Nando Michelin, el uruguayo que enseña en la escuela del jazz

El jazzista uruguayo, radicado en Boston, repasa su trayectoria

Por Alexander Laluz, especial para El Observador

En Montevideo, con el último aliento de los años ochenta. "Yo quiero hacer eso", dijo Fernando Michelin, que entonces tenía alrededor de veinte años, al descubrir la música de Egberto Gismonti por recomendación de Álvaro Carlevaro, su profesor de guitarra. Bastó que el artista brasileño hiciera resonar una nota en la sala de conciertos para que Michelin pasara de la fascinación a la certeza: "Yo quiero hacer eso".

Más de dos décadas después, en 2016, desde Boston, el lugar que eligió para radicarse y convertir al piano y al jazz en la razón de ser de su vocación creativa, dice: "Gismonti fue un ejemplo de cómo buscar esa profundidad en la música, esa espiritualidad que está más allá de las notas que se tocan, y yo quería lograr eso".

Con un elogiado catálogo de ediciones discográficas que llevan su firma –que puede escucharse en nandomichelin.bandcamp.com– y una intensa carrera como docente en la Berklee College of Music, el intérprete y compositor uruguayo juega desde hace años en la primera división del jazz en Estados Unidos. En su hoja de ruta figuran proyectos como solista y en conjunto con nombres de la talla de Esperanza Spalding, Andrés Serrano, Jerry Bergonzi, entre muchos otros. Y su agenda está poblada de actividades, tanto a nivel local como fuera de fronteras. Una de ellas la anunció hace pocos días en su cuenta de Facebook, acompañada por la reproducción de una pintura de Jackson Pollock: una serie de conciertos en San Pablo, Brasil, junto a varios amigos y viejos conocidos de la práctica jazzística. Las presentaciones en Montevideo, pese a su manifiesto deseo de concretarlas, siguen en la lista de espera. Desde 1989, cuando se radicó en la capital del estado de Massachussets, para iniciar los estudios en Berklee, el motivo de sus regulares regresos a la ciudad natal siguen siendo sólo los afectos familiares y el encuentro con amigos.

La ciudad, las ciudades

El jazz es una voluminosa enciclopedia de la música contemporánea. Para no naufragar en el intento de escudriñar en sus voces –estilos, corrientes, escenas, biografías–, hay que construir un ángulo para mirar, para escuchar, para comprender. Nando Michelin lo construyó desde una base de operaciones privilegiada, en Boston, y sobre los cimientos de una vasta experiencia pedagógica, interpretativa y compositiva.

La escena musical de la ciudad, relata, tiene como principal motor la nutrida población de estudiantes que acoge la red de universidades locales. Y a diferencia de lo que ocurría en Montevideo, cuando dio los primeros pasos firmes en la música, esta dinámica genera muchas oportunidades para experimentar y para tocar en vivo. Pero esta virtud, reconoce, tiene su contracara. Mientras que cada año mucha gente se incorpora a esta escena, otro tanto vuelve a sus lugares de orígenes, lo que suele conspirar contra proyectos musicales a largo plazo. No es una ley inexorable; la excepciones también marcan tendencia, y Michelin es una de ellas: "He tenido la suerte de participar de varios proyectos diferentes, con otros músicos, además de sostener los personales, que son de largo aliento".

La referencia a Nueva York, el otro polo jazzístico que está a poco más de 350 kilómetros de Boston, es inevitable. Todo parece estar ahí: un extenso y diverso mosaico de posibilidades, de propuestas que históricamente han tenido un nivel muy alto. Encandilarse con esta escena es fácil. Pero en las últimas décadas, dice el artista uruguayo, se encuentran músicos increíbles en cualquier parte del planeta. Quizás por eso, quizás por tener un estilo de vida que no le atrae, su vínculo con la ciudad que nunca duerme tiene boleto de ida y vuelta: "Varios músicos me han invitado últimamente a participar en sus proyectos allí. Y otro motivo para ir es que allí se radicó mi hijo, que es baterista". Y Boston sigue siendo la estación de regreso; es, proclama, la ciudad que siente como su casa, aunque Montevideo, a más de ocho mil kilómetros al Sur, siga siendo su ciudad: "Mi ciudad".

