Recuento de daños

Aunque el mundo fue más violento y agitado en 2016, algún buen augurio puede cristalizar en el próximo 2017
En el balance, 2016 ha visto un mundo convulso, dominado por las crisis humanitarias, la amenaza terrorista, la globalización de los conflictos, las tensiones entre las grandes potencias, el fortalecimiento de Rusia, la rebelión populista en los países desarrollados y el giro a la derecha en América Latina.

El avance del terrorismo y el extremismo islámico fue la tónica en un año que llegó precedido por unos días de los brutales atentados en París, siguió con la masacre de Orlando y el atentado en Niza y cerró con el atentado a un mercadillo navideño en Berlín. A todo ello se sumó el crecimiento del terrorismo que jalonó al 2016 en todo Medio Oriente con la barbarie del Estado Islámico.

Pero si algo marcó un antes y un después en el año que concluye, fue el estado de alerta terrorista y las reacciones que desató en toda Europa y Estados Unidos. Parece haber quedado más claro que nunca que existen en esos países inmigrantes de segunda generación –muchos de ellos nacidos allí–, jóvenes de origen musulmán que se sienten discriminados o alienados por la cultura de adopción, dispuestos a atacarla en sus entrañas.

Al mismo tiempo, fue el año en que se agudizó la crisis de los refugiados, una profunda crisis humanitaria que expulsa gente hacia una Europa desbordada. Las intervenciones de Estados Unidos en Libia y en Siria han inundado al viejo continente de refugiados e inmigrantes escapando de la guerra y la miseria. En el mundo hay hoy más de 60 millones de desplazados, más de los que hubo después de la Segunda Guerra Mundial, el peor conflicto en la historia de la humanidad.

Fue el año también de la llamada rebelión populista, que amenaza al orden mundial y al dominio de las élites y de la burocracia internacional en Occidente. Movimientos radicales de derecha e izquierda tuvieron un avance sin precedentes en los países desarrollados.

El ascenso de Donald Trump en Estados Unidos vino precedido del voto por el Brexit en el Reino Unido (con una campaña de rechazo a la Unión Europea), el crecimiento del Frente Nacional en Francia, el de los nacional-populistas en Holanda y Austria, el de Podemos en España, y seguido de la derrota de Matteo Renzi en Italia a manos de los populismos de izquierda y de derecha, que crearon el efecto sándwich que ahora parece asomar también en Alemania.

¿Y el futuro?

Es un orden mundial que parece tambalear a las puertas de un 2017 que podría deparar una ruptura en ese sentido. No está claro cuál será el futuro de la Unión Europea, el papel que habrá de jugar Estados Unidos en el mundo con Trump en la Casa Blanca y cómo terminará de incidir el factor Vladimir Putin, que desde Moscú empuja las fronteras de la OTAN y le disputa (y hasta le gana) zonas de influencia con políticas expansionistas.

Todos estos fenómenos están íntimamente relacionados. La rebelión populista abreva en dos sentimientos fundamentales de los pueblos de Occidente: la reacción antiinmigración y el rechazo al establishment.

Esto es, a las élites nacionales e internacionales por las que se sienten dejados de lado. A su vez, el sentimiento antiinmigración viene espoleado en buena medida por la crisis de los refugiados en Europa, que ha encendido las alarmas entre amplios sectores de la población ante los atentados terroristas en suelo propio.

Y a su tiempo, el terrorismo y la crisis de los refugiados tienen su epicentro en Libia, Afganistán, Irak y Siria. Sobre todo, en el conflicto sirio, donde Estados Unidos se empecinó en armar y financiar terroristas con el fin de derrocar al régimen de Bashar el Assad, aliado de Putin.

Fue en este 2016 que quedó finalmente en evidencia la nefasta estrategia seguida por Washington en ese país. El gobierno de Barack Obama se dejó llevar por la CIA, los neoconservadores de Washington y la llamada comunidad de inteligencia para insistir en un "cambio de régimen" que les garantizara un gobierno aliado en Damasco.

Hicieron caso omiso a la propuesta de Putin de "compartir aliado" y desistir de esos oscuros intentos de derrocamiento, que han sumido a Siria en el caos, la masacre y la destrucción.
Compartir aliado en Siria –como proponía el líder ruso– significaba compartir influencia, que es al fin y al cabo lo que ambas potencias se disputan en esa zona del mundo rica en gas y petróleo. Y Siria tiene un valor estratégico señaladísimo en ese ajedrez.

