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En febrero pasado, miles de personas marcharon por las calles de Londres frente a las sedes de OpenAI, Google DeepMind y Meta en lo que se caracterizó como la mayor protesta anti-IA organizada en el Reino Unido. Pocas semanas después, en San Francisco, un hombre arrojó un cóctel molotov a la casa de Sam Altman, el CEO de OpenAI, y fue detenido con un escrito detallando su rechazo a la tecnología. Podríanb parecer dos casos aislados y de intensidad muy distinta, pero apuntan en la misma dirección: el avance de la inteligencia artificial generó, casi en simultáneo, un movimiento de resistencia que a la industria tecnológica quizás le cueste aceptar.

Lo que hace más interesante el fenómeno no es su existencia —que haya resistencia a una tecnología disruptiva no sorprende a nadie con algo de memoria histórica— sino su composición y su lógica interna. No son luditas ni conspiracionistas. Son, en buena medida, los mismos que usan la tecnología todos los días.

La paradoja que los datos no pueden ignorar

La Encuesta Gallup 2026 sobre inteligencia artificial y Generación Z, realizada en colaboración con la Walton Family Foundation y GSV Ventures, arrojó en abril un resultado elocuente: entre los jóvenes de 18 a 25 años, el enojo hacia la IA creció del 22% al 31% en un solo año. El entusiasmo cayó del 36% al 22% en el mismo período. Y sin embargo, casi la mitad de ese grupo usa IA a diario o semanalmente.

Esa convivencia de uso y rechazo no es una contradicción sino una experiencia. La Generación Z entró al mercado laboral justo cuando las empresas empezaron a usar la IA para justificar recortes de personal. Vio cómo sus aulas se llenaron de trabajos hechos con chatbots sin que nadie supiera muy bien qué hacer con eso. Y escucha a los líderes del sector hablar de revolución tecnológica mientras ellos calculan si van a poder pagar el alquiler. El 79% teme que la IA les provoque pereza mental; el 62% cree que podría volverse menos inteligente si delega demasiado; el 65% teme perder la capacidad de análisis crítico. No es miedo abstracto. Es una evaluación bastante racional de lo que está pasando.

Lo que confirma el informe anual del Instituto de Inteligencia Humana Centrada en la IA de la Universidad de Stanford, publicado en abril, es que esa brecha no es exclusiva de los jóvenes: la distancia entre la percepción de los expertos en IA y la del público general no para de crecer en casi todos los grupos demográficos. Los especialistas debaten los riesgos de una inteligencia artificial general —la llamada AGI, un sistema teórico capaz de igualar o superar la inteligencia humana en cualquier tarea— mientras la mayoría de la gente piensa en si la factura de la luz va a subir porque se construyó un centro de datos cerca de su ciudad, o si el chatbot va a reemplazar al empleado que atiende el teléfono. Son conversaciones que transcurren en paralelo y que, por ahora, no se tocan. Que los propios líderes del sector lleven años advirtiendo sobre riesgos existenciales de largo plazo sin ofrecer respuestas concretas a los problemas inmediatos tampoco ayuda a cerrar esa distancia.

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La rebelión silenciosa

Si el dato Gallup fue incómodo para la industria, el informe de la firma de IA empresarial Writer y la consultora Workplace Intelligence, publicado en abril sobre una muestra de 2.400 trabajadores de Estados Unidos, el Reino Unido y Europa, fue directamente perturbador. El 29% de los empleados admite sabotear la estrategia de IA de su empresa. Entre los trabajadores de la Generación Z, ese porcentaje llega al 44%.

El sabotaje no es simbólico. Incluye ingresar datos sensibles en herramientas públicas para desestabilizar los procesos internos, usar plataformas no autorizadas, rechazar las herramientas corporativas, o producir trabajo de baja calidad de manera deliberada para que los sistemas automatizados parezcan menos eficientes. El motor principal es el FOBOfear of becoming obsolete, miedo a volverse obsoleto—: el 30% de quienes reconocieron sabotear citó el temor a perder el empleo como razón central.

La ironía que el mismo informe señala es considerable: los trabajadores que rechazan la IA son, estadísticamente, los más vulnerables a los despidos. El 60% de los ejecutivos consultados dijo estar considerando recortar personal que no adopte las herramientas; el 77% afirmó que no promoverá a quienes no desarrollen competencias en la materia. La resistencia, en muchos casos, acelera exactamente lo que intenta evitar.

El contexto en el que ocurre ese miedo no es irracional. Dario Amodei, CEO de Anthropic —la empresa creadora del asistente de IA Claude—, advirtió el año pasado que la tecnología podría eliminar la mitad de los empleos de nivel inicial en el sector de cuello blanco. Mustafa Suleyman, director de IA de Microsoft, fue más lejos en febrero: dijo que todo el trabajo de oficina podría automatizarse en 18 meses. En ese clima, con los propios arquitectos de la tecnología compitiendo por describir el escenario más disruptivo, el miedo de los trabajadores tiene menos de paranoia y más de lectura literal de lo que les están diciendo.

La brecha que Silicon Valley no ve

La reacción en redes sociales al ataque contra la casa de Altman fue, en ese sentido, reveladora. Mientras los ejecutivos del sector expresaban consternación, en Instagram y TikTok proliferaron comentarios que celebraban el episodio o lo relativizaban. El patrón fue similar al que siguió al asesinato del CEO de United Healthcare en 2024: una rabia difusa hacia figuras que encarnan estructuras percibidas como ajenas e inaccesibles. Para los analistas del informe de Stanford, esa reacción no es un fenómeno marginal sino la señal más clara de hasta dónde llegó la distancia entre la industria y el resto.

Lo que se erosionó, más que la simpatía hacia los CEO, es la confianza en que la tecnología vaya a distribuir sus beneficios de manera equitativa. Una encuesta reciente de NBC News encontró que apenas el 26% de los votantes registrados en Estados Unidos tiene una visión positiva de la IA, contra el 46% que tiene una visión negativa.

La adopción, mientras tanto, sigue creciendo. La paradoja central de este momento es que la gente usa la IA masivamente sin confiar demasiado en ella, del mismo modo en que durante años usó las redes sociales sabiendo que eran nocivas, al menos en ciertos aspectos. La familiaridad no es lo mismo que la aceptación. Y esa diferencia, que la industria tecnológica lleva tiempo confundiendo, es precisamente lo que las marchas, los sabotajes y las encuestas están, a su manera, intentando explicar.

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