Pistas sobre la educación en el mundo (4)

El desafío en plasmar un perfil de egres yace en cómo reorganizamos los niveles educativos y su vinculación

Por Renato Opertti - Especialista en Educación, OIE-Unesco

En el tercero de esta serie de artículos señalábamos que los perfiles de egreso, esto es lo que se espera que el estudiante logre al completar un nivel educativo cualquiera, tienden a definirse en torno a ciclos etarios y a una serie de competencias que son consideradas las bases de un actuar individual y ciudadano competente en la sociedad. Ahora bien, el desafío en plasmar un perfil de egreso, supongamos para las edades de 3 a 18 años, yace fundamentalmente en cómo reorganizamos los niveles educativos y la vinculación entre ellos.

La estructura tradicional de niveles educativos compartimentados tiene, en general, dificultades para dialogar y construir colectivamente –son los casos más notorios entre educación primaria y media, y entre media y terciaria–. Choca fuertemente con la idea de un perfil de egreso que aspira a priorizar las necesidades de desarrollo integrado y balanceado del estudiante, así como apoyar una progresión fluida y armoniosa en los aprendizajes. Precisamente, la compartimentación de niveles implica, en los hechos, que los estudiantes sean las víctimas de la ausencia de una visión y de una acción compartida entre ellos. A vía de ejemplo, si las maneras en que se enseñan las matemáticas en primaria difiere sustantivamente de cómo se lo hace en la educación media, y asimismo no hay continuidad en el abordaje y en los contenidos de los temas, se violentan las oportunidades de aprendizaje de cada alumno, y en particular de aquellos con más necesidad de ser apoyados. Previsiblemente el resultado sea las altas tasas de expulsión generadas, en gran medida, por una mala praxis del sistema educativo.

Alternativamente a una educación de feudos, la tendencia en el mundo es progresar hacia formas más integradas y coherentes de organización de los niveles educativos. Los sistemas educativos deben ajustar sus estrategias curriculares, pedagógicas y docentes a las maneras de aprender de alumnos. Precisamente, la nueva agenda educativa mundial 2030 aprobada en el 2015, que compromete a los Estados miembros de las Naciones Unidas en el logro de una serie de metas al 2030, se refiere, entre otras cosas, a universalizar el egreso de una educación de calidad equitativa de 12 años valorada por la relevancia y la efectividad de los aprendizajes. Un ejemplo que va en esta dirección es el Programa de Educación Básica en África, impulsado por la Unesco, que consiste en desarrollar una educación mínima obligatoria ininterrumpida e integrada de nueve a diez años sustentada en enfoques por competencias. La experiencia nórdica se orienta en similar dirección.

A la luz de estos desarrollos, un perfil de egreso de 3 a 18 años podría anclarse en una educación básica ampliada que integre los niveles inicial, primario y medio (3 a 14) y en una educación de jóvenes que combine educación secundaria y técnico-profesional (15 a 18). La educación básica y de jóvenes compartirían una visión educativa de conjunto, un núcleo de temas y contenidos fundamentales a desarrollar, una concepción unitaria de centro educativo, estrategias de enseñanza y de aprendizaje, criterios e instrumentos de evaluación de los estudiantes y un núcleo de docentes formados para apoyar ruteros personalizados y progresivos de aprendizaje (sin discontinuidad entre los niveles). Esto no implicaría, en modo alguno, la “colonización” de un nivel educativo por otro –no se trata de primarizar la educación inicial ni la media– sino de concebir una nueva forma de organizar la educación.

Discutamos tres implicancias fundamentales de esta idea. En primer lugar, se tendría un marco educativo, curricular y pedagógico común a los niveles inicial, primario y medio, articulado precisamente en torno a la educación básica ampliada y a la educación de jóvenes. Dicho marco reflejaría un acuerdo político, ciudadano, social y educativo sobre para qué, en qué y cómo educar involucrando diversidad de instituciones y actores de dentro y fuera del sistema educativo. Dicho marco tendría un carácter vinculante para la definición de los planes y programas de estudio de cada nivel incluida la evaluación. Sobre esta definición serían luego direccionadas las inversiones que se requerirían para realizar los planes de infraestructuras, equipamientos y materiales de enseñanza y de aprendizaje.

En segundo lugar, se abrirían espacios y oportunidades para que en el Estado, la sociedad civil y el sector privado se articulen diversidad de propuestas alineadas con el perfil de egreso de 3 a 18 años y en las modalidades de educación básica y de jóvenes. El Estado garante aseguraría que ese abanico de propuestas contribuyera a universalizar oportunidades educativas de calidad para todos.

En tercer lugar, empoderaría a los centros educativos para que con los debidos apoyos de un sistema educativo pensado para apoyar a los alumnos, asuman plenamente la responsabilidad de buscar las estrategias pedagógicas más eficaces para igualar en los resultados.

En definitiva, una educación que sirva a un actuar competente en sociedad tiene que buscar las maneras en que todos los componentes de un sistema educativo tengan una función clara, vinculante y de corresponsabilidad con sostener los procesos de enseñanza y de aprendizaje.



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