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Pamela Digby Churchill Hayward Harriman nació en Inglaterra en 1920 como hija de una familia aristocrática en decadencia y murió en París en 1997 como embajadora de Estados Unidos en Francia, tras una vida que atravesó todo el siglo XX y sus principales escenarios de poder. Su biografía, objeto de un reciente libro que cosechó elogios tanto en medios especializados como generalistas (entre ellos The New York Times, The Wall Street Journal y The Washington Post), revela cómo una mujer utilizó la seducción, la inteligencia y la diplomacia para influir en los destinos de Occidente.

El libro en cuestión tiene por título Kingmaker: Pamela Harriman's astonishing life of power, seduction, and intrigue, y fue escrito por Sonia Purnell, prestigiosa escritora y periodista británica que ha trabajado en medios como The Economist , The Daily Telegraph y The Sunday Times y es también la autora de una celebrada biografía de Clementine Hozier, esposa de Winston Churchill. Kingmaker, que desde su aparición en septiembre de 2024 se ha convertido en uno de los libros más comentados e influyentes en los principales círculos de poder en Estados Unidos, reconstruye la larga trayectoria de Pamela Harriman, alguien que fue descrita tanto como "prostituta" por sus contemporáneos como "la cortesana más influyente de la historia" por los estudiosos actuales.

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El libro de Purnell, basado en archivos recientemente abiertos, presenta una tesis feminista: que Pamela no fue simplemente una mujer de la alta sociedad que vivía de sus encantos, sino una figura que buscó influir en la política internacional en una época en la que el único camino hacia el poder para una mujer era "como amante o como esposa". Entre las muchas reseñas publicadas sobre Kingmaker, nos interesan particularmente dos, por la inteligencia y los contrastes en sus enfoques y análisis: la escrita para el sitio The Free Press por Tina Brown, ex editora de The New Yorker, y la del escritor y politólogo argentino Fernando Santillán publicada en Revista Seúl.

De Churchill a la diplomacia de guerra

La transformación de Pamela Digby comenzó en 1939, cuando a los 19 años se casó con Randolph Churchill, el único hijo varón de Winston Churchill, apenas dos semanas después de conocerlo. El matrimonio, que Santillán describe como "una transacción de negocios", le dio acceso al círculo íntimo del poder británico durante la Segunda Guerra Mundial.

Randolph, caracterizado como un "borracho y bochornoso" que según las fuentes le propuso matrimonio diciéndole que no la amaba pero la veía "suficientemente saludable como para tener a su hijo", partió al frente poco después de engendrar a Winston Churchill hijo, dejando a Pamela instalada en el corazón de la maquinaria de guerra británica.

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Clementine Hozier y el propio Winston Churchill adoptaron a Pamela como confidente, situación que Andrew Roberts, biógrafo de Churchill, describe de manera elocuente: cuando el primer ministro dormía en el refugio del Anexo durante los bombardeos, "Pamela dormía en la cama marinera arriba de Winston".

Desde esta posición privilegiada, Pamela desarrolló relaciones íntimas con los principales emisarios estadounidenses en Londres, incluyendo a Averell Harriman (encargado del programa de lend-lease mediante el cual Estados Unidos armaba a Gran Bretaña); al periodista Ed Murrow y su jefe de la CBS, Bill Paley; y a varios importantes militares. También a algunos ingleses, como Charles Portal, de la Royal Air Force. Brown describe este período como de "juegos de espionaje", donde Pamela operaba como "una especie de Madame X de piel lechosa" que extraía información de inteligencia estadounidense para Churchill.

Pamela, según Purnell, utilizaba sus relaciones con personajes influyentes para lograr que Estados Unidos se uniera a la guerra y apoyara el esfuerzo bélico británico. "La vida sexual estratégica de Pamela es ahora reconocida por los estudiosos de la diplomacia y la guerra como un factor políticamente relevante", afirma. Al finalizar el primer acto, Purnell destaca: "A través de su nombre, personalidad, sexualidad e inteligencia, Pamela ayudó a crear, mantener y fortalecer una red de conexiones políticas, militares y emocionales entre Estados Unidos y Gran Bretaña, una red que hoy muchos denominan la ‘relación especial’".

