Generaciones

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Ruy Gil, especial para El Observador

El negocio de la carne es fascinante en todo el mundo, lleno de oportunidades y de amenazas. Habitualmente decimos que la producción de carne se ve estimulada por el incremento de la población mundial y el ingreso per cápita de países que hasta hace unos pocos años estaban sumidos en el subdesarrollo.

Sin embargo, como todo cambio transgeneracional que resulta imperceptible a la vista de quienes explican los fenómenos culturales sólo a través de sus experiencias, existen un sinnúmero de amenazas que el sector cárnico mundial debe enfrentar en un plazo no muy lejano. Las nuevas generaciones, como reacción al mundo de sus padres en que los estímulos económicos priman por encima de todo, han empezado a valorar el cuidado del ambiente, los animales, las manifestaciones culturales y la sensibilidad social. Quienes pasamos los 40 años no entendemos este fenómeno y lo tildamos de moda pasajera, al igual que nuestros padres veían con estupor que nosotros de jóvenes pusiéramos el éxito y el reconocimiento personal por sobre las instituciones y organizaciones.

Hoy las nuevas generaciones comparten una mayor cantidad de valores y sentido de pertenencia como grupo etario alrededor del planeta que con sus propios compatriotas de otras edades. Una imagen de maltrato hacia los animales tiene repercusión instantánea y mundial no sólo por los medios de comunicación y las redes sociales, sino porque estas generaciones comparten valores universales y transculturales.

Las nuevas generaciones han empezado a valorar el cuidado del ambiente, los animales, las manifestaciones culturales y la sensibilidad social Las nuevas generaciones han empezado a valorar el cuidado del ambiente, los animales, las manifestaciones culturales y la sensibilidad social

La generación a cargo de tomar las decisiones en la actualidad reconoce los problemas ambientales e invierte esfuerzo en negociar cómo mitigarlos y hacerles frente. Sin embargo, no se cumplen con los tratados o bien directamente se denuncian. Lo que no nos hemos dado cuenta es que cuando peinemos canas y nuestros hijos ocupen los lugares de decisión, estos puntos no serán negociables, simplemente se exigirá cumplirlos.

¿Qué quieren ellos? Respetar la naturaleza y los derechos de los animales. Tanto así que los grupos fundamentalistas de vegetarianos aprovechan a sumar adeptos de formas cada vez más inteligentes. "No coman carne una vez por semana" promocionan conocidas figuras de la música, el cine y artistas internacionales.

Estos jóvenes además han crecido dentro de un fenómeno global de urbanización. La leche ya no viene de la vaca, sino que viene del supermercado. La producción de animales para carne tiene como única referencia la mascota con la cual juegan en su casa y a la que dedican su afecto y protección.

Claro está que son generaciones que aún no ocupan lugares de toma de decisiones, ¿pero qué se necesita?, ¿diez o veinte años? En suma, más mundano y personal; ¿podré hacer un asado bajo el encanto del fuego de una parrilla a mis nietos o me verán cómo un cavernícola?

Esta mirada parece la del libro de Aldous Huxley titulado Un mundo feliz; futurista y disruptivo con todo lo conocido. A las producciones de carne de pollo, cerdo, ovinos, vacunos y hasta de pescado, se les acusa de todo. Son generadoras de resistencia a los antibióticos, producen gases efecto invernadero, usan recursos con los que se podría alimentar a más personas, desforestan el planeta, desertifican los suelos y todo aquello que se les ocurra.

En el muy corto plazo, competimos entre las carnes, entre los países y las corporaciones. En las cadenas los productores, industriales y minoristas forcejean por capturar el mayor valor posible, o bien, por integrarse verticalmente. Los precios de los animales, los ingresos de la industria y el comportamiento de los mercados abonan permanentemente esta mirada de apenas unos centímetros delante de nuestras narices. Todo este esfuerzo por competir se vuelve estéril y efímero ante una incipiente sequía, o ante la adulteración de productos con carne de otras especies, o ante la política arancelaria caprichosa de un mercado, o ante el Brexit haciendo temblar las cotizaciones de las monedas, o ante las elecciones de EEUU afectando los mercados bursátiles.

Cabe preguntarse si las distintas carnes comparten desafíos comunes. Si los sistemas de producción son atacados desde diversos frentes. Y si los países por encima de competir no deben primero velar porque haya un mercado por el cual pujar en el futuro.

Como nunca en la historia tenemos objetivos comunes por los cuales trabajar desde las distintas producciones de carne, países e integrantes de las cadenas productivas y comerciales. Es verdad que las generaciones a cargo nos brindan oportunidades ciertas, donde la carne es un producto apreciado, valorado y al que se le reconocen atributos diferenciales. Sin embargo, las generaciones de relevo han mostrado ser muy severas con lo que hemos hecho del mundo.

Ellas son las primeras generaciones con sentido de pertenencia global donde las fronteras no tienen significado alguno. Desafíos inéditos demandan esfuerzos inéditos por parte del sector cárnico mundial, estableciendo una comunicación directa y unísona con estas nuevas generaciones.

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