Fin de la Guerra Fría en el continente

Con Fidel Castro alejado de la presidencia, Cuba y EEUU reestablecieron sus relaciones diplomáticas luego de más de medio siglo de conflicto

En la tarde del 7 de febrero de 1962, horas antes de firmar el embargo comercial a Cuba, el entonces presidente de Estados Unidos (EE. UU.), John F. Kennedy, le pidió a su secretario de prensa, Pierre Salinger, que le consiguiera 1.000 habanos cubanos. A las ocho de la mañana del día siguiente, Kennedy lo llamó para que se presentara inmediatamente en la oficina oval.

"¿Tenés los habanos?", le preguntó. El vocero respondió que sí; le había conseguido 1.200 Petit Upmanns, la marca que fumaba el presidente.

"Entonces Kennedy sacó un largo papel y lo firmó –recordó Salinger, en una entrevista en 1992–. Era el decreto de embargo, que prohibía todas las importaciones y exportaciones de la isla. Los habanos cubanos eran ahora ilegales en EE.UU.".

Fue el colofón de un deterioro en la relación de Washington y La Habana que había comenzado a mediados de 1960, cuando Fidel Castro dejó meridianamente claro que las intenciones de la revolución no eran las de llamar a elecciones en Cuba. Fue el rompimiento definitivo, el portazo final, dos meses después de que Fidel pronunciara la famosa frase: "Soy marxista-leninista y lo seré hasta el último día de mi vida", haciendo así ostensible que, además, en la Guerra Fría sus lealtades estarían con la Unión Soviética (URSS).

Ya en enero de 1961, el antecesor de Kennedy, Dwight Eisenhower, había roto relaciones diplomáticas con La Habana, precisamente dos semanas antes de la transmisión de mando en la Casa Blanca.

A dicho rompimiento le siguió una deplorable y fallida invasión de EE. UU. Y al decreto de embargo, una crisis de misiles que –de no ser por el parate que oportunamente le puso Nikita Kruschev desde Moscú– Castro hubiera llevado hasta las últimas consecuencias. Luego, una larga Guerra Fría en la que el antes protectorado de facto de Washington se convirtió en su peor enemigo en el continente. Y 25 años más de continuos antagonismos, reproches mutuos, inquinas y espionaje, siempre con el embargo como telón de fondo y períodos de miseria y penuria para los cubanos.

Hasta el 14 de agosto de 2015. En esa fecha los tres marines que en los primeros días de 1961 habían arriado la bandera de EE. UU. en el predio de su embajada en La Habana volvieron a la capital cubana como parte de la comitiva que acompañó al secretario de Estado, John Kerry, en la histórica reapertura de la legación estadounidense en la isla. Allí sonaron otra vez los acordes del Star-Spangled Banner junto al himno cubano, después de 54 años.

El restablecimiento de las relaciones fue producto de meses de negociación entre los gobiernos de Barack Obama y Raúl Castro, en la que también participó el papa Francisco.

Para el régimen cubano se trató de un asunto de supervivencia. El descalabro de la economía venezolana –principal sostén de Cuba, que había quedado a la intemperie tras la caída de la URSS– y la profunda crisis política que sobrevino a la muerte de Hugo Chávez habían hecho mermar peligrosamente la ayuda económica a la isla. Por otro lado, la apertura económica y el impulso a la iniciativa privada que Raúl había ensayado al interior de Cuba desde que en 2008 heredara el poder de su hermano fracasó estrepitosamente en un país que hacía más de medio siglo había eliminado todo vestigio de propiedad privada. Restablecer relaciones con Washington era ahora una tabla de salvación.

Para Obama, en cambio, era pasar a la historia: terminar de enterrar la Guerra Fría y recuperar al que había sido –con más sombras que luces para los cubanos– el principal aliado de Estados Unidos en el Caribe y uno de los fundamentales en América Latina. Era, además, una forma de arrebatarle a los gobiernos de izquierda de la región su principal bandera, la más agitada por los "antiimperialistas" del socialismo del siglo XXI. Tal vez la jugada más importante para que Washington empezara a recuperar la influencia perdida en la zona.

Queda pendiente aún todo el tema de los derechos humanos en la isla, que mucho se le ha reprochado a Obama, y la apertura democrática de Cuba. Obama confía en que esto último se dará tras el recambio generacional del régimen, y que el emblemático restablecimiento de las relaciones que él inició jugará un papel preponderante en ese proceso de democratización.

Seguramente la historia no lo desmentirá. Raúl y los octogenarios líderes históricos de la revolución van de salida. Y una vez que se levante el embargo, al que ya poca vida le queda, el camino hacia la apertura democrática de Cuba quedará finalmente allanado. O, al menos, el presidente de EE. UU. al que le gusten los habanos cubanos no tendrá que hacer más acopio de ellos en la Casa Blanca.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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