El jet set europeo y los grandes amores

Tras su divorcio de Randolph Churchill en 1946, el banquero y político conservador Lord Beaverbrook contrató a Pamela como corresponsal en París de sus publicaciones (entre ellas, el Daily Express y el Evening Standard), aunque según Brown, "sus magnéticos ojos azul zafiro y su épico busto le dieron una ruta más rápida al éxito que el periodismo". Pese a ello, la tesis feminista de Purnell es que, a lo largo de la vida de Pamela, las personas que menospreciaron su carrera de cortesana nunca la habrían subestimado si hubieses podido estar al tanto de lo valiosos que habían resultado sus servicios para su país durante la guerra.

En esta etapa europea, Pamela desarrolló relaciones con figuras como el príncipe pakistaní Aly Khan, quien según las fuentes le enseñó "importantes prácticas amatorias" que le valieron el apodo de "La Bouche" en los círculos sociales, y el banquero francés Elie de Rothschild.

Pero el "amor de su vida", según Purnell, fue Gianni Agnelli, heredero del gigante industrial automotriz FIAT y magnate italiano. La relación trascendió lo meramente romántico: Pamela lo ayudó en sus relaciones con los aliados victoriosos y especialmente con Estados Unidos, presentando a FIAT como una fuerza contra el crecimiento del Partido Comunista Italiano en el contexto de la Guerra Fría. "Sobre todo, ella fue su tutora para elevarlo más allá de la producción de autos [...] para convertirlo prácticamente en un hombre de Estado", explica Santillán.

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Agnelli financió el estilo de vida de Pamela, incluyendo un apartamento en la Avenue de New York de París y un Bentley con chofer, pero nunca se casó con ella debido a las presiones familiares y religiosas. Sin embargo, según Brown, "Agnelli la llamó por teléfono cada mañana hasta el día que ella murió".

Como observa Brown en su reseña, Pamela "anhelaba tanto ser recordada por su sustancia" pero "tristemente, siempre será recordada por el sexo". Sin embargo, la biografía de Purnell busca reivindicar su legado como una mujer que, enfrentando las limitaciones de su época, logró tejer una red de vínculos que muchos consideran fundamental para lo que hoy se conoce como la Relación Especial anglo-estadounidense.

El poder en Washington

El tercer acto de la vida de Pamela comenzó en 1971, cuando se casó con Averell Harriman, por entonces de 79 años y recientemente viudo. Harriman había sido gobernador de Nueva York, secretario de Comercio y embajador en Gran Bretaña y la Unión Soviética entre 1943 y 1946, además de uno de los enviados especiales que utilizó Roosevelt durante la guerra.

El matrimonio con Harriman fue, según Brown, "su movimiento más astuto hasta la fecha". Pamela se había quedado con poco dinero tras la muerte de su segundo marido, el productor teatral Leland Hayward, debido a una herencia menor a la esperada. Apenas ocho semanas después de reencontrarse con Harriman en un evento social, contrajo su tercer matrimonio y adoptó los apellidos de dos de sus tres maridos, convirtiéndose en Pamela Churchill Harriman.

Con la fortuna y las conexiones de Harriman, Pamela se instaló en Washington y convirtió su elegante mansión de Georgetown en un centro neurálgico del Partido Demócrata durante los años de Ronald Reagan y George Bush. En el salón donde brillaba el cuadro Rosas de Van Gogh (regalo de Averell), organizaba las famosas "Issues Evenings" (Noches Temáticas), eventos donde los potenciales líderes se presentaban ante donantes y dirigentes partidarios.

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Jackie Kennedy Onassis, Averell y Pamela Harriman

Pamela se dedicó intensamente al fundraising y ayudó a reconquistar posiciones en el Congreso, siendo elegida como "Mujer Demócrata del Año" en 1980. Su estrategia consistía en llevar al partido hacia el centro político, utilizando sus "incomparables habilidades para el entretenimiento" y "su despliegue hábil de su famosa agenda Rolodex", como describe Brown.

