Y ahora, ¿de qué nos disfrazamos?

Esta columna ha sostenido que el mecanismo conocido como estímulo financiero, era un experimento insostenible
Esta columna ha sostenido sistemáticamente, aún contra la descalificación de autodenominados pomposamente especialistas, que el mecanismo conocido como estímulo financiero, quantitative easing, keynesianismo moderno o como se le quiera llamar, que venía siendo aplicado por la Reserva Federal, era un experimento insostenible.

La elección de Donald Trump simplemente es un evento disparador, una excusa, un modo elegante de dejar de sostener a fuerza de emisión, deuda y tasas negativas, un modelo de jubileo financiero permanente que salvó a los grandes bancos americanos y europeos de la quiebra y a sus ejecutivos de la prisión y convalidó el escenario de billonarios rapaces que no lograron sus fortunas con la innovación, el empuje empresario y la competencia, sino con delitos de cuello blanco de alto nivel.

También es el gran pretexto de fuertes sectores del establishment de EEUU para retroceder en la globalización, cuya autopista de vuelta empezaba a mostrar su cara más odiosa y los obligaba a competir como a cualquier emergente, algo que el americano de hoy no está preparado para hacer, arropado en la comodidad del mundo posmoderno y millennial.

Tales afirmaciones no significan que las nuevas políticas norteamericanas serán buenas o acertadas, algo apresurado de determinar, pero sí que el cambio era inexorable y necesario, aun cuando el rumbo ahora sea incierto, peligroso, duro y doloroso. El término "cambiar", como sabemos los argentinos, no quiere decir demasiado, porque no encierra en sí mismo definición alguna sobre el derrotero, ni contiene receta alguna de éxito. Casi como la vida.
Sin ninguna excepción, el mundo entero está ahora recalculando, en un gigantesco GPS global, tratando de encontrar su posicionamiento, su lugar en la geopolítica o su explicación.

Tal suele ser el mayor trabajo de los políticos: explicar sus fracasos. Estados Unidos venía navegando en una dicotomía: liberal de sus fronteras para afuera, socialista y progresista de las fronteras para adentro. En algún punto ese doble estándar iba a generar una ruptura. La generó.

En términos cotidianos, comienza una pulseada entre la superpotencia y China. La primera hará valer su mercado, su sistema financiero, su confianza y su fuerza aérea. La segunda, usará la ventaja de no ser democrática, lo que le evita sorpresas anaranjadas y tener que dar muchas explicaciones. Tiananmen es el sistema antiprotesta más eficaz –y cruel– que se conoce. Todavía falta tamizar la ideología que primará, tras el inevitable arbitraje del GOP, que deberá elegir si obliga al nuevo presidente a inclinarse hacia el Tea Party o lo cobija y guía hacia la línea tradicional republicana.

Aun sin saber entonces cuál será la nueva política americana –que no se definirá por votos, precisamente– es posible e imprescindible que cada país determine su reposicionamiento. No se trata de una tarea exclusiva de un gobierno circunstancial, sino que debería ser el resultado de una política de estado, algo casi imposible de concebir en este momento.
Tras esta introducción tiene sentido concentrarse en el posible efecto de esta inflexión sobre las economías emergentes, más precisamente las rioplatenses. Todo indica que tanto Argentina como Uruguay sufrirán y sería demasiado optimista suponer que ese sufrimiento será leve o superficial. Para mi país –cuya concepción económica actual se parece bastante a las ideas de Trump– se avecina una suba de tasas no menor. Eso le debe hacer pensar si hace sentido gastar alegremente y financiar ese gasto con deuda externa.

El planteo original de crecer vía la exportación tradicional y la no tradicional y así pagar los costos de no reducir el déficit y la deuda consecuente empieza a hacer agua. Las commodities tenderán a una baja moderada, con lo que el peso se deberá depreciar notablemente para evitar una crisis de balanza de pagos antes de lo necesario. En ese contexto, emitir deuda externa es almacenar más explosivos en el galpón que está a un paso de incendiarse.

Esto no quiere decir que no exista posibilidad de exportar bienes con valor agregado, pero habrá que ajustar costos en el futuro inmediato y fomentar la innovación en el mediano y largo plazo, que es la mejor manera de competir en mercados más cerrados que hasta ahora. Mirando un poco más profundamente, empiezan a ser más difíciles para Macri las elecciones de 2017. La estrategia de postergar el ajuste para luego de las elecciones y reemplazarlo con endeudamiento y un providencial crecimiento, se murió el martes pasado.
Uruguay tiene problemas parecidos, pero peores. El esquema estatista de provisión masiva de empleos, aumentos generosos por inflación y otras excusas, dispendio en las grandes empresas del Estado, impuestos explícitos crecientes e impuestos no explícitos disfrazados de costo tarifario de servicios, ahora no tiene mecanismo alguno de financiación. Intentar hacerlo con mayores impuestos termina rápidamente en la muerte por inanición del sistema. Al mismo tiempo, se torna difícil, suponiendo que se venza la parálisis cerebral ideológica, la inversión privada sin proyecto productivo auténtico.

Ambos países, cada uno a su medida, volverán a pagar el precio de haber desperdiciado las oportunidades únicas de la última década, o de todo lo que duró la globalización. O sea, el precio de gobiernos populistas, cada uno en su estilo, estatistas y antiempresas. Queda la alternativa casi excluyente de abroquelarse en el Mercosur, lo que requeriría la tarea ciclópea de empezar desde cero, o peor, desde menos de cero.
La tentación obvia, en especial para los teóricos fracasados neomarxista-estatistas, será usar como argumento el cierre que se presagia en la economía americana y retrucar con un cierre local. Con la experiencia del cepo argentino, no hacen falta demasiados comentarios. Tal idea sería fatal. Nada peor que imitar a las grandes economías en el camino del exceso de gasto, déficit y endeudamiento.

El tamaño e injerencia del Estado, la burocracia, el gasto público desproporcionado, el déficit, el endeudamiento, la falta de inversión, el desestímulo a la creación de empleo privado, la presión fiscal elevada y creciente, son venenos absolutos más allá de Trump o del proteccionismo americano. Los países emergentes no tienen la opción de cerrarse sin condenarse a la miseria. Como en la mitología, donde los dioses cometen locuras y hasta mueren, pero luego resucitan. Los mortales no.
Cualquier cierre de mercados no será total, ni definitivo, ni absoluto. Y el mundo seguirá siendo global. Es posible que competir sea más difícil y la apertura cueste un poco más. Sin embargo, cualquier otro camino es peor. Creer que si Estados Unidos entorna la puerta de la globalización hay que cerrar la propia sería otro error lapidario de nuestros países, propensos a creer que son distintos al resto de la humanidad y al resto de la historia.

Lo único que deben cambiar los rioplatenses tras el cachetazo de Trump, es su renuencia a cambiar. Persistir en el gasto, el déficit, el estatismo, el odio a la apertura y a la inversión privada, el gremialismo paralizante y la deseducación, lleva al desastre. Con los republicanos más rápido que con Obama.

La receta sigue siendo la misma. Solo que un poco más difícil por nuestra propia demora y por haber dejado escapar oportunidades. El problema no es económico. Es de liderazgo. Jamás quedó tan claro como en esta instancia.

Periodista, economista. Fue director de El Cronista de Buenos Aires y del multimedios América

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Dardo Gasparré

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