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Masayoshi Son tiene 67 años, nació en Japón y es un hijo de inmigrantes coreanos que lleva décadas haciendo lo mismo: convencer a otros de que pongan el dinero mientras él pone las ideas. Lo hizo tan bien que hoy es el arquitecto silencioso del mayor acuerdo de inversión entre dos países en la historia reciente. Y lo más notable es que, hasta ahora, no ha puesto un solo dólar propio.

La historia empieza de forma simple. En diciembre de 2024, Son fue a la mansión de Donald Trump en Florida, se paró frente a las cámaras y prometió invertir 100.000 millones de dólares en Estados Unidos. Trump lo abrazó con palabras y los periodistas tomaron fotos. Casi nadie preguntó de dónde saldría ese dinero, ni cuándo o bajo qué condiciones.

Meses después vino el resultado con un acuerdo donde Japón se compromete a movilizar 550.000 millones de dólares en inversiones en Estados Unidos, en su mayoría préstamos y garantías públicas, no cheques en efectivo; a cambio de que Washington baje los aranceles a los productos japoneses. El proyecto estrella es una planta eléctrica de gas en Ohio, valuada en 33.000 millones de dólares y descrita por Trump como la más grande de su tipo en la historia.

¿Quién la desarrolla y opera? SoftBank, la empresa de Son. ¿Quién pone el dinero? Japón, a través de sus bancos públicos. ¿Quién será dueño de la planta? Estados Unidos y Japón, en partes iguales. ¿Cuánto capital financiero arriesga directamente SoftBank? Ninguno, al menos en la estructura actual.

Y aquí viene lo que hace singular a Son, porque además de no poner capital, negoció el cobro de una comisión de aproximadamente 6.000 millones de dólares por el desarrollo del proyecto. Por coordinar la construcción de algo que otros financian y que otros poseerán. Cuando los funcionarios japoneses se enteraron de la cifra, reaccionaron con alarma. Uno dijo sin rodeos: “¿por qué tenemos que pagarle una comisión si ellos no ponen nada?” La cifra fue recortada en más del 90%.

Pero el número final importa menos que la pregunta que revela: ¿cómo llegó Son a estar en posición de pedirlo?

Eso es lo que lo distingue de un empresario ordinario. Son no entra a los tratos como participante, sino como diseñador de la cancha. Meses antes de que Trump tomara posesión, ya le había vendido al futuro secretario de Comercio la idea de un fondo de inversión conjunto entre ambos países. Esa idea mutó en el mecanismo de 550.000 millones de dólares. Y dentro de ese esquema, la compañía de Son quedó posicionada como operadora del proyecto más grande.

La electricidad que produzca la planta se venderá a centros de datos que también administrará SoftBank. Esos centros servirán a OpenAI, empresa en la que SoftBank es accionista relevante. Es decir, la infraestructura financiada con dinero público japonés genera ingresos para una cadena de negocios privados de Son. Esquemas así existen en muchas industrias. Lo inusual aquí es quién diseñó la cadena, quién convenció a los gobiernos de adoptarla, y quién cobra en cada eslabón.

Genio o audacia extraordinaria, según se mire. Probablemente las dos cosas a la vez.

Lo que la historia muestra con claridad es el método porque Son no compite dentro de las reglas del juego, sino que las propone y convence a los demás de jugar, reservándose el rol principal.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.