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Estados Unidos y Japón intervinieron en el mercado con compras de yenes el pasado viernes 31 de julio, una operación conjunta que buscó frenar la caída de la moneda japonesa a su nivel más bajo frente al dólar en cuatro décadas. La operación, confirmada por la ministra de Finanzas nipona, Satsuki Katayama, no fue un hecho aislado: en octubre del año pasado, el mismo Tesoro a cargo de Scott Bessent instrumentó una maniobra parecida, aunque de otra escala y con otro propósito, para contener el derrumbe del peso argentino antes de las elecciones legislativas generales. Las dos intervenciones muestran que Washington encontró en la compra directa de divisas ajenas una herramienta de política exterior, aunque los motivos y el tamaño de la ayuda difieren de manera sustancial entre un caso y otro.

Una ayuda entre socios

La intervención en Japón se dio en un contexto de alianza estratégica de larga data entre dos potencias. El yen venía perdiendo valor desde hacía meses, presionado por la suba del petróleo, el diferencial de tasas con Estados Unidos y las dudas sobre el rumbo de la política monetaria del Banco de Japón. Frente a esa erosión, el Ministerio de Finanzas japonés y el Departamento del Tesoro estadounidense actuaron de forma coordinada para comprar yenes, en lo que Katayama definió como una respuesta a "la reciente volatilidad excesiva y los movimientos desordenados del yen".

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Donald Trump le bajó dramatismo al episodio y lo presentó casi como un gesto de cortesía diplomática: "Tienen un yen debilitado y querían un poco de ayuda. Y nosotros siempre estamos ahí para Japón", dijo a los periodistas que lo acompañaban en el avión presidencial. Según un análisis de Bloomberg sobre las cuentas del Banco de Japón, el país asiático gastó unos 52.800 millones de dólares en esa jornada de intervención conjunta, una cifra que se suma a las decenas de miles de millones ya utilizados desde abril en compras similares, sin demasiado éxito hasta entonces. El aporte estadounidense, en cambio, fue mucho más acotado: una foto tomada en una reunión de gabinete en Camp David mostró que Bessent había anotado en su agenda, horas antes del anuncio, la instrucción de comprar yenes por entre 5.000 y 10.000 millones de dólares.

El trasfondo de la debilidad del yen no es menor: Japón es uno de los principales acreedores de la deuda estadounidense, y varios análisis marcan que una salida masiva de sus tenencias en dólares para defender su propia moneda podría terminar presionando también sobre el mercado de bonos del Tesoro norteamericano. La intervención, entonces, no solo protege al yen: también resguarda un vínculo financiero que le sirve a Washington.

El rescate con condiciones

El caso argentino tiene otra escala y otra motivación de fondo. La relación entre el Tesoro estadounidense y la gestión de Javier Milei se selló en abril de 2025, cuando Scott Bessent viajó a Buenos Aires en su primer viaje internacional como secretario del Tesoro, casi en simultáneo con la aprobación de un préstamo del Fondo Monetario Internacional por 20.000 millones de dólares. Pero el capítulo más intenso llegó en octubre, a semanas de las elecciones legislativas, cuando el peso quedó bajo una presión devaluatoria fuerte y el Tesoro salió a comprar directamente en el mercado local.

Bessent lo anunció en su cuenta de la red social X con una frase que resume el enfoque de la Casa Blanca hacia la región: "Argentina enfrenta un momento de grave iliquidez [...] pero solo Estados Unidos puede actuar con rapidez. Y actuaremos". Ese día, el Tesoro compró pesos a través de varios bancos, entre ellos Santander, y cerró además un swap de monedas con el Banco Central por 20.000 millones de dólares. Bessent llegó a anticipar que la asistencia total podría trepar a 40.000 millones de dólares, sumando un fondo adicional integrado por bancos privados y estados soberanos.

A diferencia de Japón, en este caso la intervención no alcanzó para calmar al mercado en el corto plazo: el peso mayorista llegó a caer 4,08% en una sola rueda, cerca de su piso histórico dentro de la banda de flotación vigente. Las compras de pesos por parte del Tesoro estadounidense se estimaron en unos 500 millones de dólares acumulados en apenas unos días, un volumen mucho menor al desplegado en Japón, pero con un peso político mayor: la ayuda estuvo atada de manera explícita al resultado electoral y al sostenimiento del programa económico libertario, algo que el propio funcionario dejó entrever al calificar a la Argentina como un "faro" en el hemisferio occidental.

El negocio, según Trump

Puestas una al lado de la otra, las dos intervenciones dejan diferencias de fondo. En Japón, Washington actuó como socio de una potencia económica frente a un shock global de tasas y energía; en la Argentina, como garante político de un gobierno aliado en medio de una crisis de confianza interna y electoral. La japonesa fue una operación puntual y acotada en el tiempo; la argentina se armó como un paquete integral, con swap, compra directa de pesos y promesa de financiamiento privado adicional.

Con la Argentina, además, Trump encontró un argumento que no usó con Japón: la intervención le habría dejado plata a Estados Unidos. Tras el triunfo electoral de Milei en octubre, el presidente estadounidense celebró en varias ocasiones que su apuesta había sido un buen negocio. "Creo que hemos ganado mucho dinero porque los bonos argentinos han subido. Esa elección hizo mucho dinero para Estados Unidos", dijo durante un vuelo de Malasia a Japón, en el que iba acompañado por Bessent. Y agregó, con el tono grandilocuente que suele usar para sus anuncios: "Nos estamos quedando con muchos de los países de la región y obteniendo un manejo muy fuerte".

Las cifras que circularon después, sin embargo, contrastan bastante con el entusiasmo presidencial. La consultora 1816 calculó una ganancia cercana a los 280 millones de dólares por la apreciación del peso tras las elecciones, muy lejos de los 25.000 millones que Trump llegó a mencionar días atrás vinculando la cifra a los acuerdos comerciales con la gestión libertaria, sin que ningún organismo oficial confirmara ese número. El propio Departamento del Tesoro, de hecho, reconoció formalmente una ganancia bastante más modesta —del orden de los 70 millones de dólares— en un informe posterior sobre las operaciones con pesos entre octubre y noviembre. La distancia entre el relato y los números confirma, en todo caso, un patrón que se repite en los dos episodios: la escala real de estas intervenciones suele conocerse recién semanas o meses después, cuando ya perdieron parte de su efecto como anuncio.

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