Sagas de un vikingo posmoderno

El New York Times Magazine le encomendó el año pasado al escritor noruego Karl Ove Knausgaard que hiciera una crónica de la llegada de los vikingos a Norteamérica
No es la primera vez que se aborda desde esta columna la obra de Karl Ove Knausgaard, considerado como uno de los mejores escritores vivos. Este noruego de canoso y sucio pelo rubión, barba rala y constante cigarrillo en los labios, es famoso por haber publicado entre 2009 y 2011 seis voluminosos tomos de una obra autobiográfica que tituló Mi lucha.

En estilo confesional, y con la misma carga de desgarro emocional y de sapiencia en el crudo manejo de su literatura, Knausgaard reina hoy en la narrativa realista.

En el invierno boreal de 2015, alguien del New York Times Magazine (posiblemente, su editor, Jake Silverstein) contactó a Knausggard en Suecia, donde vive luego de haberse ido de Noruega, y le preguntó si estaría dispuesto a escribir una crónica sobre los primeros asentamientos vikingos en América del Norte, en la isla canadiense de Terranova, y en el estado yanqui de Minnesota, donde además a lo largo del siglo XIX la inmigración noruega formó un verdadero enjambre.

El escritor aceptó encantado y tomó un avión hasta Toronto, para luego aterrizar en Terranova y comenzar su particular viaje para volver a transitar un itinerario que sus antepasados de cascos con cuernos y barcos de madera con proas de dragones navegaron y caminaron hace más de mil años.

Las crónicas, divididas en dos largos capítulos y tituladas Mi saga, recuerdan a las sagas medievales escandinavas (tan amadas por Jorge Luis Borges) que narraron las aventuras de Eric el Rojo al llegar a Groenlandia y más allá aún, a un territorio ignoto donde crecían las viñas silvestres.

Esta saga moderna –o posmoderna–, tiene a Knausgaard como protagonista en primera persona: un ojo que capta instantes, que evalúa situaciones y estados de ánimo, que describe inmensos paisajes, y una mano que traduce en embudo a palabras el resultado de ese tránsito físico y mental.

El noruego es parco, silencioso, reflexivo; duro, en una palabra. Pero esta dureza no es monocorde, porque esconde detrás un sentido del humor, de la ironía, de la sinceridad, del sarcasmo y de la delicadeza, que equilibran su tosca y a veces involuntariamente tosca exterioridad.

Knausgaard debe enfrentar algunas tontas situaciones humanas en las que se envuelve: olvida la libreta de conducir en Suecia y no puede manejar en Canadá; no tiene saldo en el celular; paga un remís; llega a un descampado congelado donde la puerta de un museo está cerrada. Su saga no tiene la grandiosidad épica de los vikingos, sino que está cargada de nimios detalles cotidianos (un cigarrillo encendido que se cae dentro de un auto alquilado, un wáter que se desborda luego de tirar la cisterna, y otros), que vuelven sugestiva una narración que presenta en primer plano la voz del escritor reflexionando sobre el sentido del viaje y de ese misterio que llama "América".

Vuela a Cleveland, se encuentra con el fotógrafo del New York Times y juntos emprenden el viaje hacia un pueblito de Minnesota donde existe una especie de piedra rúnica que es (sería...) huella de la presencia vikinga en la zona, aunque hay enormes dudas al respecto.

Knausgaard desprecia las decenas de suburbios pobres de las ciudades de Estados Unidos, se emociona hasta las lágrimas con los paisajes naturales nevados y llenos de una luz espectral pura tan diferente de la contaminación y la decadencia urbana. Crea una parca pero creciente relación con el fotógrafo, Peter van Agtmael, un experiente reportero gráfico que ha cubierto Afagnistán e Irak, entre otros trabajos.

La crónica, el viaje, también es un recorrido por ese gigantesco país llamado Estados Unidos, por los meandros de su sociedad y sus ritos, por los centros desbordados y los bordes céntricos de su realidad. Aparecen clichés y sorpresivas revelaciones. En determinado momento, Knausgaard se pregunta: "¿Qué es la cultura, sino un conjunto de prejuicios?" El recorrido prosigue hasta el encuentro del escritor con sus distantes primos yanquis, en un pueblo perdido de Dakota del Norte.

Ambos artículos están disponibles aquí .Es una hermosa oportunidad de leer a un autor fundamental, en una tarea profesional concreta en un tiempo acotado y por encargo, congelándose a la intemperie hasta la médula, escribir desde la tripa y producir esa tibia forma de felicidad que es leer una buena historia.

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