El talento político de Canning y la incompetencia militar de Lecor

Los ingleses y la independencia oriental (II)

En la época de la guerra argentino-oriental contra Brasil por la posesión de la Banda Oriental, el interés del Foreign Office de Gran Bretaña, bajo el liderazgo de George Canning, era doble: por un lado, favorecer la independencia de las antiguas colonias españolas en América; y por otro, impedir que una sola nación controlara las dos riberas del Río de la Plata, cuya libre navegación reclamaba.

Londres también deseaba la paz en una región a la que proveía de bienes manufacturados, y en la que compraba abundantes materias primas, pero que se empobrecía por el caos y las guerras civiles.

Las ideas de Canning

A las potencias europeas no les gustaba que sólo dos países, las Provincias Unidas y Brasil, controlaran casi toda la enorme costa atlántica de América del Sur, hizo saber lord John Ponsonby, el mediador británico en Buenos Aires. Canning, secretario del Foreign Office o ministerio de relaciones exteriores, le había sugerido ya a principios de 1826 obtener para Montevideo "una situación semejante a la de las ciudades hanseáticas de Europa". La liga o Hansa fue una exitosa federación comercial y defensiva de varias ciudades portuarias del norte de Europa, con especial influencia alemana, durante la Edad Media y el Renacimiento.

En 1826, a más de diez años de la completa derrota de Napoleón Bonaparte, Gran Bretaña consolidaba la Revolución Industrial y buscaba mercados.

Algunos líderes británicos, como George Canning, creían que a la larga las cuestiones americanas serían más importantes para su país que los asuntos europeos. Él era realista y práctico y estaba varios pasos por delante de sus contemporáneos. La independencia de los países de América Latina era "un acontecimiento que cambiará la faz del mundo", escribió. Creía que una república podía ser tan buena como una monarquía en el club de las naciones. Pero no todos lo veían igual. De hecho, parte del gobierno británico también se sentía comprometido con la "Santa Alianza": la restauración monárquica europea tras las guerras napoleónicas.

Durante la mayor parte de ese período de Canning como secretario de Relaciones Exteriores, que se extendió entre 1822 y principios de 1827, el reconocimiento de las nuevas repúblicas latinoamericanas, rebeldes contra la monarquía española, fue una cuestión importante. Algunos líderes aceptaban que el reconocimiento era sólo cuestión de tiempo. Pero el rey George IV y Wellington, el vencedor de Waterloo y jefe de una facción ultraconservadora tory, se oponían radicalmente a ello y estaban furiosos con Canning, contra quien conspiraron.

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George Canning, Foreign Officer
George Canning, Foreign Officer


"Hispanoamérica es inglesa"

Canning, que no tenía mayor apego a la "Santa Alianza" y no temía a los cambios históricos, impuso su punto de vista gracias al fuerte apoyo del primer ministro, el conde de Liverpool, y después de amenazar con dimitir e informar al público sobre las maquinaciones del rey. La oposición liberal en la Cámara de los Comunes aceptó esa política con agrado. Al fin Londres reconoció al gobierno de Buenos Aires en agosto de 1824, y a los de la Gran Colombia, México y Brasil en 1825.

Canning, quien solía ser elocuente y despiadadamente claro, afirmó en 1824: "Hispanoamérica es libre; y si nosotros no desgobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa". Estados Unidos ya formulaba la Doctrina Monroe, "América para los americanos", pero aún no tenía poder suficiente para imponerla.

Canning fue designado primer ministro de Gran Bretaña en 1827 aunque falleció poco después.

George Canning promovió un mayor peso en la política británica de la opinión pública y la prensa.

"Fue uno de los pocos hombres que han traído talentos trascendentes a la práctica de la política en Gran Bretaña", sostiene una semblanza incluida en el Oxford Dictionary of National Biography. "Sus contemporáneos lo reconocieron como un hombre de extraordinaria capacidad y personalidad, ante quien era imposible ser neutral [...]. Su mayor habilidad y arma era su estilo, tal como se expresa en sus despachos, pero más notablemente en sus discursos. Una y otra vez su oratoria salvó el día para él y sus colegas de la Cámara de los Comunes". Una hermosa calle de Montevideo lleva su nombre, muy cerca de otra, igualmente bonita, llamada Lord Ponsonby.

Las debilidades de los dos bandos en guerra

Durante 1825, en particular tras el triunfo el 12 de octubre en la batalla de Sarandí, los patriotas orientales se apoderaron de casi todo el interior de la Provincia y mantuvieron casi sin combates el sitio de Montevideo. Según Thomas Samuel Hood, cónsul inglés en Montevideo y por entonces proclive a defender los puntos de vista de los brasileños, los éxitos patriotas, más que a mérito propio, se debieron a "la extraordinaria imbecilidad, falta de energía y disciplina militar de su oponente, cuyas acciones (en enero de 1826) están totalmente paralizadas".

La derrota de Sarandí le costó a jefe militar brasileño Carlos Federico Lecor, barón de la laguna, el cargo de capitán general de la Provincia Cisplatina. Francisco de Paula Maggessi, un residente en Montevideo poco popular, fue designado presidente de la Provincia. Lecor partió de Montevideo el 30 de agosto de 1826 para encabezar las tropas brasileñas apostadas en la frontera entre la Provincia Cisplatina u Oriental y Rio Grande do Sul.

En diciembre de 1825 el Brasil había declarado la guerra a las Provincias Unidas, y en enero los argentinos enviaron un ejército en apoyo de las milicias orientales.

Tras el impulso inicial, el ejército argentino-oriental se mostró indisciplinado, escaso de recursos y sumido en permanentes rencillas entre los jefes. Las operaciones parecían muy lentas y abundaban las diferencias entre los representantes de las distintas Provincias, según los informes del cónsul inglés en Montevideo. Algunos jefes hicieron fortunas con el tráfico de ganado y cueros.

Las fuerzas orientales sufrían las desavenencias personales entre Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera.

Lavalleja estaba condicionado por sus alianzas en Buenos Aires que le permitieron iniciar la Cruzada Libertadora. Sin embargo no permitió que las milicias orientales se disolvieran en el seno del Ejército Republicano, como querían sus jefes, sino que mantuvo su cohesión. Rivera, mientras tanto, había quedado solo en la Banda Oriental en 1820, después de la derrota de José Artigas, y entonces pactó con los invasores luso-brasileños. Se alió con Lavalleja y los suyos en 1825, después del discutido episodio conocido como "abrazo de Monzón", actuaba con independencia y tenía mucho predicamento entre la gente sencilla de la campaña oriental.

Después de reñir con los federales argentinos y con Lavalleja, finalmente Rivera se marchó a un exilio en Entre Ríos y luego en Santa Fe. Reaparecería espectacularmente en 1828 cuando, contra la voluntad inicial de Lavalleja y Manuel Oribe, reuniera un grupo de paisanos y conquistara las Misiones Orientales. Fue un hecho decisivo para convencer a Pedro I, emperador de Brasil, de los graves riesgos de continuar la guerra. Al final, su nuevo imperio podría resultar amputado, o incluso atomizarse en múltiples pedazos, como ocurrió con las antiguas colonias españolas.


Próxima nota: Los sitiadores hicieron buenos negocios con el Montevideo sitiado; la primera inflación oriental provino de Buenos Aires; Ponsonby, Trápani y Lavalleja inventaron un nuevo Estado


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