Los números no abaten la percepción

Pese a las cifras del ministerio del Interior, la sensación de inseguridad permanece
Al menos no hubo los exabruptos que suelen decorar los enfrentamientos en el sector público o entre dirigentes partidarios. Pero igualmente desconcierta el entredicho sobre seguridad entre quienes encabezan dos de los tres poderes del Estado. El presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Chediak, describió la situación en forma precisa al señalarla como mejor en el interior pero "preocupante" en Montevideo. El presidente Tabaré Vázquez le retrucó tratándolo gratuitamente de desinformado y refiriéndolo a los números favorables que emergen del Ministerio del Interior. Las estadísticas, sin embargo, no abaten la percepción popular de una indeclinada ola delictiva, especialmente entre los comerciantes y otras personas que son diariamente víctimas de los malhechores, y quienes siguen la información de los medios.

La realidad tiene facetas encontradas. Es evidente el mejoramiento del accionar policial gracias al aumento de efectivos, reformas operativas en su estructura, equipamiento más moderno y completo, mejores salarios y depuración de corruptos. Es igualmente notorio que la mayor capacidad represiva de la Policía no basta para frenar los constantes asaltos a comercios de todo tipo, a transeúntes y hasta a personas que buscan seguridad encerrándose en sus casas. La población carcelaria ha llegado a una cifra sin precedentes de más de 11 mil reclusos, indistintamente atribuible a mayor eficacia policial y judicial o a un aumento de delitos.

El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, aseguró que el año pasado las rapiñas bajaron casi 4% y han caído 8,8% en lo que va del año. Informó que también bajaron los homicidios 9,8% en 2016, aunque hubo "un pequeño aumento" en los hurtos. No hay razones para poner en duda las cifras del ministro. Pero son insuficientes para convencer a la población, especialmente en Montevideo, de que la delincuencia está en retirada. Bonomi incluso citó cifras de otros países para reiterar el argumento inobjetable de que Uruguay es el país más seguro de la región. Tener porcentajes de delincuencia inferiores a los de México, Venezuela, Brasil o Argentina, sin embargo, no lleva a que los uruguayos se conformen con estar mal porque otros pueblos están peor.

Chediak, en declaraciones a El País, había señalado que "hay una situación importante de baja de la seguridad" y que, si bien "es verdad que el interior del país es de las zonas más seguras de América Latina, Montevideo tiene una situación preocupante". Su evaluación, ajustada a lo que ocurre, no merecía la reacción irónica de Vázquez de que "hay personas que parecen que no están bien informadas, que no conocen la realidad de cómo vienen disminuyendo los delitos contra la propiedad, los robos y las rapiñas". En vez de aducir que el presidente del máximo tribunal del país no sabe lo que pasa en su jurisdicción, habría correspondido, junto con destacar los logros del Ministerio del Interior, reconocer también la fundada percepción persistente de inseguridad de gran parte de la población. Esta hubiera sido una equilibrada actitud de transparencia, virtud que suele estar ausente en los frecuentes empeños oficiales de sobreestimar lo que se hace bien y tratar de barrer bajo la alfombra lo que todavía no se ha logrado.

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El Observador

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