Pero los cerebros de la CIA no estaban dispuestos a ceder ante Rusia y convencieron a Obama de su estrategia. De ese modo, llevaron a Estados Unidos a una derrota estrepitosa al cierre de este 2016: la caída de Alepo en manos del gobierno sirio, ciudad que los rebeldes ("moderados" según Washington), muchos de ellos extranjeros y en su mayoría extremistas islámicos, habían sitiado durante cinco años con el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudita y Catar.

El resultado ha sido la victoria inocultable de Putin sobre los intereses de Occidente y su consolidación como líder de insoslayable gravitación en el escenario global.

Súmesele a eso que tanto Trump como los demás líderes populistas en ascenso lo ven con simpatía, y tenemos otra vez a un mundo de creciente dominio bipolar, en el que Rusia recuperó un terreno fenomenal desde la época post Guerra Fría, cuando la llamada Pax Americana situaba a Estados Unidos como la única superpotencia sin rival a la vista (la "hiperpotencia", como llamó entonces el reconocido internacionalista francés Hubert Védrine). Mientras Rusia era objeto hasta de burlas por parte de algunos intelectuales e internacionalistas que la consideraban "una Nigeria con armas nucleares".

Ese escenario cambió sustantivamente, y 2016 fue el año en que ese cambio se hizo patente.

Latinoamérica

En América Latina, 2016 fue el año que afianzó el giro a la derecha que se perfila entre los gobiernos de la región.

La llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada en Argentina y la investidura de Michel Temer en la presidencia de Brasil –tras la destitución de Dilma Rousseff– representaron un golpe de timón trascendental en las políticas de los dos grandes del Mercosur.

En cuestión de meses, suspendieron a Venezuela del bloque regional e impidieron que asumiera la presidencia pro témpore, algo impensable hasta el año pasado.

La profunda crisis y los abusos del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, la revelación de los megaescándalos de corrupción de los gobiernos del PT en Brasil y del kirchnerismo en Argentina, han desprestigiado consistentemente a la izquierda regional, que se bate en retirada tras más de una década en el poder. las elecciones de 2017.

Todo lo cual cierra un 2016 extremadamente violento y tumultuoso, que augura un 2017 tal vez poco placentero, aunque es posible que alguna sorpresa surja en las políticas hacia Medio Oriente por el lado de Donald Trump.

Escándalos y turbulencias

A su vez, todos estos escándalos y turbulencias políticas han bajado los bonos de la región en el mundo, después de haber sido una "darling" de los mercados (con el Brasil de Lula a la cabeza) durante los años de la larga bonanza económica.

Hoy toda esa credibilidad se derrumbó ante la fuerza de los hechos: los escándalos de corrupción han vuelto a echar un manto de duda sobre la región; la crisis venezolana y la imagen del régimen de Maduro oficia como una gran piedra en el zapato de sus aliados, y el Mercosur navega a la deriva en la peor crisis desde su fundación.

De ese modo, pareciera que se ha abierto una suerte de impasse para América Latina, a la espera de que recupere definitivamente la estabilidad política y se gane otra vez la confianza.

Por otra parte, tampoco ayudó que el proceso de paz en Colombia fuese rechazado por la ciudadanía el pasado 2 de octubre mediante plebiscito.

Cualesquiera hayan sido los motivos (todos ellos muy legítimos, desde luego, y en buena medida compartibles) del pueblo colombiano para rechazar los acuerdos con la guerrilla de las FARC, lo cierto es que a ojos del mundo fue visto simplemente como un "no" a la paz en el único país del continente donde persistía un conflicto armado.

Por más que el presidente Juan Manuel Santos haya ahora renegociado el acuerdo y este haya sido aprobado por el Congreso colombiano, no dejan de ser señales un tanto confusas hacia el exterior, amén de que los partidarios del "no", encabezados por el expresidente Álvaro Uribe, se siguen resistiendo a lo acordado.

Mientras, en Bolivia, Evo Morales perdió el referéndum con el que pretendía perpetuarse en el poder más allá de 2019.

En Perú, ganó la derecha liberal de Pedro Pablo Kuczynski.

Y Chile vio este 2016 el resurgimiento de la figura del expresidente Sebastián Piñera, que encabeza las encuestas de cara a las elecciones de 2017, tras el pronunciado desgaste y la caída en la popularidad que sufrió la presidenta Michelle Bachelet a partir de una serie de escándalos de corrupción (uno de los cuales involucra a su propio hijo) y por los que en 2015 debió pedirle la renuncia a su gabinete en pleno.




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