimiento promedio de 1,5%.

La pobreza y la indigencia siguen como los grandes flagelos estructurales de la región. El último Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) muestra que si bien salieron de la pobreza cerca de 72 millones de personas y 94 millones de personas entraron a la clase media entre 2003 y 2013, entre 2015 y 2016 aumentó el número absoluto de personas pobres. La mayor preocupación son las 30 millones de personas —más de un tercio de la población que salió de la pobreza en los últimos años— que corren riesgo de caer en la pobreza nuevamente. Son jóvenes y mujeres con inserción laboral precaria. Forman parte de un grupo mayor, de 220 millones de personas (casi dos en cada cinco latinoamericanos) que son vulnerables: no cayeron en la pobreza pero tampoco lograron ascender a la clase media.

La desocupación en América Latina también creció en 2016 y hoy 25 millones de personas están desempleadas, unas cinco millones más que en el año 2015, según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Esta organización subraya que la tasa de desempleo de la región pasó del 6.6% en 2015 al 8.1% (el nivel más alto en lo que va de esta década) y se prevé aumente a un 8.4% en el 2017.

En material comercial, datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) muestran que las exportaciones de la región se contrajeron un 6% en el 2016, una baja que se suma al 15% de reducción en las exportaciones del año 2015. Concretamente se estima que la región dejará de percibir unos 50.000 millones de dólares de ventas al exterior al cierre de este año, sumando su cuatro año de caída consecutiva. La contracción comercial del 2016 refleja principalmente la caída de las exportaciones hacia Estados Unidos (que han bajado un 5%) y la baja del comercio interregional (que se redujo en 11%). Por otra parte, si analizamos las 10 principales economías de América Latina, las materias primas representan más del 50% de las exportaciones (con excepción de México).

Por qué nos costará tanto progresar se preguntarán muchos al ver estos datos. Considero que al menos existen dos factores claves: primero que hay problemas estructurales que América Latina no ha podido resolver más allá de las bonanzas económicas y uno de ellos es la productividad. Ejemplo de ello es uno de los datos que resalta el IDH: de las más de 50 millones pequeñas y medianas empresas, el 70% son informales, y dos de cada tres nuevos empleos creados en la región fueron en el sector de servicios, que tiene baja productividad y altas tasas de informalidad.

Un segundo factor es el desgaste institucional que ha tenido América Latina luego de tantos años de abuso de poder. Esto generó que el debate social que requiere el desarrollo económico está totalmente desarticulado y hoy gran parte de los países de la región luchan por sostener sus democracias. Basta con mirar el caos social en Venezuela, la crisis política de Brasil y las ataduras al poder público a través de reelecciones indefinidas en países como Bolivia y Nicaragua.

Quizá no exista mejor ejemplo para ver el retroceso que vive América Latina que analizar lo que fue este 2016 para Venezuela, país abanderado del denominado "Socialismo del siglo XXI". Tras veinte años del chavismo en el poder, hoy Venezuela, se encuentra sumergida en una inflación cercana al 700%, un PIB per cápita que ha caído en 24% en el último año, una ola de saqueos como el del Estado de Bolívar que mostró de forma clara la desesperación de la población por conseguir alimentos ante un gobierno que ya no tiene rumbo.

Tras la victoria de la oposición en las elecciones legislativas a fines del 2015, el 2016 parecía ser un año de esperanzas para balancear el poder en Venezuela. Pero este año que acaba de cerrar tuvo más interrogantes que antes. Tras asumir la nueva Asamblea Nacional con mayoría opositora, el aparato chavista que lidera el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) no ha hecho más que aniquilar las libertades del Poder Legislativo. El TSJ de Venezuela –el mismo órgano que al iniciar el año judicial en 2016 realizara cánticos chavistas en plena asamblea– declaró nulos todos los actos y leyes de la Asamblea Nacional. Ninguno de los que se dice de izquierda denunció este aberrante hecho. Por otra parte, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela impidió que el referendo revocatorio se realizara en 2016 más allá de que en mayo la oposición entregara cinco veces más de las firmas exigidas para concretarse dicho referendo.

Mientras tanto, el líder opositor Leopoldo López sigue privado de libertad desde febrero de 2014 como también el alcalde Antonio Ledezma, quien hoy se encuentra en prisión domiciliaria. En los últimos días, se ha estancado un proceso de diálogo que tiene al Vaticano como uno de los intermediarios ya que el gobierno ha incumplido con los pedidos de la oposición para continuar las conversaciones.

Poniendo una dosis de esperanza, el 2016 también fue el año en que Colombia logró concretar el acuerdo de Paz. Tras perder el plebiscito y escuchar propuestas de opositores al primer borrador del acuerdo, el Senado colombiano aprobó el acuerdo de paz y el 2017 será el año de la implementación. Quizá el más desafiante de todo este proceso.

Mientras tanto, en Nicaragua, a la que tanto le cantó Silvio Rodríguez, hoy tiene al sandinista Daniel Ortega en su tercer mandato junto a su esposa, Rosario Murillo de vicepresidenta. En Bolivia, Evo Morales prepara el terreno para ir por su cuarto mandato en 2019 más allá de que el partido oficialista perdió el referendo para modificar la constitución. En Brasil, tras el impeachment a Dilma Rousseff conducido por parlamentarios involucrados en escándalos de corrupción, no han parado de surgir pruebas de maniobras fraudulentas que involucran a la principal empresa petrolera de Brasil, Petrobras, y empresas constructoras. En Argentina, hace pocos días se confirmó el procesamiento a la ex presidenta Argentina Cristina Fernández por corrupción en obras públicas.

La evidencia de por qué nos cuesta tanto progresar está a la vista. Basta con ver el bajo nivel de debate en el que hemos caído, los silencios cómplices al mirar a países cuyas instituciones de desgarran, para ver qué tan lejos estamos del desarrollo. Parece que nos hemos acostumbrado a crecer de a ratos, a pensar que la corrupción es algo atado a nuestra historia, a que la desigualdad es algo natural en nuestros países.

Siento por momentos que somos una región encerrada en una narrativa del fracaso, la misma que regímenes como los de Maduro utilizan para sacar del centro del debate algo que ellos nunca podrán defender: la inoperancia para gobernar. l

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