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María Julia Bearzi (51) es directora ejecutiva de Endeavor Argentina desde hace más de dos décadas: conduce la red local de una organización con 65 oficinas en el mundo que apoya a emprendedores de alto impacto, entre cuyos miembros se cuentan los fundadores de todos los unicornios argentinos. Su board incluye nombres como Marcos Galperin (Mercado Libre), Martín Migoya (Globant) y Eduardo Elsztain (IRSA), quien en los años '90 financió el nacimiento de la organización en la Argentina.

Pero Bearzi también es hija de dos militantes de Montoneros desaparecidos durante la última dictadura, lleva décadas buscando a un hermano o hermana nacido en un centro clandestino de detención y, a 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976, el aniversario no es para ella una fecha abstracta. En una entrevista concedida al periodista Sebastián Catalano y publicada en Infobae, Bearzi habló de su historia familiar, de la búsqueda que aún no terminó y del debate sobre la memoria en la Argentina de hoy.

Bearzi nació en La Plata en 1975, cuatro meses antes del golpe, en una ciudad que describe como estudiantil e industrial y que fue “muy golpeada por la dictadura”. Su padre, Luis Bearzi, estaba por recibirse de médico; su madre, Graciela Quesada, estudiaba antropología. Los dos venían de familias de clase media, habían militado en la Juventud Peronista y se habían incorporado a Montoneros. “Tenían una convicción muy fuerte de que la política era una herramienta de movilidad social y mucho compromiso con el trabajo de campo, en los barrios y las villas. Luchaban para que vuelva la democracia”, contó.

El 9 de noviembre de 1976, Luis murió en lo que la dictadura llamó un “enfrentamiento”. Su cuerpo fue recuperado por la familia y enterrado, pero su hija lo considera un desaparecido más. “Yo hablo de él como un desaparecido más, creo que lo es, más allá de que mi abuelo pudo recuperar su cuerpo y enterrarlo”, dijo. Graciela pasó a la clandestinidad con los dos chicos. Fue secuestrada en la vía pública, entre enero y marzo de 1977, y trasladada a La Cacha, un centro clandestino que funcionaba en las afueras de La Plata. Julia y Mariano fueron rescatados por sus abuelos paternos meses después, a partir de un llamado anónimo. En total, siete integrantes de la familia desaparecieron durante esos años.

La última vez que Bearzi vio a su madre fue el día en que cumplió dos años. No guarda ningún recuerdo de ese encuentro: solo un par de fotos y una historia que fue reconstruyendo de a poco. Ese día, la llevaron dos agentes de civil —después condenados en los juicios de los 2000— que no se movieron de su lado. Su abuelo paterno, ginécologo, advirtió que Graciela estaba embarazada. Nadie preguntó nada. “Hicimos una especie de cumpleaños y se fue. Estaba muy flaca y le pidió a mi tía un par de zapatos porque tenía los pies muy hinchados”, recordó.

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Una foto familiar: Luis Bearzi, Graciela Quesada, sus hijos Julia y Mariano, y un primo de ambos

El hermano o hermana que sigue buscando

Bearzi se enteró de ese embarazo a los 20 años, de manera inesperada. En un homenaje en la facultad donde había estudiado su madre, vio en una muestra fotográfica una ficha que decía: “Graciela Quesada, desaparecida en marzo del 77. Embarazada de siete meses”. Sus abuelos lo sabían y no le habían contado. “Se me vino el mundo abajo. Me llené de preguntas, me re calenté”, dijo. “Estaba muy dolida, pero pude entenderlos”. Y enseguida agregó: “Muy rápido me di cuenta que había otro sentido, que todo no era muerte, oscuridad, tortura y espanto. Había vida”.

Desde entonces inició lo que ella misma describe como una investigación casi periodística: contactó a sobrevivientes de La Cacha, encontró a la mujer que había atendido el parto de su madre y leyó cartas que no sabía que existían. Se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo y declaró como testigo en los juicios del “Circuito Camps”, en los que fueron condenados a prisión perpetua varios represores, entre ellos Miguel Etchecolatz, mano derecha del jefe de la policía bonaerense durante la dictadura, Ramón Camps. “Tenía diez minutos para hablar y no me podía poner a llorar. Fue la responsabilidad más grande de mi vida. No quería reivindicar nada, pero sí honrar la memoria de mis padres”, relató.

Su hermano o hermana —cuyo sexo aún desconoce— no apareció. Bearzi dijo que no pierde las esperanzas. “¿Por qué la mía no puede ser una de esas historias que terminan más o menos bien?”, preguntó. Sobre la justicia, fue concreta: “Es poder mirarles la cara a mis hijos y decirles que la impunidad no es un destino inevitable. Que un país puede juzgar sus crímenes más graves. No repara todo, pero marca un límite moral”.

Memoria, revisionismo y el debate de hoy

Para Bearzi, discutir números corre el riesgo de diluir la gravedad del crimen: “No estamos hablando de estadísticas; estamos hablando de personas, de vidas, de familias, de identidades robadas”. Y fue explícita sobre el alcance de cualquier revisión: “La revisión histórica es válida cuando busca más verdad, no cuando intenta relativizar responsabilidades ya juzgadas”.

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Julia y su abuela paterna Beatriz, quien la crió y falleció en la pandemia

Frente al argumento de que recordar el pasado profundiza la grieta, Bearzi invirtió la fórmula: lo que divide no es recordar sino negar. “Hablar del 24 de marzo no es una discusión del pasado, es una conversación sobre el futuro. Conocer lo que pasó no es ideología, es responsabilidad cívica”, afirmó. Y aclaró que, si bien no se define como militante, tiene un respeto profundo por el trabajo de los organismos de derechos humanos: “Hubo un montón de gente que, desde el dolor, decidió construir algo para toda la sociedad”.

Endeavor, emprendedores y una convicción

Bearzi estudió Administración en La Plata, tiene un MBA de la Universidad de San Andrés y una especialización en Empresas en Crecimiento cursada en la Universidad de Harvard. Al frente de Endeavor conduce una red que en la Argentina incubó, entre otros, a los fundadores de Mercado Libre, Globant, OLX, Despegar y Satellogic. Está casada y tiene dos hijos de 15 y 18 años.

Cuando se le preguntó si en su entorno empresarial el tema de la memoria genera incomodidad, fue clara: “El liderazgo no es solo hablar de resultados, inversión o crecimiento. También es sostener valores. No busqué que mi historia me definiera, pero tampoco la oculto. Es parte de mí”.

Para Bearzi, su trabajo y su historia no son agendas separadas. “No hay desarrollo sostenible sin instituciones fuertes, y no hay instituciones fuertes sin respeto por los derechos humanos”, sostuvo. Y concluyó: “La memoria no es un tema del pasado; es la base ética sobre la que se construye el futuro. El desarrollo económico que soñamos solo es posible en una sociedad que aprendió de sus heridas y decidió no repetirlas”.

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