Fue en estos salones donde Bill Clinton, entonces joven gobernador de Arkansas, logró posicionarse como candidato presidencial y Pamela se consolidó como "kingmaker y reina política". El futuro presidente reconoció posteriormente que Pamela fue uno de sus apoyos iniciales clave: "Haya creído en mí o no, sin duda convenció a todos los demás de que ella sí creía", declaró Clinton, quien valoró especialmente cómo ella le dio "credibilidad general, no sólo con los demócratas de Washington sino con gente de todo Estados Unidos".

La influencia de Pamela se intensificó tras la muerte de Harriman en 1986, cuando quedó liberada de "cargar con un gran vejestorio", según la expresión de Brown, y se convirtió en una detectora temprana de talentos políticos.

Diplomacia y legado político

En 1993, Clinton recompensó el apoyo de Pamela nombrándola embajadora de Estados Unidos en Francia, su "primer trabajo real" a los 73 años. El nombramiento generó críticas iniciales, pero fue confirmada unánimemente por el Senado. Según Purnell, estaba mejor preparada que nadie para el cargo por su profundo conocimiento de la sociedad francesa y del mundo diplomático internacional.

Su retorno a París representó una "dulce venganza" para quien había sido prohibida de ingresar a la embajada británica durante la visita de estado de la reina Isabel II en 1957, cuando la esposa del embajador la había calificado como "esa atorranta pelirroja" (“that red-headed tart”). Ahora ocupaba la dirección más codiciada de la Rue du Faubourg Saint-Honoré (una antigua mansión de los Rothschild) y tenía "el número del presidente estadounidense en la lista de marcación rápida de su teléfono".

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Un importante asesor del entonces presidente francés Jacques Chirac confirmó que ella era "la única embajadora con acceso directo al Salón Oval", una conexión que le permitió trabajar "a máxima velocidad" en temas de comercio internacional, expansión de la OTAN y la Guerra de Bosnia. Su gran contribución diplomática fue acercar a Francia y Estados Unidos para que la potencia americana pudiera influir en los Balcanes, frenando la limpieza étnica en Bosnia.

Pamela desplegó en su rol diplomático las mismas habilidades que durante décadas habían sido menospreciadas como mero "encanto", pero que ahora se revalorizaban como "poder blando". Brown observa que "uno siente que ella amó su misión diplomática tanto como cualquiera de los collares de diamantes guardados en su caja fuerte".

Sin embargo, los últimos años de Pamela estuvieron marcados por conflictos financieros con los hijastros de Harriman, quienes la acusaban de dilapidar la herencia familiar. Averell Harriman había confiado las finanzas familiares a asesores negligentes que perdieron una parte considerable del patrimonio a través de malas inversiones y mala gestión. El rencor y el estrés de las disputas legales con los hijastros, "unidos en el odio hacia lo que veían como la prodigalidad de Pamela después de años de caza de fortunas", probablemente aceleraron su deterioro de salud.

Pamela Harriman murió en 1997 de una hemorragia cerebral en la piscina del Ritz de París, a los 76 años. En un detalle que Brown califica como "nota al pie bizarra", los intentos de reanimación fueron conducidos por Henri Paul, entonces oscuro jefe de seguridad del Ritz, quien siete meses después estaría al volante de la limusina que transportó a la princesa Diana y Dodi Al-Fayed hacia su destino fatal en el túnel de Pont de l'Alma.

Su funeral en la Catedral Nacional de Washington tuvo las dimensiones de un funeral de Estado. Clinton pronunció la oración fúnebre declarando con emoción: "Hoy, estoy aquí en buena medida porque ella estuvo allí". La secretaria de Estado Madeleine Albright la llamó "una figura central en la historia de este siglo". Francia le había otorgado la Grand Croix de la Légion d'Honneur poco antes de su muerte.

Como observa Brown en su reseña, Pamela "anhelaba tanto ser recordada por su sustancia" pero "tristemente, siempre será recordada por el sexo". Sin embargo, la biografía de Purnell busca reivindicar su legado como una mujer que, enfrentando las limitaciones de género de su época, logró tejer una red de vínculos políticos y emocionales que muchos consideran fundamental para lo que hoy se conoce como la “relación especial” entre Estados Unidos y Reino Unido.

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