La coordinación de la oposición y sus obstáculos

Columna del politólogo sobre el cambio estratégico de los partidos para los próximos años

* Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar / adolfogarce@gmail.com

Una de las preguntas que se imponen, a la hora de analizar el tablero político uruguayo, es qué estrategia política implementará la oposición durante los próximos años en aras de disputar el predominio del Frente Amplio a nivel nacional. Se insinúa un cambio estratégico importante, aunque no se concreta. Me explico.

Durante mucho tiempo los líderes blancos y colorados pusieron más énfasis en competir entre sí que en generar una alternativa que les permitiera incrementar la intensidad del desafío. Se inclinaban a pensar que el diseño del sistema electoral, en la medida en que preveía una segunda vuelta, generaba automáticamente las condiciones para que el tercero apoyara al segundo en aras de vencer al primero. Con coordinar durante el mes del balotaje, en esta visión, debía ser suficiente.

Dos balotajes perdidos consecutivamente (2009 y 2014) parecen haber modificado significativamente la visión de los dirigentes opositores. De un tiempo a esta parte los principales referentes del Partido Nacional y del Partido Colorado manifiestan públicamente que es necesario trabajar con más tiempo en la construcción de un proyecto alternativo “posfrentista”. Ninguno de ellos parece tener una idea acabada de cómo articular la propuesta alternativa (si la tienen, no la han hecho pública). Pero todos parecen coincidir en la necesidad de encontrar un nuevo equilibrio entre competencia y cooperación entre partidos y fracciones de oposición.

Sin embargo, la coordinación entre los dirigentes opositores, al menos por ahora, no pasa del terreno discursivo. No faltan las declaraciones genéricas a favor. Pero cuando les toca enfrentar el desafío de acordar acciones específicas reaparecen las diferencias y las resistencias. Un buen ejemplo de esto es lo que está sucediendo con la propuesta de presentar una única denuncia penal suscrita por todos los partidos de oposición en el caso ANCAP. El autor de esta iniciativa es Jorge Larrañaga, el líder que, por otra parte, está impulsando más abierta y decididamente el proyecto posfrentista coordinado. Dirigentes del mismo partido pero de la fracción mayoritaria, la que lidera el excandidato a la Presidencia Luis Lacalle Pou, aunque (en general) no se oponen a la coordinación interpartidaria y (en particular) creen conveniente acudir a la Justicia en este asunto tan delicado, sorpresivamente rechazaron la propuesta referida.

Este episodio nos invita a tratar de comprender las causas generales de la resistencia a la coordinación. La primera de ellas, obviamente, es la lucha por el liderazgo. Muchos dirigentes consideran que para conservar o aumentar su capital político deben evitar apoyar las iniciativas, especialmente las más resonantes, de aquellos líderes con los que están compitiendo. Episodios de este tipo de cálculos estratégicos sobran en la política de todos los tiempos y lugares. Esto suele ocurrir en la competencia entre los partidos, pero también dentro de ellos (entre fracciones). Mirado desde este ángulo, no sería nada extraño que los dirigentes de Todos se estén oponiendo a la iniciativa de Alianza Nacional para dificultar una eventual resurrección de Larrañaga (no se les escapa que a ningún dirigente político uruguayo se lo puede dar por definitivamente derrotado).

Pero el cálculo estratégico no es el único obstáculo a la coordinación entre los partidos de oposición. La ideología, como hace muchos años argumentara Herbert Kitschelt estudiando procesos de adaptación partidaria, suele alejar a los partidos de la estrategia teóricamente óptima. Este es el caso, desde mi punto de vista, del Partido Independiente. El PI nació en 2002 como escisión del Nuevo Espacio, cuando la mayoría de este partido optó por aliarse con el FA. Desde marzo de 2005 en adelante ha tendido a estar más cerca de las posiciones de blancos y colorados que de las del FA. De todos modos, tuvo algunas coincidencias relevantes con el gobierno. La más intensa se verificó durante la campaña contra la baja de la edad de imputabilidad penal que lideró Pedro Bordaberry. En el Parlamento, el PI casi nunca ha tenido la oportunidad de jugar un papel importante. La ley de interrupción voluntaria del embarazo es la excepción más relevante a esta regla. En todo caso, son un partido de oposición y como tal han actuado. Por eso mismo, sería relativamente sencillo para ellos justificar públicamente una eventual coordinación política con el resto de la oposición. Sin embargo, se niegan sistemáticamente a hacerlo. En vez de eso, buscando tener de una buena vez otra trascendencia, reivindican la construcción de un (improbable) espacio socialdemócrata. No creo que los dirigentes del PI se hagan muchas ilusiones con esto. Tampoco creo que no sepan usar la calculadora. Supongo que, simplemente, hay cuentas que prefieren no hacer. Se sienten incómodos cooperando con los blancos y los colorados.

He puesto apenas dos ejemplos de cómo podrían operar cálculos estratégicos e ideologías partidarias obstaculizando una innovación política significativa. Podría poner otros. En todo caso, espero haber podido explicar por qué incrementar la coordinación entre los partidos de oposición no es una tarea tan sencilla como parece. No es fácil, en suma, porque choca con virtudes No hay que olvidar que los partidos uruguayos son fuertes (logran conservar la confianza de sus votantes), precisamente, porque tienen ideologías bien arraigadas y porque sus dirigentes miden cuidadosamente costos y beneficios de sus decisiones.


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