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El 5 de julio de 1807 comenzó una de las defensas más heroicas de la historia argentina. Diez mil soldados británicos enfrentaron a una ciudad que transformó cada casa en trinchera y cada calle en campo de batalla. Lo que sucedió en esas 72 horas cambió para siempre el destino del Río de la Plata.

La segunda invasión inglesa fue una operación militar de dimensiones colosales. Después de la Reconquista de Buenos Aires en agosto de 1806, el gobierno británico no dudó en enviar una expedición diez veces mayor que la primera. El teniente general John Whitelocke comandaba una fuerza de 7.822 hombres, dividida en múltiples cuerpos que habían partido desde diferentes puntos: 1.400 efectivos desde África, 4.000 soldados al mando del brigadier Samuel Achmuty y 4.200 hombres dirigidos por el brigadier Craufurd, originalmente destinados a Chile.

El contexto internacional favorecía la ambición británica. Las guerras napoleónicas habían debilitado el poder español en América, y Londres veía en el Río de la Plata una oportunidad excepcional para expandir su imperio comercial. La primera invasión había demostrado la vulnerabilidad aparente de Buenos Aires, pero también había revelado algo que los británicos subestimaron: la capacidad de resistencia de la población criolla.

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La estrategia británica era simple pero ambiciosa: controlar definitivamente ambas márgenes del Río de la Plata. Sin embargo, encontraron una resistencia que jamás imaginaron.

Santiago de Liniers, quien había asumido como gobernador político y militar del virreinato tras la captura de Pascual Ruiz Huidobro, organizó la defensa con una visión revolucionaria. No se trataba solo de enfrentar a un ejército profesional con tropas regulares, sino de involucrar a toda la población en la resistencia urbana.

El 29 de junio de 1807, de manera casi milagrosa, un barco español había logrado atracar en Buenos Aires sin ser detectado por la poderosa flota británica. Traía las felicitaciones del rey español por la reconquista y el ascenso de Liniers a brigadier. Ese mismo día, en la Real Audiencia, se le tomó juramento como gobernador político y militar y capitán general del virreinato.

La preparación había comenzado meses antes. El 5 de septiembre de 1806, Liniers convocó al vecindario a organizarse en cuerpos militares según su origen. Los catalanes se enrolaron el 10 de septiembre, los vizcaínos el 11, los gallegos y asturianos el 12, y los andaluces, castellanos y patricios el 15. Esta organización por comunidades resultó fundamental para la cohesión de la defensa.

Se instalaron fábricas de balas y armas blancas, se construyeron fortificaciones en Retiro, Barracas y Quilmes, y se repararon los fusiles capturados en la primera invasión. Del interior llegaron barriles de pólvora y todo objeto de metal se transformó en proyectil. La ciudad se preparaba para resistir.

Los nuevos cuerpos militares surgieron prácticamente de la nada. Los españoles se dividieron en cinco tercios: cantábricos, gallegos, andaluces, catalanes y montañeses. Los americanos formaron los Patricios, Arribeños, Pardos y Morenos, Húsares, Blandengues y Voluntarios Patriotas de la Unión. Cada grupo aportó sus características particulares a la defensa.

El 24 de junio de 1807, Liniers pasó revista a los efectivos que defenderían la ciudad. La ceremonia fue solemne: partió a Barracas con la mayoría de su ejército y el 2 de julio formó en batalla a sus hombres en la orilla del Riachuelo, preparándose para el enfrentamiento que se avecinaba.

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La batalla en el corazón de Buenos Aires

El 28 de junio de 1807, las tropas británicas desembarcaron en la ensenada de Barragán. La vanguardia del general Gower logró eludir el combate con Liniers en el Riachuelo y cruzó el río por donde hoy se encuentra el Puente de la Noria, estableciendo su base en los corrales de Miserere, actual Plaza Once.

El primer enfrentamiento fue adverso para los defensores. Liniers atacó las posiciones inglesas en Miserere y sufrió 200 bajas entre muertos, heridos y prisioneros. El desánimo se apoderó de la ciudad cuando llegaron las noticias de la derrota.

Pero Martín de Alzaga, alcalde de primer voto, había diseñado un plan defensivo innovador. En lugar de enfrentar a los británicos a campo abierto, propuso convertir el centro de la ciudad en una fortaleza urbana. Cada esquina anterior a la Plaza Mayor se transformó en una trinchera reforzada, y la plaza se convirtió en el bastión final, defendido desde las calles y desde techos y ventanas.

