La revolución de la soja: Un cambio en la matriz

Acompañando el boom sojero de la región y el mundo, el agro uruguayo tomó un nuevo rumbo

Al final del siglo XX, Uruguay todavía era un país con una agricultura de invierno liderada por el trigo, seguido por la cebada. En la zafra de verano, en cambio, había una superficie menor, con el girasol como cultivo estrella y la soja bastante lejos. Fuera de los cultivos de verano, el arroz tenía la segunda mayor área, detrás del girasol.

En ese escenario agrícola, pese a la ocurrencia de algún período bueno en lo productivo, a fines de la década de 1990 el campo uruguayo comenzó a sufrir los efectos de una crisis regional y mundial, creció el endeudamiento, y finalmente se derrumbó. Primero por la reaparición de la fiebre aftosa en 2000, situación que se generalizó en 2001, y luego por la crisis financiera que paralizó al país.

Con esa aureola de una agricultura invernal y de país triguero, apenas comenzó el siglo XXI se produjeron dos hechos ajenos a la realidad uruguaya: la asunción de Néstor Kirchner como presidente de Argentina en 2003 y la aplicación de las retenciones a las exportaciones de los principales productos del campo, como la carne vacuna y los granos.

Esos episodios alentaron la llegada a Uruguay de un contingente de productores y empresas agrícolas del vecino país, que comenzaron a producir de este lado del Río de la Plata, donde podían seguir desarrollándose sin la espada de Damocles de las medidas intervencionistas del gobierno de su país.

Fue así que los argentinos llegaron a territorio uruguayo para expandir la ganadería y la agricultura, y con ellas las tecnologías más modernas y una forma de trabajar las empresas agropecuarias. En ganadería fue notorio el crecimiento de la genética Aberdeen Angus, que, a diferencia del Hereford en Uruguay, es la principal raza vacuna de carne en el vecino país.

En la agricultura, la llegada de los vecinos provocó la revolución de la soja. Basta con un número para entender su significado: en la zafra 2001-2002, la superficie sembrada con la oleaginosa alcanzó a ser de 28.900 hectáreas, con una producción de 66.700 toneladas. Al año siguiente la superficie casi se triplicó, al ubicarse en 70.300 hectáreas, según los datos recabados por la Dirección de Estadísticas Agropecuarias.

Luego se produjo la llegada masiva de productores argentinos y de esa forma la soja pasó en solo una década a ocupar un área de 883.700 hectáreas y a generar una producción de 2,1 millones de toneladas. Y siguió creciendo en los últimos años hasta superar el millón de hectáreas sembradas y más de 3 millones de toneladas de producción.

Pero la revolución de la soja trascendió el ámbito de las chacras y la lucha por incrementar los rendimientos por hectárea, y se transformó en una verdadera puerta de entrada para una forma de trabajar y para tecnologías que el agro uruguayo no aplicaba. Al tiempo que se veía crecer el área de la oleaginosa en todo el país –porque también llegó a ocupar zonas no tradicionales para la agricultura, como el este y el noreste– se adoptó la siembra directa, es decir, el cero laboreo, la agricultura de precisión y el trabajo en redes.

El cultivo de la soja dinamizó el aparato productivo del campo uruguayo, elevó el precio de la tierra a niveles nunca vistos, a pesar de que 60% de la nueva agricultura tuvo la modalidad del arrendamiento, lo que provocó la aparición de otra novedad: las empresas que ofrecen sus servicios de siembra y cosecha, que sumaron la maquinaria a la enorme inversión que recibió el sector; en compra de tierras, en adquisición de maquinaria y en obras de infraestructura para guardar y trasladar una producción nunca antes vista en Uruguay.

Toda esa revolución de la soja tuvo como corolario el hecho de que la oleaginosa –el 95 % de cuya producción se exporta– terminó liderando las colocaciones uruguayas en el exterior, con US$ 1.620 millones en el año 2014, contra US$ 1.466 millones que sumó la carne vacuna.

Por otra parte, la soja es un buen ejemplo de lo ocurrido en el país en la última década, en que el Producto Interno Bruto creció a tasas nunca vistas y en forma consecutiva, precisamente hasta 2014. Pero la revolución de la soja, como se ve, fue más allá de lo productivo y provocó un cambio en las formas y en los contenidos del quehacer agropecuario, que difícilmente tenga marcha atrás.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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