Roy Berocay: El niño escritor

"Nunca supe que podía escribir cuentos, simplemente un día empecé y luego seguí...", confésó en los 80s cuando era periodista policial

Por la época de 1980, el más exitoso escritor contemporáneo de cuentos dedicados al público infantil y adolescente que tiene hoy este país se ganaba la vida con un quehacer que de alguna manera le permitiría afianzar el uso de herramientas narrativas para sustentar, a su tiempo, el oficio de escritor, que ya comenzaba a vislumbrar y al que desde siempre quiso abrazar.

Mucho tiempo antes de que se diera a conocer masivamente con la saga de cuentos que narra las peripecias del entrañable sapo Ruperto, Roy Berocay ya despuntaba el vicio de la escritura al publicar cuentos cortos cada semana en un suplemento que acompañaba la edición dominical de El Diario.

Pero su experiencia periodística había comenzado un poco antes, cuando se decidió a presentar algunas notas para un suplemento cultural del diario El Día, y continuaría años después ya consolidado al frente de la corresponsalía de la agencia de noticias Reuters en Montevideo.

Aquella primera vez lo hizo convencido de que le pagarían por hacerlo y que eso, a la larga, sería su trampolín hacia la literatura, una de las pasiones de su vida, al igual que la música, que aún hoy sigue cultivando con idéntico esmero y entusiasmo, junto con algunos de sus hijos.

Pero su trayectoria en el periodismo, que incluyó colaboraciones en publicaciones como El Dedo, Guambia, Zeta y Tres, además de un pasaje por el semanario Búsqueda, entre otros medios, no hizo más que cobijar e ir apuntalando poco a poco la trayectoria del escritor.

Como reveló en algunas entrevistas, el camino hacia el éxito, que le llevó casi tres décadas, fue empedrado y no resultó fácil. Antes de aterrizar en el periodismo había tenido variados empleos que nunca terminaban de agradarle y apenas le permitían obtener el sustento básico para mantener a su numerosa familia, a la que dio forma con cinco hijos.

Pese a las dificultades, la meta era clara: en algún momento de su vida tendría el intransferible placer de dedicarse de lleno a su afición, la escritura, y terminaría viviendo de la literatura, algo que en un país como Uruguay puede parecer a priori una quimera, utópica e inalcanzable.

Admirador del escritor estadounidense Ray Bradbury, del argentino Ernesto Sabato y del japonés Haruki Murakami, entre otros, admitió más de una vez que, en su caso, escribir excede lo meramente profesional, ya que es una verdadera necesidad.

Hoy podría jactarse –aunque difícilmente lo haría por su carácter reservado, de perfil bajo, y por poseer un nombre que en general ha estado alejado de las grandes marquesinas– de ser el escritor que sin discusión revolucionó y revalorizó la literatura infantil en Uruguay. Y no solo en aquí, porque sus libros también se venden fuera de fronteras, como, por ejemplo, en Argentina y otros países del continente.

Sin saber exactamente por qué, un día comenzó a escribir para el público infantil, convencido, eso sí, de que los niños merecen el mismo respeto y tratamiento que los adultos y, por consiguiente, tienen el derecho a leer textos creíbles y de calidad.

Multipremiado y con un reconocimiento tan merecido como tardío, Berocay sigue escribiendo, como el primer día, aquel en que se planteó ser lo que hoy es.

Hincha de Montevideo Wanderers, además de músico sólido y con una trayectoria respetable, vivió algunos años de su niñez en Estados Unidos, y en la actualidad, además de padre y esposo, es abuelo y también bisabuelo.

Hoy, a los 61 años, con la misma humildad de siempre, desde su refugio permanente de Las Toscas, no piensa sino en continuar recreando ese universo de personajes que fascina al público infantil, cautiva a los mayores y –además de generarle innumerables satisfacciones personales– le permitió darse un enorme gusto y seguir alimentando sueños, propios y ajenos.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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