Huellas, trayectos

Para el docente de piano de la prestigiosa Berklee, para el intérprete que firma a la par con Esperanza Spalding, las huellas de la musicósfera montevideana siguen frescas en su mapa de referencias. Hugo Fattoruso, Jaime Roos, Eduardo Mateo, Fernando Cabrera, Leo Maslíah. "Ellos son ídolos, referentes ineludibles". Las nuevas generaciones, también, ya que el nivel que tienen es muy interesante.

Con el candombe, con la milonga, ocurre algo similar: son marcas musicales que están engarzadas a sus señas de identidad musical, al punto que los músicos que lo conocen y que conocen algo de música uruguaya se lo remarcan en cada conversación sobre su estilo interpretativo. Pero esa traza de uruguayez, reconoce, no se alimentó de un contacto directo, estrecho, con estas prácticas tradicionales, ni se proyecta como cita, ni como elemento descriptivo, ni como tópico, al texto musical. Es, acaso, una presencia sutil; un elemento velado, un aire que atraviesa el fraseo, la articulación rítmica: "Nunca intente ser un musicólogo o reproducir el estilo en su forma original. En ese sentido, el aporte del trío Opa fue único acá, en Estados Unidos. Lo mío es muy subliminal".

El jazz le ha permitido trabajar de una forma dinámica, profunda, con estas y con otras tantas fuentes musicales, y abrir nuevos trayectos en sus exploraciones. Más que un género de fronteras blindadas, el jazz es una forma de encarar la música; sus fronteras se gozan en la porosidad, en la capacidad de incorporar elementos de otras músicas y de otras disciplinas artísticas. Por ese camino, Michelin ya transitó por el flamenco, las técnicas de las artes plásticas, los cantos del Candomblé, y los conceptos einstenianos del tiempo. Y también recaló en el universo poético, en el que abrevó de los textos de Mario Benedetti para dar forma al disco Como árboles (2011), y en los de Juana de Ibarbourou, para Juana de América (2014). "La búsqueda en la poesía fue para mi una forma de no exponerme a ser una "caricatura" de mi mismo. Y Benedetti y Juana, que son totalmente diferentes, me obligaron a buscar caminos armónicos y melódicos muy ricos en sus diferencias, en sus contrastes". Actualmente, que está finalizando un registro con la poesía de Joao Cabral de Melo Neto (1920-1999), de Brasil, junto al cantante, compositor y bajista Ebinho Cardoso, esa búsqueda se amplió: "Este proyecto me fuerza, para bien, a considerar el gusto artístico de otra persona además del mío, y me lleva a direcciones artísticas diferentes, muy estimulantes".

La palabra, la naranja

Más que un trabajo técnico, mecánico, estas exploraciones apuntan a algo más profundo: la lección de Gismonti. Que el jazz sea una forma de encarar la música, subraya, define un complejo de opciones, desde qué notas tocar hasta cómo tocarlas. "En cuanto a la técnica interpretativa, lo más importante es llegar al punto en el que uno puede dejar de preocuparse en qué tocar y permitir que la personalidad artística tome el control del cómo tocar". Y esto no siempre se puede explicar con palabras. La experiencia suele ser escurridiza, sobre todo cuando se apunta a algo más profundo. "¿Cómo se describe el gusto de una naranja? Una vez que se la prueba ya se sabe cuál es el sabor y en ese momento la descripción se vuelve innecesaria". Lo importante está en otro plano: "Cada uno percibe en la música, o en la poesía o en los sabores, emociones muy personales que nos completan como seres humanos".


Populares de la sección