Sangre y arena

Que el mundo me conozca, de Alfred Hayes, es una novela tan poderosa como cáustica sobre los sentimientos y las trampas psicológicas del amor; llega de la mano de la editorial La Bestia Equilátera

Al terminar de leer este libro se vuelve a la solapa y se observa la mirada profunda y triste de Alfred Hayes, se lee la escasa e insípida biografía, y después se busca un hueco en la biblioteca y se coloca la novela con sumo respeto.

Eso es lo que genera la literatura de este escritor desconocido que llega al Río de la Plata después de muerto, con una serie de novelas que fueron publicadas originalmente en las décadas de 1950 y 1960 en Estados Unidos y que la editorial argentina La Bestia Equilátera está reeditando en español para felicidad de los lectores.

Si en Los enamorados se tenía ya la impresión de estar ante un gran escritor, Que el mundo me conozca viene a confirmar que Hayes fue un verdadero artista de la palabra. Un escritor de gran profundidad psicológica que con dos o tres personajes es capaz de armar textos en los que ofrece un profundo estudio sobre el ser humano y sobre el corazón.

Los mil vericuetos del amor son diseccionados sin piedad con una visión desencantada, amarga, propia de una generación de artistas estadounidenses que a través del arte denunciaron con fuerza los huecos tenebrosos del edulcorado sueño americano.

La densidad y fuerza de la novela se observa desde el vamos, cuando el protagonista, un guionista de segunda categoría que está en una lujosa fiesta en una mansión al borde del mar, ve como una chica se interna en el océano con un Martini en la mano, se tambalea y es devorada por las olas. El rescate es el inicio de una relación tormentosa.

“Se había ahogado con agua salada; había quedado expuesta en la arena, sin el menor artificio, vomitando; había estado en mis brazos antes de que la conociera, le hablara, antes de que existiera entre nosotros cualquier tipo de acercamiento o cualquier tipo de emoción”, escribe.

Lo que sigue es una verdadera catarata de emociones, pero también de espacios reflexivos para señalar y denunciar la jungla urbana, el alma caníbal de Hollywood, la triste ambición de las aspirantes al estrellato que llegan de pueblitos sin nombre para ser vapuleadas sin piedad, la voracidad de los lobos y la impiedad de los frívolos.

Y todo dicho sin forzar nunca la frase ni el argumento, en un crescendo emotivo que como una diminuta bola de nieve que va rodando ladera abajo se vuelve cada vez más grande y poderoso.

Hay momentos de altísima literatura, como el viaje a México que hace la pareja. Allí el drama tiene lugar en la plaza de toros durante una corrida. Hay que ver como Hayes los sitúa en el palco, él indiferente, ella por fin en la gloria luciéndose con su vestido y su sombrero, brillando bajo un sol abrasador que aunque no sea el resplandor de las luces de Hollywood se le asemeja. Y hay que ver como todo se torna una pesadilla cuando el toro empieza a sangrar cada vez más, y la tortura levanta aplausos y ella no puede soportarlo pero debe, porque es el día para ser admirada por todos, el momento de triunfo perseguido desde hace años.

Al volver, el gato de la chica se ha muerto y una carta avisa que la esposa llega a la ciudad en breve. Y es entonces cuando los verdaderos sentimientos afloran, cuando ya no es posible mentir ni mentirse ante la amenaza concreta de la separación. La desesperación existencial de la muchacha es shakespeareana y los acontecimientos son de una brutalidad ejemplar.

Hay una borrachera final memorable, donde la incoherencia verbal propia de la ebriedad se plasma en letras perfectas, donde el huracán que lo arrasa todo se mira desde la tranquilidad del ojo.

Una hermosa y violenta tragedia griega, pero a la americana.


Fuente: Andrés Ricciardulli / especial para El Observador

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