El 5 de julio, Whitelocke ordenó el ataque final. 12 columnas de soldados británicos avanzaron por diferentes calles: ocho al norte de la catedral (Cangallo, Cuyo -actual Sarmiento-, Corrientes, Lavalle, Tucumán, Viamonte, Córdoba y Paraguay) y cuatro al sur (Moreno, Belgrano, Venezuela y México). El plan era atravesar la ciudad de oeste a este, llegar al río y tomar los edificios más importantes.

La orden británica era no disparar a civiles, pero los porteños no distinguían entre combatientes y no combatientes. Desde las terrazas y techos, hombres y mujeres arrojaban piedras, agua hirviendo y recipientes con fuego. Se usaron las piedras del empedrado y cada casa se convirtió en un punto de resistencia.

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Batallas en cada esquina

Los combates más encarnizados se desarrollaron en pleno centro porteño. La columna que debía ingresar por Paraguay se equivocó de calle y llegó al Retiro, donde recibió certeros disparos de dos cañones instalados en Paraguay y Florida. Los británicos se desviaron por Córdoba y establecieron un hospital de sangre en el convento de Santa Catalina de Siena.

En la zona sur, los ingleses intentaron apoderarse de la iglesia de San Miguel, pero fueron rechazados por cargas de fusilería. La columna que había ingresado por Cuyo debió rendirse completamente.

El combate más feroz se libró en Corrientes y Reconquista, donde la brigada de Craufurd sufrió enormes bajas. Cuando las tropas británicas doblaron hacia San Francisco y otra columna encaró por Moreno hacia Perú, recibieron una terrible descarga de fusilería desde techos y balcones. Eran los Patricios al mando del teniente coronel Cornelio Saavedra quienes los acribillaron desde las alturas.

Los británicos se refugiaron en la casa de Rafaela de Vera y Mujica, futura suegra de Bernardino Rivadavia, en Belgrano y Perú, donde resistieron durante tres horas. Las crónicas destacan la sangre que corría por las paredes.

Otro grupo inglés fue sorprendido en Defensa y Venezuela y se refugió en el convento de Santo Domingo. Fueron cercados por voluntarios cántabros y vecinos del barrio. Desde la casa de Francisco Telechea, en Defensa y Moreno, instalaron un cañón y dispararon contra la única torre que entonces tenía la iglesia. Los ingleses intentaron romper el cerco varias veces, pero la resistencia popular fue implacable.

Victoria y consecuencias

Al final del día, las bajas británicas ascendían a 2.500 hombres entre muertos, heridos y prisioneros, incluidos 105 oficiales. Entre los capturados se encontraban cinco coroneles, dos hijos de nobles y el teniente coronel Denis Pack, quien en 1806 había jurado no volver a tomar las armas contra Buenos Aires. Del lado de los defensores murieron 300 personas.

Los ingleses controlaban el cuartel de Retiro y la Residencia, pero sus mejores tropas se habían rendido. El brigadier Craufurd pidió la rendición tras ser desalojado de Santo Domingo, iniciando el fin de la invasión.

El 7 de julio, Whitelocke firmó el armisticio con Liniers. Los británicos se comprometían a abandonar el Río de la Plata en dos meses y entregar Montevideo. El 8 de julio comenzaron a embarcarse.

Un diario inglés publicó: "Nada extraño tiene que una población como la de Buenos Aires, animada por su primera victoria y por su odio al enemigo, haya podido resistir el golpe de mano. Cada casa era una fortaleza y cada calle una trinchera. Un pueblo como éste debe ser invencible".

Whitelocke fue juzgado en 1808, declarado culpable y destituido, considerado "totalmente inepto e indigno de ocupar ningún empleo militar" al servicio de Su Majestad.

Los franciscanos cedieron el espacio de la huerta de su convento para enterrar a los muertos. Hoy ese lugar es el Pasaje 5 de Julio, que recuerda la heroica defensa de 1807.

Esta victoria no solo expulsó definitivamente a los británicos del Río de la Plata, sino que demostró la capacidad de los criollos para organizarse y defenderse. Los jóvenes oficiales que participaron en estos combates -Manuel Belgrano, Martín Rodríguez, Eustaquio Díaz Vélez, Benito Álvarez, Francisco Perdriel y Viamonte- se convertirían en protagonistas de la independencia argentina.

La defensa de Buenos Aires había abierto el camino hacia la Revolución de Mayo de 1810. Por primera vez, los habitantes del Río de la Plata habían demostrado que podían ser dueños de su propio destino.

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